Quiso la suerte que los dos más grandes dibujantes de la historieta y el humor gráfico argentinos hayan nacido en la Banda Oriental: Alberto Breccia y Hermenegildo Sábat. En el caso de Sábat, fueron más de cuatro décadas en las que dibujó la política argentina y también la internacional, en las páginas de los diarios La Opinión, Primera Plana y, sobre todo, Clarín. No es demasiado claro si hay alguna efeméride por la que editar este libro homenaje en esta fecha, auspiciado por el diario en el que Menchi hizo la mayor parte de su obra en Argentina. Conviene, entonces, contentarse con el ¿por qué no?, ya que no hay nada más cierto que no se necesita excusa alguna para celebrar a Sábat, un maestro de dibujantes cuya influencia se siente en ambas márgenes del Río de la Plata, aunque es en Uruguay donde es prácticamente inescapable: dejó una profunda huella en las obras de Arotxa, Clara, Junior y, también, en Ombú. En la orilla de enfrente ha quedado algo más que una «influencia»: baste decir que su hijo menor, Alfredo Sábat, es el encargado de dibujar en las páginas de La Nación los avatares de la presidencia de Javier Milei.
El libro de Baccaro, subtitulado Vida y obra del artista que retrató al país, es una biografía al vuelo. Un relato veloz, sembrado de anécdotas que aspiran pintar a Sábat, digamos, de cuerpo entero. Los diez ejes elegidos por Baccaro son los siguientes: el dibujante, el caricaturista, el pintor, el escritor, el maestro, el fotógrafo, el músico, el editor, el periodista y el demócrata. Es inevitable percibir en esta secuencia un poco de aquel «efecto enciclopedia china de Borges», porque hay muchas categorías que se superponen, la mayoría son profesiones y la última puede que también lo sea, pero de fe. Sin embargo, las categorías son una excusa que no importa ya que el relato las supera: lo que se aspira a contar es una vida y una obra, adecuadamente a través de viñetas o pinceladas –dependiendo de si estamos en la sección del caricaturista o del pintor, diría un humorista–, para construir un retrato global de Menchi, el dibujante que brilló en la caricatura, pero al que le interesaba más ser pintor, el que a fuerza de ser demócrata se volvió periodista y que tuvo en la escritura y la enseñanza profesiones ocasionales, y en la fotografía y la música, dos pasiones. ¿Y el editor? Un hermoso capricho de Sábat que equivale a la categoría «cabeza dura», puesto que publicó durante siete años la revista trimestral Sección Áurea, solo para poder publicar a los dibujantes que le gustaban (hacerlo salía, según Miguel Ghilino, «tanto dinero como comprar un auto Fiat Uno»).
ESTUDIO DE LA VERDAD DE UN ROSTRO
Hay algo mágico en el humorista gráfico, algo que solo se me antoja comparable con el repentino toque de la varita que revela, súbitamente, una verdad maravillosa. Es difícil dar cuenta de la precisión, el conocimiento, la imaginación y la valentía que se requieren para el ejercicio de esa profesión reservada para unos pocos. ¿Cómo capturar la esencia de una persona en un gesto? ¿Cómo convocar hechos políticos complejos y expresar una opinión en unos pocos trazos? En el origen de la caricatura están los llamados retratos cargados, es decir, aquellos que exageraban los rasgos más salientes de un rostro. Pero, más allá del efecto cómico que pudieran producir o su potencial uso para la burla, es más interesante pensarlos como estudios minuciosos de la verdad esencial de un rostro.
El libro de Baccaro captura, además, una época que ya provoca una enorme nostalgia: la de aquel siglo XX de papel y tinta, diarios y redacciones, que parece irremediablemente en vías de extinción. Y es que Diez veces Sábat nace allí mismo, en la redacción de Clarín, donde sus compañeros evocan la presencia de Menchi en su oficina diminuta, desgranan sus hábitos y cuentan como solo cuentan los periodistas, acostumbrados a habitar ese ecosistema único que es un diario, atrapado siempre entre la tensión de la discusión política y el chiste ocurrente, en el tedio de larguísimas horas de concentración y el barullo solo soportable gracias al compañerismo irrestricto. Y el retrato que emerge, como no podía ser de otra manera en la Argentina de los extremos y la grieta, es el del demócrata, al que cualquier fanatismo le era ajeno, el del hombre equilibrado y ético, aquel para el que la peor afrenta fueron las amenazas provenientes del poder, en específico las acusaciones proferidas directamente por la presidenta Cristina Fernández. En 2008, en el marco del conflicto con el campo, mientras Cristina no paraba de usar la cadena nacional, Sábat la dibujó con una cruz sobre los labios, lo que fue interpretado por la presidenta como una «amenaza cuasimafiosa». Cuatro años más tarde, la legislatura porteña acusó a Sábat de violencia machista, por haberla dibujado con un ojo morado, denuncia que Cristina retomó en 2017 cuando Sábat volvió a dibujarla con los labios sellados en ocasión del caso de los audios con Oscar Parrilli. En aquel momento, el dibujante afirmó que eso no le había ocurrido ni siquiera durante la dictadura militar. Eso podía ser cierto, lo que no volvía al gobierno de Cristina peor que la dictadura. Algo que debería haber advertido Sábat, el demócrata. Pero, considerando el abuso de poder de lanzar una acusación a un periodista por cadena nacional, supongo que estarán a mano en desmesura contra desmesura. Ya ven, ni siquiera para el hombre más ecuánime del mundo es fácil no ser arrastrado por la guerra entre el kirchnerismo y Clarín.
La caricatura política es un arte difícil de conservar, tanto por haberse publicado en un medio –la prensa diaria– que, como solía decir Rosalba Oxandabarat, «al día siguiente se usa para envolver pescado», como por las dificultades para recuperar el contexto político que la dota de un cabal sentido. Libros como el de Baccaro, que recopilan testimonios sobre los contextos de producción, ayudan a mitigar un poco la inevitable pérdida.





