Reunido en asamblea con editores de distintas partes del mundo, Evgeny Morozov, fundador de The Syllabus,1 forzó los márgenes del futuro y discutió el recorrido catastrofista que el capitalismo delimita al proponerlo como único destino posible. Dos días más tarde, todavía en el marco de la segunda edición de la convención Read, de editoriales y revistas de izquierda, conversó con la revista Crisis y el semanario Brecha: «Una de mis principales preocupaciones es que la izquierda adopte una actitud muy confrontativa. Eso ya se ve en Estados Unidos, donde equiparan la inteligencia artificial (IA) con los data centers, los data centers con el capitalismo, y se niegan por completo a escuchar cualquier argumento razonable sobre lo que puede hacer realmente por la sociedad», dijo sobre el final.
Para Morozov, el rol que jueguen los Estados en esta etapa será decisivo y, en ese sentido, señaló a China y su modelo de desarrollo nacional como una alternativa al de Estados Unidos y la lógica corporativa. El pensador también advirtió que ya se dio una dinámica similar con la carrera armamentista durante la Guerra Fría y que los países deberán optar por alinearse a una de las dos potencias o generar una tercera vía.
—¿Cómo imaginar otros mundos posibles? Repetimos esa pregunta al infinito, pero ¿de qué maneras puede la IA contribuir a construir una alternativa al capitalismo, como explorás en tu ensayo El socialismo después de la IA?2
—Para muchos socialistas el verdadero problema es cómo construir una sociedad que pueda organizarse racionalmente. Mi crítica, si se quiere, es que esa solución introduce subrepticiamente categorías capitalistas, como la de la eficiencia. No es que sean conceptos malos, pero normalmente, en la teoría y la práctica capitalistas, son conceptos sin historia, sin cultura, como si la eficiencia fuera algo que existe a través de las civilizaciones, y se asume que lo que es eficiente para un agricultor de América Latina es igualmente eficiente para un capitalista de Wall Street y una tribu de Australia. Yo simplemente creo que eso no tiene sentido. La eficiencia está determinada culturalmente y aquello que se considera eficiente refleja, muy a menudo, las relaciones de poder.
Hay problemas fundamentales que los socialistas no han resuelto, que quizá ni siquiera podrían haber resuelto porque no disponían de la tecnología necesaria para construir instituciones que pudieran ser eficaces a la hora de facilitar la coordinación social. Queremos que las sociedades se desarrollen, se coordinen y hagan cosas, pero no queremos delegar eso en el mercado. La IA entra en esta problemática de una manera muy interesante porque hace posibles nuevas formas de autonomía. Por supuesto, viene acompañada de toda una carga por estar mediada por el capitalismo, estar mercantilizada y exigir el pago de una cuota de suscripción. No es perfecta en absoluto, pero cuando [Karl] Marx analizó el capitalismo, el capitalismo tampoco era perfecto, y, aun así, proporcionaba una base suficiente para observar qué partes de él queremos aceptar, modificar o superar. Eso es lo que deberíamos hacer con la IA. Hay partes de ella que son claramente muy útiles para cualquier proyecto progresista porque dan lugar a una mayor autonomía, más creatividad y más experimentación, y no veo cómo un proyecto socialista podría negar ese valor.
Hay que repensar el proyecto político, examinar las configuraciones tecnológicas emergentes dentro del capitalismo que se quieren reapropiar e intentar comprender al mismo tiempo cómo estas tecnologías, una vez resignificadas, ayudarán a avanzar hacia un proyecto alternativo.
—Hoy el desarrollo de la IA va acompañado de un gran impacto ambiental, social, material. Sin negar su existencia, ¿cómo podemos ponerle un límite?
—La IA no funciona como un sistema ferroviario en el que un tren está compuesto por vagones y siempre se mueve sobre vías. Todavía no tiene una forma tan definida, sigue existiendo cierta apertura, y eso también implica que su composición material está abierta a la disputa. Lo que sucede es que tomamos una determinada configuración político-económica, la idea de que necesitamos estos enormes data centers que la alimentan, porque los consumidores necesitan modelos generales que lo hagan todo –videos, imágenes y textos–, lo que requiere una capacidad de cálculo masiva. Además, deben poder responderte a cualquier hora del día porque estás pagando 50 dólares al mes por una suscripción.
