La crítica de las armas - Semanario Brecha
Con Pilar Calveiro

La crítica de las armas

Cuando se acercaba el 50.º aniversario del golpe en Argentina, nuestros amigos de la revista Crisis entrevistaron a la investigadora Pilar Calveiro. Militante revolucionaria, autora de libros como Poder y desaparición y Violencias de Estado, Calveiro habla aquí de temas que interpelan más allá de fronteras: la utilización por las derechas de la figura del terrorista para aniquilar toda disidencia, los años setenta, los límites de los progresismos, la necesidad de volver a pensar las rupturas con el orden establecido.

Pilar Calveiro. María Eugenia Cerutti.

«¿Una hora y media? Noooo. Charlemos un rato, pero no tanto», me dice desde Ciudad de México, del otro lado de la pantalla. Calveiro parece haber aprendido el valor de la precaución. Tantea, guarda cierta distancia, economiza sus movimientos, como si buscara máxima precisión. Al mismo tiempo Pilar es muy afable, se ríe con ganas, no es para nada formal y, sobre todo, va al hueso cuando habla, porque piensa con filo. La conversación finalmente dura casi 90 minutos.

«Me parece mentira que hayan pasado 50 años, no me lo puedo creer.» Avisa que no elaboró nada aún en referencia a la efeméride clave de su biografía. Aunque es evidente que durante toda su vida no ha pensado en otra cosa que en cómo procesar esa experiencia límite que fueron los años revolucionarios y la dictadura. Primero durante la militancia en los setenta, entre las aulas del Colegio Nacional de Buenos Aires y las peligrosas calles de Tucumán. Luego dentro de las entrañas de la maquinaria genocida, en un centro clandestino de detención emblemático. Más tarde, cuando la impunidad reinaba, apareció su primer libro, el brillante Poder y desaparición (1998). Seguido por otra obra imprescindible e incómoda, Política y/o violencia (2005), justo cuando la memoria se institucionalizaba. Ahora que la oscuridad retorna amenazante, lanza dos textos casi seguidos que entusiasman por su vitalidad: el Petrus y nosotras (2024), de una belleza familiar; y De matar a dejar morir (2025), a la vez combativo y vigente.

La ultraderecha está tratando de modificar el consenso progresista, al que denomina «la teoría del demonio único», según el cual los revolucionarios tienden a aparecer como víctimas, aunque muchos de ellos asumieron la violencia como método de lucha. El objetivo consiste en demostrar que eran terroristas. Y ese revisionismo tiene una productividad actual: designar como terroristas a quienes se opongan a sus planes ejerciendo el derecho a la resistencia. Ya lo están haciendo.

—Sí, la categoría de terrorismo se fortalece a partir de 2001. De manera generalizada se imponen legislaciones antiterroristas, incluso en algunos de nuestros países sancionadas por gobiernos populares o progresistas. Lo que se planteó con la lucha contra el crimen organizado es parecido, porque busca garantizar un alargamiento de lo jurídico para alcanzar con el brazo del Estado a las disidencias internas y a ciertos territorios que se quieren ocupar. Lo que se instaura así es un derecho de excepción, tanto a nivel nacional como internacional. El terrorismo, articulado con la acusación de narcotraficante, constituye el argumento para la ruptura de todo orden y de todo derecho. Es lo que sucedió en Venezuela.

¿Cómo se puede desarmar esa operación en el plano de la memoria, teniendo en cuenta que posee un efecto relevante en el presente?

—Las circunstancias de los setenta y las actuales son completamente diferentes. En los setenta estábamos en un mundo bipolar, todavía estaba en pugna un modelo de socialismo real que implicaba dos proyectos de sociedad alternativos y contrarios. La represión en Argentina, específicamente con la desaparición de personas, fue para impedir el ascenso de cualquier forma alternativa de pensar la sociedad, porque se eliminaron proyectos con enfoques muy diferentes, desde los más radicales y armados hasta los democráticos y reformistas. Estados Unidos necesitaba aplastar esas alternativas, impedir que pudieran acceder a los gobiernos, porque era imprescindible para ganar la confrontación mundial entre el capitalismo y el bloque socialista. Controlar el territorio de América Latina era un paso previo imprescindible. No es la situación en la que estamos en este momento.

¿Por qué no? Parece que estuvieras describiendo el presente. ¿No te parece que Estados Unidos está intentando recuperar el control sobre el continente en función de su disputa estratégica contra China?

