Hugo Alfaro fue maestro en urdir esas despedidas que exigen, además de conocimiento y estilo, algunas cualidades éticas. Con justicia poética en estos 30 años de posteridad él ha sido el homenajeado. En Montevideo, en el barrio de su infancia, una calle de apenas dos cuadras lleva su nombre. Y otra lo tendrá este año en el Tala, donde nació hace más de un siglo (véase en esta edición «A la sombra del Tala», de Milita Alfaro). Treinta años suman demasiada ausencia. Ya no queda ninguno de aquella vieja guardia marchista que fundó Brecha, y pocos vamos siendo los testigos para sostener la desigual batalla contra el olvido. «Muerte, muerta seas, muerta y malhadada», dice vitalmente el arcipreste de Hita en El libro de buen amor. Buscaba un título para este homenaje que tuviese la ira inocente de esa maldición medieval. Este que encontré refiere a la guerrilla ecuatoriana de Eloy Alfaro y la aprovechó antes Carlos María Gutiérrez para una de sus humoradas gráficas el día que en la vieja casona de Andes se desplomó el cielorraso sobre el despacho del director; Hugo recupera la anécdota en el conmovedor obituario que le dedicó a su amigo y ambos nos lo regalan: ¡Alfaro vive, carajo! Y seguirá viviendo en nuestro recuerdo y en su enorme legado que hoy está en sus libros.
EL ESTILO EN UNA BALDOSA
Es bastante notable que, sin reivindicarse nunca un escritor, aunque lo era en cada trazo, Alfaro haya definido y proyectado con tanta certeza los parámetros de su escritura. Más aún si pensamos que sus libros son en su mayoría recopilaciones de artículos y su obra se hizo impelida y acosada por la tiranía de las entregas. Y, sin embargo, no hubo tanteos, ni existe registro de arrepentimiento. Hugo escribió literatura dentro de la no ficción y en una desafiante primera persona que obliga a repensar el secreto de su perdurable amistad con Homero Alsina Thevenet (HAT) y siembra la sospecha acerca del tamaño de los privilegios que le aseguraba Quijano en Marcha. Su escritura pendula entre la crónica y la confesión con una marcada proclividad a los formatos de la intimidad, especialmente las cartas, como atestiguan las dos brillantes críticas de cine y tango que son «Carta entreabierta a Ingmar Bergman» y «Carta abierta a Susana Rinaldi». Reportajes a la realidad debió de ser su libro más periodístico y político, y por eso encaja limpiamente en la crónica, pero en las entrevistas de «Mi viaje a Cuba» en Ver para creer, a pesar de su cercanía ideológica, el periodista deja de ser solo un testigo de la revolución y sus vivencias penetran la trama de su testimonio. Las fronteras entre la crónica y las escrituras del yo admiten infinidad de juegos y combinaciones que acaban por construir la voz de un escritor, su estilo. Alfaro se jubiló de Brecha con el proyecto de escribir su biografía. Por la vereda del sol cuenta su vida, pero a la vez recupera un friso de la sociedad y la cultura del Uruguay de la segunda mitad del siglo XX. En todo caso, impacta por atributos que están más allá de los géneros.
El tema de la verdad, uno de los asuntos más complejos de la literatura, entra en el juego. Hugo expone su vulnerabilidad y, al hacerlo, encuentra su potencia y gana libertad. Escribe su vida con una honestidad brutal sobre situaciones bochornosas o información inconveniente con una inocencia y desparpajo que recuerdan al Rousseau de Las confesiones. Hay un antecedente que avisa que esta moral presidió la literatura de Alfaro desde sus inicios. «Desde el Tala», el primer texto de Mi mundo tal cual es, trata sobre su descubrimiento del cine y cuenta sus afanes en la crítica cinematográfica. En el final, en una ambigua performance pirandelesca reclama la atención de sus lectores y les confiesa con oprobio que usó el cine en su provecho. «En lo que me es personal, prefiero pedir excusas y confesar que durante todo este largo tiempo estuve sirviéndome del cine para mis fines propios; cada crónica fue el pretexto para buscar y buscar en mí mismo (esta página también lo es).» El remate del humor es genial y desconcertante, porque lo que sigue retoma imperturbable la cruzada moral de la confesión: «A la hora de la verdad, la sola voz que importa es la propia. Mi voz, para bien y para mal, trae las inflexiones de la calle Justicia en el año 28, cuando el Buckingham señoreaba. Trae también las inflexiones del Tala en que nací; esas que no he llegado a descifrar». Casi 30 años después, cuando publica su último libro, esta vislumbrada toma de partido por «la modestia de su literatura» se proclama desde el título Alfarerías y se explicita bajo el de «Este librito» en una nota de autor: «Mis dominios (lo saben quienes frecuentan las páginas que escribo) son el reducido de mis experiencias personales. Experiencias de bolsillo, que suelen librarse en el perímetro de la baldosa». Y saca el paraguas: «No se crea que achico con el fin astuto de agradar. Simplemente me gusta contar lo que me pasa, no por trascendente sino por mío». Cultor fervoroso del tango, no sé si recordó aquello de que «el tango se baila en una baldosa», ¿en alarde doble de intimidad y maestría? Me gusta pensar que lo pensó. Acordaría con la picardía que exhibe en «Carta abierta a Susana Rinaldi», una de sus belicosas alfarerías.
Y EL TALENTO EN EL CAJÓN
Mi escena preferida de la vida de Alfaro es la de El otro señor Klein. Después de la catástrofe de Marcha, Hugo eligió quedarse y sobrevivió reconvertido en librero. Redactaba esmeradas gacetillas y las hacía ilustrar por Pieri. Un día fue al cine y vio la película de Joseph Losey. Ambientada en la París ocupada por los nazis, una trama ajedrecística despliega una persecución bajo la que emerge una kafkiana pesadilla moral. Alfaro escribió una reseña que tituló «Tiempo de desprecio». Como ese era el tiempo que él también habitaba, la guardó en un cajón y volvió a vender libros.
La reseña se publicó en La Plaza en 1987 y en el libro De cine soy: memorias de biógrafo, en 2002. Esun aporte valiosísimo que completa su bibliografía y sirve a mi tesis de un Alfaro escritor. La cuidada edición, hoy disponible en Anáforas, fue un homenaje de dos amigos, Antonio Corti hizo la selección y HAT lo prologó. En «Mi amigo Alfaro», HAT se confiesa: «Envidié su increíble facilidad para expresarse en frases largas pero armónicas y coherentes, con un ritmo cuya metáfora debió ser la música. Y eso era innato en él». Y para finalizar sentencia: «Fue una de las mejores plumas del país».






