La posición de todo biógrafo suele ser complicada. Al tiempo de investigación sobre la vida y la obra de un artista (el trasiego de fuentes, las largas horas de consulta en bibliotecas y hemerotecas, las entrevistas con familiares, testigos y allegados, la exégesis de la creación del biografiado y un largo etcétera), hay que sumarle las repercusiones que tendrá el volumen resultante en el público y la crítica, especialmente si existen abordajes previos sobre el protagonista de la pesquisa y, ni hablemos, si posteriormente aparece otra biografía sobre el mismo individuo. La exhumación de nuevos datos, el peritaje y el contraste de otros testimonios y la necesidad de aprehender la verdad definitiva sobre el sujeto de marras pueden volver incompleta u obsoleta una biografía previa o, como suele ser recurrente, obligar a su autor a publicar una versión aumentada, a la luz de nuevos hallazgos (propios o ajenos). En la base de todo esto se encuentra, desde luego, la imposibilidad de fijar entre las tapas de un libro la particularidad de una existencia, por lo que toda biografía necesariamente representa un recorte, un montaje armado con tal o cual material que desmiente desde el vamos la condición de «definitiva» que muchos de estos libros ostentan en las banditas con frases entrecomilladas.
Alrededor de las biografías del más variado tenor que pueblan estantes y anaqueles, y ubicados por cercanía y cierta afinidad en el mismo compartimento, conviven esos libros escritos por allegados al artista (un hijo, un hermano, un amigo, etcétera), que no despliegan el rigor investigativo del biógrafo profesional, sino que asientan su valor en la propia cercanía del autor con el biografiado, no tan atentos al completismo y la precisión factual, sino a su propia interacción con el personaje central del relato. En esa sección bibliófila hay que ubicar el flamante libro El Viejo Osiris, del profesor Horacio Soares de Lima (1969), dedicado a enhebrar una suma de anécdotas y recuerdos de su amistad con Osiris Rodríguez Castillos (1925-1996).
Como se sabe, la figura de Osiris Rodríguez Castillos ocupa una posición problemática dentro de esa entelequia conocida como canto folclórico o, si se prefiere, canción nacional: autor de piezas indestructibles del cancionero uruguayo, tales como «Gurí pescador», «La galponera», «Domingo de agua» y «Camino de los quileros», respetado, destacado y versionado por muchos cantores en su país y también en otros, en 1981 partió exiliado voluntariamente a España, donde vivió 12 años. Su regreso al país, a finales de 1992, no tuvo nada de la mítica tributada a la vuelta de otros artistas, y vivió sus últimos años en condiciones por momentos precarias, recibiendo del gobierno una pensión graciable y un cargo menor en la Biblioteca Nacional, y prácticamente sin contacto con los escenarios y sin ver concretada una proyectada gira por todo el país.
Soares de Lima conoció a Rodríguez Castillos a su regreso definitivo a Uruguay, cuando era un joven estudiante de Letras en la Facultad de Humanidades. Durante casi cuatro años lo trató de forma cercana (oficiando en ocasiones de chofer y de secretario) y en El Viejo Osiris ha dejado plasmado un rico anecdotario que presenta al complejo artista que fue Rodríguez Castillos bajo una luz más cercana, de entrecasa.
El libro no sigue una progresión cronológica y va atando anécdotas y vivencias de manera caprichosa –no es esto un demérito, sino, al contrario, un gran logro compositivo del volumen–, ambientadas algunas en las diferentes viviendas donde paró Rodríguez Castillos en Montevideo (desde una casa muy precaria cercana a la avenida Giannattasio, que compartía con una mujer llamada María y el hijo de esta, Christopher, apodado el Cristo por el cantor, a la pensión de la calle Gaboto, donde vivió sus últimos días, previo a su fallecimiento el 10 de octubre de 1996 en el Hospital Pasteur) y otras captadas en plena carretera, como el relato del periplo emprendido en 1994, en auto, por el autor y su esposa junto a Osiris rumbo a Entre Ríos, donde este último sería homenajeado por la Federación de Entidades Culturales y Tradicionalistas de Entre Ríos.
En el prólogo, Soares de Lima cuenta que muy temprano durante su amistad comenzó a guardar en «una vieja carpeta de color lonja» diversos materiales que el propio Rodríguez Castillos le iba pasando (cartas, canciones manuscritas, fotos, programas de conciertos, etcétera) y que, con el paso de los años y tras la muerte del autor del «Romance del Malevo», se convertirían en la base emotiva y documental de este volumen.
UN «POETA HEPÁTICO»
Son muchos los recuerdos que atraviesan El Viejo Osiris, destinados a subrayar la complejidad de un hombre que podía resultar de trato difícil, pero que, al mismo tiempo, lo daba todo por sus afectos más cercanos; un artista con conocimiento cabal de la obra que había dejado tras de sí y que sintió en carne propia el olvido de sus compatriotas (vale leer al respecto los preparativos de «la gira del regreso», que nunca se pudo concretar, y que Soares de Lima relata con lujo de detalles). Entre las anécdotas que pueden espigarse en el acotado espacio de esta nota, mencionaré el frustrado periplo para recuperar, en Madrid, las herramientas de luthier que habían sido de Osiris (que incluyó el contacto con una naviera con sede en Bilbao) y uno de los tantos almuerzos compartidos en la casa del autor, donde el cantor definió su arte en función de un mal de salud: «Hace mucho padezco una disfunción en el píloro. Y según me dijo un médico alemán que sabía tanto o menos que una vieja curandera que había allá por la laguna del Agua Sucia, esa estenosis de mi píloro no es causa sino consecuencia de una falla hepática de origen… y, claro, yo empecé a escribir cuando empecé a leer y eso ocurrió porque el hígado no me dejaba dormir… así que, no hay vuelta: soy un poeta hepático».
Una mención aparte merece la transcripción que Soares de Lima realiza de las palabras que algunos legisladores manifestaron sobre Osiris Rodríguez Castillos en julio de 1993, al momento de votarse por unanimidad en la Cámara de Senadores el otorgamiento de la pensión graciable para el cantautor. Hablaron en la oportunidad Carlos Julio Pereyra, Reinaldo Gargano, Carlos Bouzas y Julián Olascoaga. Las expresiones de los cuatro senadores revelan no solamente un conocimiento profundo de la obra de Rodríguez Castillos («De acuerdo con mis recuerdos, hizo su aparición en el campo de la poesía, con repercusión nacional, al ganar un concurso con la presentación de un Romance al general Juan Antonio Lavalleja, cuando se celebraron los 200 años de su nacimiento», expresó Pereyra en un momento), sino que, además, leídas desde el presente, no hacen más que subrayar la decadencia expresiva e intelectual de nuestra actual clase política, más interesada en los exabruptos discursivos que en las bondades de la lectoescritura.