—Sí, pero hoy la disputa es exclusivamente económica, una guerra por el control de los mercados. En aquel entonces se disputaban proyectos políticos y de sociedad antagónicos. Estados Unidos ya asumió que no puede conseguir el liderazgo global y está tratando de consolidar América como su territorio. Por eso creo que son situaciones que tienen reverberaciones, pero en el fondo son completamente diferentes. La crítica al demonio único nos lleva a una mirada más amplia, porque procesos como los que vivimos en los setenta en Argentina implican un conjunto de responsabilidades articuladas que trascienden a los militares y los funcionarios de la dictadura. Sin embargo, más allá de si hubo un demonio, dos demonios o cinco, lo relevante es la responsabilidad estatal. Ese es el gran logro, desde mi punto de vista, de la lucha por los derechos humanos, y de los juicios: mostrar cuál fue la responsabilidad estatal y, por tanto, condenarla. Eso es absolutamente clave, porque independientemente de las responsabilidades de los distintos actores políticos, que es importante, nada justifica lo que hizo el Estado. Creo que eso es lo que están tratando de rebatir con esta narración, para desconocer que, independientemente de lo que ocurra, el accionar estatal debe atenerse a la legalidad.

El otro argumento del revisionismo apunta en esa dirección: ellos dicen que el terrorismo de Estado no empezó el 24 de marzo del 76, sino que ya funcionaba desde antes. Mi impresión es que no solo quieren involucrar al peronismo en la represión, sino que les interesa mostrar hasta qué punto en la naturaleza del Estado radica el impulso de aniquilar a quienes cuestionan su legitimidad, que son precisamente los revolucionarios.

—Claro, está bien: ellos pueden sostener este argumento de que la lógica del Estado es combatir a quienes atenten contra el Estado, pero no puede recurrir a prácticas ilegales dentro de ese combate. Efectivamente hubo prácticas de persecución que fueron previas al golpe de Estado, pero eso no constituye terrorismo de Estado, que implica pretender el control de la población a través del uso del terror. Es clarísimo que el golpe es un parteaguas en ese sentido. A partir de ahí se pone en marcha el dispositivo de desaparición forzada, que es un sistema complejo, distribuido en todo el territorio nacional, coordinado por las instituciones militares.

«Bueno, están pateando el orden existente. Chau, tan simple como eso. Los ataques a Venezuela y Cuba son la clara demostración de que se está usando toda la violencia para la instauración de lo que vendrá, que todavía no queda claro qué es», dice Pilar Calveiro, desorientada y con una pizca de fascinación. La necesidad de comprender cómo funciona el poder está en el centro de su trayectoria. Su investigación se despliega en épocas y geografías disímiles, articula teorías variadas, siempre con originalidad y tono propio. Del Estado genocida argentino a las estructuras criminales en el México contemporáneo o la gestión de la pandemia a nivel global. De la gubernamentalidad propuesta por Foucault a la noción de totalitarismo en Arendt, y la intuición de la colonialidad planteada por autores latinoamericanos como Quijano, que ojalá esté pensando enfatizar. Pero ese sería el tema principal solo si leemos con literalidad. Entre líneas se advierte una fuerza motriz anterior, una inquietud fundante: la pregunta por la resistencia. Tras la intelectual universitaria rigurosa y consistente, hay una rebeldía que nunca se apagó y ahora se cuece a fuego lento.

En nuestro número anterior1 publicamos un manifiesto donde planteamos la hipótesis de que estamos ingresando a una etapa posdemocrática, signada por la reaparición de la guerra como trasfondo de la política. Lo cual implica asumir dos elementos que están excluidos del juego democrático: la lógica de la enemistad y la violencia. La ultraderecha logra poner en evidencia la hipocresía del sistema político.

