Si no hubiese sido porque, en el colmo del desconcierto, a alguno de los tantos médicos que veían a Joaquín desde hacía meses se le ocurrió hacerle una radiografía, la familia Cabrera nunca se habría enterado de que están todos contaminados. Joaquín, de 6 años, presentaba un cuadro de anemia severa con fuertes migrañas, y salía de una crisis para entrar en otra sin que se pudiera definir un diagnóstico claro. La radiografía mostró que Joaquín tenía plomo en sus articulaciones, donde se comienza a depositar cuando la contaminación es importante. Los análisis de sangre confirmaron lo que se veía en la radiografía. Se les extrajo sangre a los hermanos de Joaquín, a sus padres y hasta al perro de la familia. Los resultados fueron similares: todos están contaminados. A pesar de que esto ocurrió en agosto de 2000, nadie más se enteró de lo que estaba sucediendo hasta fin de octubre, cuando el alerta corrió como reguero de pólvora entre las familias de la zona de Gowland y Carlos de la Vega, en La Teja.
Desde entonces, unos 15 adultos y más de 25 niños han recibido los resultados de exámenes de sangre para detectar presencia de plomo: todos, sin excepción, son positivos en niveles que oscilan entre 15 y 27 microgramos por decilitro de sangre. La cantidad máxima que la Organización Mundial de la Salud admite como «tolerable» (aunque este concepto es muy discutible) es de 10 microgramos por decilitro.
LAS VÍCTIMAS
La reunión de los vecinos con Brecha se produjo en el patio de la modesta y prolija casita donde viven Alejandro de León y Leticia Cabrera, tía de Joaquín. Ellos se mudaron de aquella zona en cuanto supieron de la contaminación, aunque se quedaron en La Teja. Allí nacieron y se criaron. Tienen tres hijos: Jessica, de 12 años, Karen, de 6, y Franco, de 2. Por ahora sólo les han hecho análisis a los dos más pequeños, y ambos están contaminados. Franco es quien ha presentado valores más altos de plomo en sangre entre todos los resultados ya verificados: más de 26 microg/dl. Leticia cuenta que en agosto, cuando descubrieron lo que sucedía en casa de su hermano, extendieron los análisis a la chica que cuidaba a los niños, que también vive en la zona, y a una amiga de Joaquín. Ambos exámenes resultaron positivos y fueron enviados al Centro de Información y Asesoramiento Toxicológico (CIAT) del Clínicas. Ya en octubre se efectuó una reunión en casa de Joaquín a la que concurrieron Pablo Raña, asistente social del Centro Comunal Zonal 14, Emilia Segredo, de la Comisión de Medio Ambiente del mismo CCZ, actualmente edila en la junta local, y otras personas. La señora Segredo –informa Leticia– dijo que primero había que ubicar la fuente, y prometió que se instalaría «un aparato para tomar muestras del aire y poder delimitar hasta dónde llegaba la contaminación». También pidió a los asistentes a la reunión que mientras se investigaba no difundieran el problema para «no crear pánico en la población».
Alejandro y Leticia llevaron a sus dos hijos pequeños a la policlínica 5 del BPS y cuando la pediatra vio los resultados reaccionó alertándolos de que se trataba de algo muy serio. «Ella misma hizo la cita con el CIAT –relata Leticia– y nos advirtió que había que hacer la denuncia en el CCZ y avisarle a todos los vecinos porque seguramente ellos también estaban contaminados. Eso fue lo que hicimos.»
Leticia advirtió a sus vecinos Héctor Barreda y Zulma Cardozo y a otros más, y éstos a otros, formando una cadena que aún no se sabe hasta dónde llega. La mayoría reaccionó haciéndoles análisis de sangre a los niños, y muchos –quienes pudieron– a toda la familia. «En el CIAT nos recibieron –cuenta Leticia–, el 13 de diciembre nos abrieron una historia clínica, nos dieron indicaciones de dónde hacer los análisis de todos y nos dijeron que volviéramos cuando tuviésemos los resultados, pero como todavía no los tenemos todos, aún no hemos vuelto. Cuesta un triunfo hacerse los exámenes. Por el BPS no tanto, porque la doctora Klein se ocupa y la orden demora un poco pero sale, pero por Salud Pública es muy difícil, no hay nadie que los autorice, se resisten a pagarlos porque dicen que cada uno sale 55 dólares y en el laboratorio los resultados demoran mucho.»
Para Alejandro, «la suerte es que Franco es un niño sano». «Está contaminado –agrega Leticia–, pero gracias a Dios no está enfermo. Es cierto que es un chiquilín hiperactivo, que duerme espantosamente mal, muy sobresaltado, es peleador, un poco agresivo. De repente uno normalmente no le hace caso a esas cosas, pero por lo que he leído cualquiera de esas características puede ser un síntoma de la contaminación.»
