Hace unos años el director sueco Gustav Möller logró demostrar, con The Guilty (2018), su soberbia capacidad de sostener la tensión desde la restricción formal. Toda la acción transcurría en un solo escenario y en tiempo real, al interior de un centro de llamadas de emergencia; el operador atendía a una mujer que estaba siendo secuestrada y la película acompañaba su asistencia y su creciente desesperación. Esta película1 trae, con su planteo, un mismo nivel de intensidad: la historia sigue a Eva, una carcelera que enfrenta el mayor dilema de su vida cuando reconoce al asesino de su hijo, al ser este ingresado al penal donde ella trabaja. Tras dudarlo, la mujer pide ser trasladada al pabellón de máxima seguridad, para poder vigilarlo de cerca. Así, abusando de su poder de formas variopintas, va concretando su venganza, aplicando de múltiples maneras una violencia inusitada. La película fue filmada casi íntegramente en la extinta prisión Vridsløselille, de Copenhague, dato que explica en buena medida el realismo de su planteo.
Möller elige en este caso una relación de aspecto de 4:3, es decir una pantalla casi cuadrada, televisiva, que multiplica la presencia de paredes, techos, amplificando las líneas perpendiculares. El encuadre deja de ser ventana y se vuelve contenedor: cada plano encierra y reproduce la idea de una caja hermética, una asfixia geométrica que apuntala una rigidez institucional tan infranqueable como los muros del recinto. Un gran acierto se da en el juego de espejos y resonancias simbólicas: la protagonista hace lo que la sociedad entera, proyectar sus más oscuros demonios sobre el convicto. Pero Eva comienza a demostrar, paralelamente a su brutalidad y ensañamiento, un germen de culpa que la coloca en un lugar difícilmente aceptable, especialmente para ella misma. Vemos que todo su resentimiento, arrojado sin miramientos, obedece a una frustración y a conflictos pasados irreparables. Existe, además, un paralelismo entre Eva y la madre del antagonista, la única persona que lo visita, ya que ambas han atravesado vínculos maternos profundamente conflictivos con sus respectivos hijos. Esa ambigüedad –la carcelera también fue, o pudo haber sido, una madre terrible– aporta espesor moral al enfrentamiento y evita que la historia se resuelva en un simple duelo de fuerzas.
Sin embargo, la desproporción física también trabaja: la corpulencia del antagonista frente a una protagonista de unos 55 años, menuda, genera una tensión constante, algo que Möller explota con inteligencia en cada reencuadre. El manejo de la luz refuerza el encierro: los pasillos y las celdas se mueven entre la fluorescencia fría de los espacios institucionales y zonas de sombra que amplifican oscuridades internas. La propia iluminación participa del misterio de las cavilaciones de los personajes.
Hay, de fondo, una reflexión incómoda sobre el sistema penitenciario y la posibilidad de reinserción, visto el carácter abusivo de prisiones que producen aquello mismo que dicen combatir. Sobre el final, un personaje concluye que hay reos irrecuperables, refiriéndose al mismo sujeto que fue hostigado y maltratado durante todo el metraje, al interior de un sistema institucional que, al menos en el discurso, pretendía rehabilitarlo. Visto el juego de espejos planteado, corresponde pensar hasta qué punto su frase se aplica a la misma protagonista, o a una sociedad no dispuesta a rever sus propios deseos punitivistas.
- Vogter, de Gustav Möller. Dinamarca/Suecia, 2024. ↩︎