—Sí, estamos en un momento en el que el Estado como institución, la democracia como forma de organización política, los partidos como sus operadores principales, todo eso entró en crisis desde hace un rato. Buena parte del éxito de la derecha tiene que ver con esta crisis que ellos exhiben, para plantear en su lugar una postura abiertamente bélica. Ahora bien, pienso que lo que está aconteciendo es una transformación muy importante en las relaciones de poder, una reconfiguración hegemónica que viene de larga data, por lo menos desde la caída del mundo bipolar, pero que no termina de concretarse y por eso atravesamos un proceso de inestabilidad y reformulación. Estamos ante una nueva vuelta de tuerca en ese sentido. Y así como se profundizan muchos elementos del neoliberalismo previo, también hay otros que se están modificando. Entre las mutaciones hay que apuntar el desconocimiento del orden internacional que existía. Se descompone el ordenamiento político y jurídico previamente reconocido. Se lo pasa por encima. Cuando suceden estas reconfiguraciones, sobre todo a escala global, lo que se dirime primero son las relaciones de fuerza en estado crudo. Recién después se erige un orden, que se instaura a partir de los que ganan, y surge un nuevo ordenamiento jurídico a partir del reparto de poder resultante. Yo creo que estamos en ese tránsito. Ellos están empujando la destrucción de la institucionalidad vigente e intentan legitimar el ejercicio de la fuerza como única forma de la política. A nosotros nos cabe tomar nota de esta crisis de las instituciones previas (el Estado, los partidos políticos, la democracia) y pensar cómo crear algo nuevo en el sentido inverso del que ellos están tratando de instalar. Me parece que amurallarse en la defensa de la democracia liberal es muy poco útil. Al revés, nos entrampa en una batalla perdida. Algo semejante pasa con el Estado. Hay que reformular cuál es su papel, porque lo que venimos viendo desde hace mucho tiempo, pero sobre todo desde la pandemia, son sus limitaciones e incapacidades. Ni hablar de los partidos políticos y el mecanismo de representación en general. Es imprescindible reconocer esa crisis de lo anterior, sin aceptar ni legitimar la lógica bélica. Porque en la guerra ganan y se imponen los más fuertes, y siempre quienes quedan en posición rezagada son las mayorías.

No tiene sentido, entonces, defender el viejo statu quo, como proponen más o menos explícitamente los progresismos y las izquierdas contemporáneas; pero tampoco conviene asumir el belicismo que impone la ultraderecha porque saben que en ese terreno ganan. Lo que parece ineludible es un realismo político que nos permita hacernos las preguntas difíciles: ¿es hora de asumir la enemistad o seguiremos pensando la política como un debate civilizado entre individuos con opiniones distintas?

—Más que hablar de realismo político, hay que apostar a las formas de la política y de lo social que salen de los parámetros de fuerza que proponen ellos. Formas de la política y de la resistencia que muchas veces son laterales, marginales, que parecen pequeñas, pero la esperanza en este momento capaz venga de ahí. Hay que fugar del espacio que construyen estos grandes poderes corporativos y que echan mano también de los Estados centrales. Lo que se escapa, lo que no es fácilmente atrapable por estas lógicas de lo bélico, lo que se sale de lo que ya está instaurado. Yo le apuesto mucho a lo comunitario. Dentro de esta lógica de una globalización tan gigantesca, con unos poderes tan desatados, me parece que no hay mucha posibilidad si no es socavándola, erosionándola, buscando estos lugares del margen que salen del área de control de los grandes comandos corporativos.

El éxodo es clave cuando se trata de pensar la alternativa a un poder que coopta, subsume, te instrumentaliza. Pero ¿qué hacemos para enfrentar la violencia de una ultraderecha decidida a reponer parámetros de esclavitud y subordinación más propios de un soberano absolutista que de un biopoder sofisticado?

—El problema de la relación entre política y violencia es fundamental. Hay que evitar las miradas ingenuas. Es falso pensar que se puede excluir la violencia de la política en el contexto de un capitalismo criminal como el actual, asociado a las redes ilegales y a prácticas extremadamente cruentas. Yo no pienso en las resistencias como algo naíf. Creo que tienen distintas modalidades de acción según actores, lugares, momentos, condiciones concretas y específicas. Hay actores que despliegan una resistencia armada, por ejemplo, como forma de decir «hasta acá llegaste, más allá no». O sea, no permitir el avasallamiento. Estoy pensando en algunas comunidades en el caso de México, que son autónomas y están armadas. Han frenado redes criminales asociadas a grupos políticos y han sido muy exitosas en = sentido. Se trata de un ejercicio de la violencia especialmente autocontenido, cuyo objetivo es detener la violencia que amenaza la propia subsistencia. Yo creo que eso es válido, porque estamos en un momento de amenaza directa sobre la vida en el planeta, en todas sus dimensiones. La vida humana, la vida natural, la vida cultural, la vida social. Es importante detener la violencia hegemónica, la violencia de la gubernamentalidad, que no es lo mismo que la gubernamental, porque proviene de un entramado de poder gigantesco. Que haya espacios donde no puedan pasar, para impedir que se arrase con todo. Esto creo que es fundamental.

¿No te parece que hay una llamativa poca capacidad de resistencia en este momento, teniendo en cuenta el nivel de violencia que nos están aplicando desde el poder?

