Las rajaduras en la representación - Semanario Brecha
Orsi, la izquierda y la gente

Las rajaduras en la representación

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Que los líderes políticos representan a sus países implica algo más que las formalidades institucionales. No es descabellado decir que Javier Milei dice algo de Argentina, Donald Trump, de Estados Unidos, Luiz Inácio Lula da Silva, de Brasil. Esto es intuitivo pero también engañoso: una persona nunca puede resumir a millones ni al conjunto de la situación en un lugar. Y, sin embargo, reparar en la sucesión de los líderes y sus personalidades es la forma espontánea de entender los diferentes momentos de un país. Es que los líderes políticos, especialmente en las democracias, llegan a serlo por haber interpretado, más científica o más intuitivamente, cuáles actitudes, formas de hablar, proyectos e ideas van a producir adhesión. Y también, ayudados por la amplificación de los aparatos mediáticos y de Estado, necesitan afectar los estados de ánimo sociales para mantener su legitimidad y su poder. Podrían decirse muchas cosas sobre Yamandú Orsi, pero más interesante que decir cosas sobre él es pensar qué dice él sobre nosotros.

LA IZQUIERDA

Hay un tema difícil, por razones más bien evidentes, que se resumen bien en su visita a un portaaviones estadounidense: existe una distancia entre la orientación general del gobierno y las aspiraciones de la izquierda. En estos días varios analistas pusieron sobre la mesa la idea de que el presidente es atacado por dos frentes: la oposición y la izquierda. Quienes dicen esto no logran percibir que la izquierda frenteamplista está haciendo un gran esfuerzo de disciplina y moderación al momento de criticar, seguramente para proteger un gobierno cuya alternativa es una derecha peor. Naturalmente, si se requiere disciplina para contener la expresión de la disconformidad, es porque tal disconformidad existe. Las pequeñas conversaciones y los grupos de WhatsApp hierven, y es difícil que esas cosas no burbujeen a la superficie.

Sin embargo, es necesario ser precisos. No es lo mismo hablar de opinión pública que de orgánicas partidarias. Y nunca viene mal recordar que la izquierda y el Frente Amplio (FA), aunque tengan una zona de superposición, no son lo mismo. Recordemos que las últimas seis veces que se convocó al pueblo frenteamplista a elegir presidentes del FA o candidatos a presidente de la república eligió decisivamente a las opciones del centro contra las que se ubicaban más a la izquierda. Orsi, además, es un producto químicamente puro del mundo frenteamplista: formado en los sindicatos, los comités de base y los cargos de gobierno. La izquierda tiene que entender que es minoría en el FA, lo que exige la modestia de asumir que no conduce el proceso y la necesidad de comprender las razones de su impotencia, pero también la dignidad de recordar por qué defiende las posiciones que defiende.

LA GENTE

Cuando tiene discusiones con la izquierda, Orsi insiste en que no representa a un partido, sino al país. Algunos de sus gestos y decisiones parecen incluso orientados a fastidiar a los más ideologizados. ¿Cómo ve Orsi al país? ¿Cómo lo representa? Mucho de esto se juega en su expresividad. Orsi gesticula intensamente: abre los ojos bien grandes, los guiña, estira la boca, hace todo tipo de interjecciones (gggjjjj, ssss, eeeeeh), cambia bruscamente el tono de voz. Encarna o busca encarnar lo popular. Dice: «Cuando hay descuentos, yo me tiro de cabeza», invitando a que quien escucha diga: «La verdad, yo también». Muchas veces, cuando se le pregunta sobre algún tema, enfatiza que no está enterado, lo que en parte es la sana modestia de quien no habla de lo que no sabe, pero puede ser también una forma de buscar la identificación de personas despolitizadas y poco informadas. En los últimos años, los resultados electorales y el marketing político nos enseñaron que los políticos no deben presentarse como figuras ejemplares, impecables o cultas, sino como un cable pelado que expresa con trazo grueso el humor del votante medio. A pesar de su moderación, quizás Orsi tiene algún parentesco con esta tendencia. El presidente todo el tiempo busca ser un espejo del pueblo o, mejor dicho, de la gente.

¿Qué quiere la gente? Uno podría leer el resultado del último ciclo electoral como un pedido de tranquilidad. Uruguay y su gente quieren mantenerse a flote en el mercado mundial, pasar relativamente desapercibidos en la tormenta de un mundo en guerra y, si es posible, no perder derechos y salario. Quieren estirar lo más posible el régimen que nació en 1985 y sus acuerdos liberal-democráticos, mientras estos se resquebrajan en el resto del mundo. Las celebraciones del 1 de marzo de 2025 pusieron en escena esta interpretación.

