No más noches solitarias - Semanario Brecha
Man on the Run, el documental de McCartney

No más noches solitarias

Acaba de estrenarse Man on the Run, el documental en el que Paul McCartney reconstruye la historia de Wings, el final de los Beatles y su vida junto a Linda Eastman.

Fotograma del documental.

Las muchachas lloran desconsoladas, como si el registro civil de Marleybone en realidad fuera una sala velatoria. Lo que pasa adentro, claro, poco tiene que ver con una despedida: Paul McCartney y Linda Eastman contraen matrimonio. Es 12 de marzo de 1969, llueve en Londres, vaya sorpresa, y todavía no empezó el declive del Imperio británico: los Beatles existen, aunque ninguno de los otros tres haya sido invitado al compromiso, casi secreto. La llama se está apagando y el mundo aún no lo sabe. Lo que sí saben esas chiquitas es que aman a su ídolo, y eso les bloquea el habla. La escena es hilarante: así se ve la histeria por una estrella pop.

¿Cómo escapar de la banda más famosa del mundo sin morir en el intento? Tal vez esta es la gran pregunta que se hace el propio McCartney en Man on the Run, el documental que se estrenó hace poco menos de un mes en Prime Video, dirigido por Morgan Neville –viejo lobo de mar en esto de retratar a estrellas del mundo de la música: ya lo hizo, entre otros, con Keith Richards en Under the Influence y con Pharrell Williams en Piece by Piece–, y en el que el autor de «Yesterday» es productor ejecutivo.

Man on the Run cubre un período de poco más de una década, pero afirmar que simplemente cuenta la historia de la banda después de la banda sería, cuando menos, un error. Arranca por el final de los Fab Four, anunciado junto con el lanzamiento de su primer álbum como solista, ese que lleva su apellido y tiene «Maybe I’m Amazed». Culpado por la ruptura, Macca fue en verdad el último beatle en publicar un álbum por las suyas (así como el último en casarse). El público se renueva, diría Mirtha Legrand, y hay que hacer el repaso del conflicto
–Allen Klein y la mar en coche– de nuevo. Porque uno lo creería imposible, pero hasta Paul McCartney sufrió el síndrome del impostor. «¿Seré bueno solo?», se pregunta desde el presente, con la respuesta mucho más clara que 56 años atrás.

En medio de ese doble movimiento –casarse y publicar su primer disco–, McCartney se refugió en High Park, una granja en Campbeltown, Escocia, junto con Linda y su hija Heather, adoptada por Paul. Mary, la segunda niña, no tardó en llegar. El hogar estaba lejos de ser un lujo, pero a la pareja le alcanzó para su objetivo de vivir en familia, en paz y entre animales. Alrededor solo había verde, ovejas, caballos y perros. La prensa sensacionalista los encontró igual. Luego de unos meses un tanto andrajosos y depresivos, bebiendo como si no hubiera otra cosa que hacer, el genio comenzó a trabajar. Tenía 27, la misma edad que varios de sus colegas que,
en simultáneo a sus días de granja, prefirieron usar el tiempo en morir de sobredosis.

* * *

Podría decirse que Man on the Run aborda, entonces, la crisis y el renacimiento de Paul como artista luego de haber cincelado algunas de las canciones más brillantes y taquilleras de la historia de la música pop. Pero el largometraje también alumbra a la otra estrella del asunto, la amada Linda, esa chica talentosa que inmortalizó a todos los héroes de la cultura rock (fue la primera mujer en acreditar una foto suya en la portada de la Rolling Stone), para luego pasar al otro lado del mostrador. Es que Paul le hizo una sencilla consulta horizontal –no porque fueran cónyuges, sino porque estaban acostados cual John y Yoko en el Bed Peace–: «Si formo una banda, ¿te gustaría estar en ella?». Al «soy fotógrafa, no toco ningún instrumento» de Linda, Paul contraatacó marcando el do central en su piano. «Tocá teclados», dijo.

Luego de las dudas que causaron sus dos primeros álbumes –en 1971, Ram era poco más que basura para buena parte del mundo–, McCartney encaró de lleno Wings. Ni los propios reclutados comprendían del todo por qué ese tipo quería formar una banda en lugar de comandar su proyecto solista. Pero sigamos con Linda: contrastadas las imágenes de John y Yoko –por supuesto que el archivo en una producción de este calibre se da todos los lujos–, no deja de ser casi revolucionario que ambos Beatles hayan encarado proyectos con sus esposas. Linda acuñó una manera de cantar que medio siglo después suena absolutamente actual. Tanto Ono como ella ya eran artistas self-made mucho antes de ser las mujeres de. Aunque Eastman diga a cámara: «Estoy acá porque nos amamos», su presencia escénica jamás se ve forzada. El tiempo le dio la razón.

Si McCartney 3, 2, 1 mostraba al compositor con lupa de alta graduación, y el monumental The Beatles: Get Back exponía al Paul líder algo especial, el aura familiar reluce en Man on the Run. Robustecido por el precioso archivo fotográfico
y fílmico de aquellos días en Escocia, el documental presenta una serie de testimonios célebres, en su gran mayoría llevados a voz en off, una buena manera de resolver las ausencias y no cortar el valioso repertorio de imágenes (algunas de ellas, en un lógico y encantador lofi que se condice con ciertos segmentos musicales). La selección de personal refuerza esa noción: músicos amigos –Chrissie Hynde, Mick Jagger, Nick Lowe–, hijos –Mary, Stella y un amorosísimo Sean Ono Lennon– y, claro, los integrantes de Wings. Con predominancia de Denny Laine, el único –junto con Paul y Linda, claro– que atravesó la historia del grupo en todas sus encarnaciones.

Y es curioso, porque, aunque veamos la conformación de Wings en el estudio-granero, la evolución de su repertorio y sus giras –del entusiasmo módico y outsider de un tour universitario a la parafernalia de dimensiones similares a las producidas por aquellos cuatro chiquitos de Liverpool– y los ingresos y egresos de músicos, también hay pequeños huecos en el relato. Algunos discos con suerte si se mencionan –saludamos desde aquí a Red Rose Speedway (1973) y Venus and Mars (1975)–, por caso, opacados por el derrotero de Band on the Run (1973), que se vislumbró complejo –se desarrolla la remanida historia del intento de grabación en Lagos, Nigeria– y resultó triunfal. Sin embargo, el desfile no se detenía. El intento de Macca por hacer del asunto una banda no era posible con semejante director. Promediando el documental, Laine tira la posta: «En cierto punto, inventamos Spinal Tap».

En algún momento del camino, la ficha cayó. La sombra de los Beatles seguía allí, aun con el éxito refrendado. Luego de los dardos cruzados entre amigos, la disolución de la sociedad Apple Corps y los reencuentros con John –que McCartney agradece–, sucedieron dos hechos que propiciaron el final de Wings. El primero fue casi un autoboicot de Paul: su famosa detención en Japón por portación de marihuana. Para entonces, enero de 1980, ya había entendido que no tenía que ser el tipo que los demás quisieran. El tour nipón de 11 fechas se canceló, y esas nueve noches preso fueron las primeras que pasó sin Linda y sus hijos desde su matrimonio. El asesinato de Lennon en diciembre del mismo año era lo que faltaba para confirmar que Wings ya no corría más. En medio de todo, Paul McCartney había efectuado el mismo movimiento que diez años atrás: publicar un disco en el que toca todos los instrumentos y solo lo acompaña una persona. Quién sino Linda. No era su segundo álbum, pero le puso McCartney II. Había que reconvertirse otra vez, pero ya no iba a dormir solo de nuevo.

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