—Sí, hay poca capacidad de resistencia porque no tenemos claro hacia dónde ir. En este tránsito de lo que fueron los proyectos revolucionarios a la búsqueda de unas democracias participativas que no resultaron exitosas y fueron perdiendo legitimidad, lo que se ha perdido es la posibilidad de formular un proyecto alternativo. No lo tenemos en este momento y, por lo tanto, es natural que las resistencias estén debilitadas. Sin embargo, creo que lo más probable es que los proyectos alternativos no surjan de ninguna mente brillante, sino que vayan germinando en la resistencia concreta, donde se irá pensando y construyendo un porvenir distinto. Creo que hay que poner allí la mirada.

Para que esas resistencias puedan proliferar en el tiempo y expandirse, se hacen necesarias cuestiones muy básicas, como lidiar con el miedo, saber que ponerle un límite al poder implica asumir cierto riesgo, desafíos que hasta ahora las generaciones militantes que crecimos en democracia no hemos tenido que afrontar.

—Ah, no te preocupes que pronto las afrontarán. El establishment lleva a que ni te lo plantees. Todo está orientado a que pienses en tu propio asunto, a la pérdida de la corporalidad y del roce entre los cuerpos; ni hablar con los cuerpos que te pueden agredir. Yo pienso que habrá reacción, un reacomodo, porque efectivamente en este contexto se acabó la militancia como una actividad social amable, que te proporciona vínculos institucionales e incluso te permite escalar. Lo que vas a tener ahora es una militancia de lucha, en la que es más posible perder cosas que ganarlas. Estamos en un momento de crisis en las instituciones políticas, de predominio de lo económico, de una dominación abierta, a ultranza, crisis también de valores, modificación en las subjetividades, ascenso de formas de la violencia…, se habla mucho de la crueldad; todo eso tiene puntos de contacto con el momento de ascenso del nazismo. No quiere decir que necesariamente va a desembocar en una experiencia de ese tipo, pero aun del nazismo se salió. Quiero decir: es importante pensar que los caminos que se pueden desencadenar son muchos y diversos, no es fatal que vayamos hacia el peor de los autoritarismos. En estos momentos de gran violencia y avance de una gubernamentalidad corporativa se hace difícil ver los resquicios, parece que no hay por dónde, y, sin embargo, este ascenso de las derechas también va a decaer, va a encontrar su punto de inflexión. Y hay que poder tener la sabiduría de jugar con eso, navegar este momento e ir viendo cómo se va organizando lo social y lo político, porque va a ocurrir. El poder no va a lograr el fin de lo político ni de la sociedad. Lo desearían, pero no es alcanzable para ellos.

Uno de los elementos que traba o bloquea nuestra disposición subjetiva a la resistencia es la lógica de la víctima, que se tornó omnipresente: sujeto de derecho que le reclama al Estado por su demanda y espera la solución, siempre que las relaciones de fuerza lo permitan. Pero donde hay una víctima antes hubo un revolucionario o revolucionaria. La pregunta es si no tiene que surgir ahora otro tipo de figura de la rebeldía que no sea ninguna de esas dos.

—Yo creo que la definición de víctima de ninguna manera está vinculada a una postura pasiva. La víctima es alguien que ha sido afectado en sus derechos. No se contrapone la postura del revolucionario con la de la víctima, aunque entiendo que hubo un proceso en esa dirección, socialmente hablando. Creo que en los setenta hubo algo importante que vale la pena reivindicar, que es la apuesta decidida a una transformación social profunda. Y esa apuesta incluía la decisión de poner en juego muchas cosas de la propia vida. Tuvo un costo enorme por cómo se planteó. Creo que hubo una mirada errónea en la relación entre política y violencia, porque esa lógica de la toma armada del poder implicaba un escalamiento de la violencia que termina siempre volviéndose en contra del que es más débil. La descomposición de lo que ya tenés y no está funcionando también se puede tomar como una oportunidad, en el sentido de que abre el espacio para que se puedan instalar otras estrategias, otras propuestas, otras formas de organización. Es importante tratar de ver cuáles son las prácticas políticas que se pueden jugar en la búsqueda de una alternativa efectiva, no de un poder sin alternativa, porque eso es lo que desgasta, degrada. Entonces, las formas actuales de la rebeldía o la ruptura dependerán de las subjetividades del presente, no pueden ser como las de los setenta. Pero de lo que se trata, sí, es de poder recuperar apuestas fuertes, no dar por hecho que este capitalismo terminal es la única opción que tenemos por delante, y yo diría de profundizar en la descomposición, no tener miedo a profundizar en la descomposición, porque de ahí es de donde pueden surgir otras cosas.

Esa descomposición es también destrucción de la propia fuerza. Nos pasan por arriba. Creo que hay algo previo que tiene que ver con lo anímico: ¿de dónde sacamos la energía para plantarnos frente a un poder tan prepotente? En ese punto los setenta nos vuelven a hablar, porque aquel intento revolucionario tuvo un gran costo, precisamente porque desafió al poder en serio y planteó una alternativa.