Pedro Mareco tiene dos hijos (12 y 11 años) que se hicieron los análisis un mes después que Leticia y Alejandro. Ambos resultaron positivos en el entorno de los 20 microg/dl. «En el CIAT nos confirmaron la contaminación y nos dijeron que el tratamiento que habría que hacer es muy caro, largo y resulta doloroso para los niños. Aparentemente, hasta los 30 microgramos no hacen ningún tratamiento.»
Todos coinciden en que en el CIAT no les dieron información concreta sobre los riesgos que implica la contaminación con plomo. «La que tenemos la conseguimos por Internet», dicen. También se quejan de que el Ministerio de Salud Pública (MSP) ha empezado a retacear los exámenes. «Mi señora y otros parientes y vecinos están esperando hace 15 días que el MSP autorice las órdenes de hemogramas», dice Pedro. Y agrega: «Es grave, porque como no se sabe cuál es la fuente del veneno es probable que nos sigamos contaminando cada día, es probable que haya personas más contaminadas que nosotros que aún no saben nada. En el laboratorio nos dijeron que en general las contaminaciones con plomo se extienden en un radio de 2 quilómetros alrededor de la fuente».
Zulma tiene dos niñas (11 meses y 12 años), estando la pequeña más contaminada que la mayor (21,5 y 18,1 microg/dl, respectivamente). La bebé tuvo problemas respiratorios reiterados y le ordenaron análisis de sangre para determinar el origen. Los resultados mostraron que padece de anemia. Leticia recuerda que Franco también tuvo anemia a los 4 meses. Para Zulma son demasiadas coincidencias. Ahora que sabe que sus hijas están contaminadas, una de sus angustias es admitir la posibilidad de que pudo haberle pasado el plomo a su hija pequeña por intermedio de la placenta y de su propia sangre. Zulma, como los demás, todavía está esperando la autorización de su examen por el MSP.
Pedro insiste en que no es posible que no exista ningún tratamiento para eliminar el plomo del organismo. «En el papel donde vienen los resultados dice claramente que se debe hacer un tratamiento y un seguimiento posterior a los tres meses. No puede ser que a mi hija, que sabemos que es positiva desde principios de enero, recién se la controle en abril y hasta entonces no haya nada que hacer. Parece ilusorio imaginar que, si no se ha ubicado la fuente, la contaminación de las personas disminuya.»
Según todos estiman, actualmente están concurriendo a los laboratorios a solicitar exámenes de sangre unos cuatro o cinco niños por día, por lo que es probable que ya se hayan realizado unos 50 exámenes, entre los cuales 35 con resultados positivos. Pedro piensa que «habrá que hacerle exámenes a mucha gente, a los jóvenes de 15 años para arriba también porque deben estar igualmente contaminados. Además, en el resultado dice que “se recomienda el traslado de la paciente a otro hábitat”, pero ¿por qué me tengo que ir de mi casa, si yo no hice nada malo? Me parece absurdo que una institución de salud me dé un consejo de esos».
¿Y AHORA QUÉ?
«Estamos tratando de que alguien se haga cargo. No sé qué pasó con ese monitoreo que dijo la señora Segredo que se iba a hacer», dice Leticia. «Lo que nosotros queremos es que se sepa de dónde viene este plomo y que se elimine la fuente de contaminación. Eso es lo primero.» Pedro agrega: «También será necesario que alguien tome a cargo los tratamientos, los gastos médicos. Si se está hablando de que esto puede haber afectado a todo aquel que viva en un radio de 2 quilómetros alrededor de la fuente, significa que puede haber decenas de miles de contaminados. Creo que los laboratorios y el MSP están retaceando las cosas porque se la ven venir».
Esta entrevista colectiva se efectuó el martes 13, un día antes de que el grupo de personas que se siente concernido por el problema se reuniera con las autoridades del CCZ 14, de donde surgieron directivas claras de acción.
En la zona donde aparecieron las primeras evidencias de contaminación hay varias escuelas públicas y colegios privados, así como industrias que podrían estar implicadas en la contaminación (fábricas de pinturas, fundiciones y hasta una empresa que algunos vecinos señalan como un lugar donde se reciclaría clandestinamente el plomo de las baterías usadas). Pero La Teja en general es un barrio excesivamente expuesto. La polución, ya denunciada, por parte de la empresa Bao sigue tan campante. La refinería de Ancap parece desentenderse de todo y, a pesar de que les efectúa a sus empleados análisis de plombemia, nadie parece asumir que a los vecinos algo de eso –y/o de otras cosas– les puede llegar. Es corriente que las grandes calamidades provoquen una toma de conciencia instantánea acerca de los problemas ambientales y sus derivaciones para los seres humanos. Este caso, que puede convertirse en la mayor contaminación masiva de la historia uruguaya, demuestra que además de legislar hay que vigilar: el plomo que afectó a tanta gente no se liberó accidentalmente, sino que alguien violó la ley sabiendo que probablemente estaba contaminando a un barrio entero, tal vez durante años, sin que nadie lo percibiera.