EL GRAN ESTE

Uruguay está viviendo una transformación sociológica lenta pero poderosa. Su centro de gravedad demográfico y económico se está moviendo hacia el este. En los ochenta, el primer shopping y la primera universidad privada, desde Buceo y 8 de Octubre, miraron hacia esa región. El meteórico crecimiento de Ciudad de la Costa a partir de los noventa siguió ese camino. La aparición de barrios privados en el Canelones frenteamplista fue parte de lo mismo. Un nuevo circuito que no puede llamarse urbano ganó dinamismo: la zona franca, Camino de los Horneros, el estadio de Peñarol. Si antes la ciudad creció en torno al puerto, ahora una no-ciudad crece en torno al aeropuerto. Montevideo perdió gente que se fue en busca del verde, la costa y menores impuestos. Más al este, el gran Maldonado, que fue desde los setenta un gran atractor de capitales, se transformó, además, en un gran atractor de gente, como muestra el último censo. La pandemia y el teletrabajo aceleraron este proceso, cuyo símbolo bien puede ser la camioneta.

Los mundos militantes e intelectuales, universitarios, orgánicos, al ser bichos de la polis, tienen problemas para conectar con todo esto. Al degradarse la vida urbana, se degradan también los mundos militantes, las multitudes y los circuitos culturales que tienen a la ciudad como su hábitat natural. Lo público tiene problemas para hegemonizar a una población sometida a las fuerzas centrífugas del mercado y la segregación. Julio María Sanguinetti y Jorge Batlle fueron abogados del Uruguay batllista y su devenir neoliberal. José Mujica y Tabaré Vázquez nacieron de la interacción entre el oeste montevideano y los mundos político-intelectuales del centro. Luis Lacalle Pou fue el primer presidente proveniente de una universidad privada y un barrio privado. Orsi, un profe de historia que vive en Salinas, representa el lado plebeyo del movimiento hacia el este.

ALGO NO FUNCIONA

Si la representación funciona bien, si la lectura política es correcta, ¿por qué las encuestas dan mal? A la izquierda le gustaría pensar que es porque el gobierno no es de izquierda. Los comentaristas del centro se desviven en aclarar que esto no es así. Hay otra disconformidad, más popular, más pragmática: por el salario, la inseguridad, la sensación de que los problemas no se resuelven. ¿Son necesariamente tan distintas estas dos disconformidades? ¿Cuánto sabemos de lo que quiere realmente la gente? ¿Qué tanto hemos hablado en serio sobre cómo creemos que se resuelven los problemas? ¿Sabemos lo que piensan los uruguayos sobre la propiedad de la tierra, sobre los ricos, sobre el medioambiente? ¿Olvidamos que la gente votó tres veces contra plebiscitos punitivos? Las cosas, seguramente, son más ambiguas de lo que parecen, especialmente cuando hablamos de lo popular. Para poder dialogar con las múltiples disconformidades y evitar que se terminen expresando como fascismo, la izquierda tiene que poder dialogar con modestia con la sociología del presente, pero también tiene que poder hablar con su propia voz.

No se trata de atacar al gobierno. No es bueno para la izquierda ni para el país que al gobierno frenteamplista le vaya mal, ni se puede negar que se están haciendo cosas valiosas en muchas áreas. Tampoco se trata de negar el pragmatismo. El mundo está salado, la herencia de Lacalle Pou es jodida, faltan mayorías parlamentarias. Pero un verdadero pragmatismo tiene que poder resolver algún problema. Ser un 1 por ciento mejores que los blancos puede ser lo más eficiente en términos de competencia electoral cortoplacista, pero no es suficiente. Que a la oposición le vaya peor que al gobierno en las encuestas no es consuelo, porque puede aparecer algo mucho más raro y más peligroso que la actual oposición. La próxima puede ser la elección rara del Uruguay. Hay que mirar a los vecinos y poner las barbas en remojo.

El problema no es si estirar el ochentismo nos gusta o no. El problema es si es posible. Corremos el riesgo de que apostar por prolongar el pasado liberal nos impida mirar con crudeza e inteligencia hacia el futuro y preguntarnos seriamente si las instituciones que tenemos están a la altura de los problemas que vamos a tener que enfrentar. Quizás parte del problema es que la política representa demasiado bien lo que somos, pero demasiado poco lo que quisiéramos o necesitamos ser. Para la izquierda, esta no es una discusión sobre los próximos tres años, sino sobre las próximas tres décadas.

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