—Yo no pienso que el fracaso del proyecto revolucionario haya sido por desafiar demasiado o demasiado poco al poder. El fracaso fue por no comprender la índole de ese poder ni la relación entre política y violencia, por una falta de política que nos llevó a desatar una violencia que nos tragó. Ahora, a tu pregunta sobre cómo emerge una subjetividad de ruptura con el poder instituido, lo que te diría es que las subjetividades se construyen en determinadas condiciones sociales. Justamente, cuando se abren procesos de lucha es que se construyen las subjetividades dispuestas a llevarlos a cabo. Por eso de lo que se trata es de acompañar los procesos de lucha ahora vigentes, potenciarlos y ver qué subjetividades se construyen en torno a esos proyectos.

Acompañar el proceso e intentar aportar. Para eso está la memoria: ¿qué saberes y experiencias nos pueden servir en este momento de recomposición?

—La memoria no es un relato, no es una construcción verbal. La memoria está presente, tiene que ver con la experiencia, con lo vivido. No la podrían desaparecer aunque quisieran. Aunque ahora no se pueda visibilizar, la lucha de los setenta, con sus aciertos y sus errores, es parte de esa memoria. Y lo mismo las luchas del 2001: lo padecido, lo aprendido, lo errado, todo eso se recupera en los procesos siguientes. Entonces, no puedo pensar en una sociedad paralizada. Y en la medida en que se mueva, de una u otra manera surgirán las nuevas formas, nuevas apuestas políticas, nuevas estrategias políticas, en las que, no dudes, van a estar presentes los setenta, el 2001, pero también van a estar presentes los sesenta y el peronismo de los cuarenta. De distintas maneras, recuperando unas cosas y rechazando otras, todo eso está en nuestro ADN. La dictadura duró siete larguísimos años, pero luego se fue erosionando, se fue debilitando, aparecieron nuevos actores políticos, otras formas de lucha. Y ellos cayeron, tuvieron que entregar el poder. Ese es uno de los aprendizajes que nos dejan los setenta: que estos momentos que parecen de arrebato de una fuerza totalmente imbatible también pasan. Asusta mucho, pero hay que saber que tienen núcleos de gran debilidad. Y hay que observar ahí, hay que mirar en esas fracturas, en esos espacios de fragilidad del otro y también reírse del otro. La verdad es que son muy ridículos, además de dañinos.

Para observar esas grietas hay que recrear mecanismos colectivos de lectura que también se han ido perdiendo, porque se institucionalizaron.

—Yo diría que una de las exigencias del presente es responder a toda esa gente joven y pobre que votó a [Javier] Milei. Creo que por ahí tienen que ir las preguntas. O sea, ¿qué busca esa gente? ¿Cuál es la respuesta política que merecen?

Una primera es que Milei representó la ruptura con el orden existente.

—Claro, entonces, hay algo del orden existente que es insoportable.

Exacto, y la pregunta es cuándo y cómo dejamos de representar la ruptura y pasamos a representar el orden.

—Cuando fuimos gobierno, nos conformamos con eso y perdimos la brújula de la crítica.

¿Y cómo se hace para recuperar el lugar de la ruptura? Siento que en los setenta había un saber valioso que se perdió y que hay que recuperar.

—Sí, pero nosotros teníamos y no teníamos. O sea, teníamos un modelito en la cabeza. Íbamos atrás de eso, con las ventajas y las desventajas que tienen esas certezas. Porque sabés hacia dónde vas, pero el modelito tiene muchos problemas. Ustedes tienen un desafío más grande que es avanzar sin el modelito, pero es más interesante ir construyéndolo. Es cierto que el gobierno dentro de esta institucionalidad es importante, no es irrelevante, porque es muy distinto tener de presidente a Milei que tenerla a [Claudia] Sheinbaum, pero en todos los casos la transformación queda acotada por una institucionalidad que tiene límites muy claros, nacionales y supranacionales. Y me parece que una propuesta alternativa que nos permita asomarnos a algo diferente de este capitalismo criminal, decadente, colonial tiene que ir por otros cauces. Es fundamental pensar alternativas que habiliten otra forma de organización del mundo, de la sociedad, de la política, porque estamos en una fase probablemente terminal del capitalismo.

  1. Se refiere al número del 6 de diciembre de 2025. ↩︎


(Entrevista publicada el 7 de marzo de 2026 en Crisis. Brecha la reproduce por convenio.)

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