Este es el paradigma que la industria ha encontrado monetizable y rentable. Por eso, asociamos la IA con el modelo de extracción de agua, materiales y energía. Una vez que abandonás la idea de que esta economía política tiene sentido por sí misma, podés imaginar comunidades y usuarios que recurran a modelos locales capaces de funcionar en sus propias computadoras, sacándolos de esa lógica de suscripciones que las empresas necesitan mantener para seguir monetizando sus productos y financiar sus propios gastos. Quizá solo necesitás generar imágenes y, para hacerlo, podés ejecutar un modelo local en tu computadora, sin depender de ningún centro de datos. Hacerlo posible podría requerir la intervención del gobierno, porque querrías una política gubernamental sobre IA que no pensara únicamente en cómo atraer capital extranjero para construir data centers, sino también cómo hacer que la IA sea accesible para los usuarios fuera de esta burbuja corporativa. Si eso significa que hay que subvencionar la adquisición de computadoras para que todo el mundo disponga de equipos más rápidos en los que ejecutar sus propios modelos de IA, quizá, a fin de cuentas, esa sea una mejor política que subvencionar a las empresas para que construyan data centers.
Una vez que vas más allá de esta idea de que no hay alternativa –o aceptás este modelo de IA o sos un tecnófobo–, empezás a examinar cuáles son las necesidades concretas, cómo podés desagregar este monstruo gigantesco de Silicon Valley.
—Si tuvieras que imaginar personajes detrás del desarrollo de la IA que construyan modelos distintos a los de Peter Thiel o Elon Musk, ¿cómo serían esas personas o esos colectivos capaces de impulsar otra lógica?
—No quiero crear falsas esperanzas diciendo que se puede hacer frente a Peter Thiel con un grupo de hackers que construyan su propia IA en casa, porque sencillamente eso no es realista, al menos en esta etapa. Puede ser polémico, pero pienso que hay mucho que aprender de China. Vivo en Shanghái, por tanto, tomen todo lo que digo con cierto escepticismo, pero el despliegue de la IA en China está siguiendo una trayectoria muy diferente. Hay un actor mediador adicional en esta historia que es el Partido Comunista, y el hecho de que el partido intervenga activamente para dar forma a la manera en que la IA se convierte en una infraestructura cotidiana que los agricultores pueden utilizar para aumentar el rendimiento de sus tierras, o que los profesores pueden utilizar para mejorar la enseñanza en las escuelas, lo cambia todo. Esto se debe a que el gobierno dispone de recursos para organizar instancias de formación, hacer que los tokens sean más accesibles y tomar decisiones que separen los intereses de la industria de los intereses de un Estado y su desarrollo nacional.
Se trata de algo muy diferente a una mentalidad que se basa en que dependeremos de OpenAI para construir un chat perfecto. Peter Thiel representa un proyecto estatal y ese proyecto es el de Estados Unidos. El objetivo de Thiel no es hacer algo con la IA, sino utilizarla como caballo de Troya para transformar la economía, la geopolítica y la cultura. Estas personas son operadores políticos antes que operadores tecnológicos. Por eso solo se les puede hacer frente con otro proyecto estatal. Es un error pensar que se puede crear algún tipo de escenario espontáneo, desde abajo y al estilo del software libre.
—Cuando los tecnobros, o quienes trabajaron para ellos, como Jacob Coxon para Anthropic, advierten que la IA está avanzando a una velocidad tal que «podría matarnos a todos antes de que acabe la década», ¿se trata de una precaución a atender o es parte de su estrategia de marketing?
—Considero que todo esto es, en gran medida, una distracción. No necesariamente en este caso, pero creo que la industria de la IA tiene el interés concreto de exagerar su propio potencial, porque mucha gente sigue siendo escéptica y algunas cifras les dan la razón. Las empresas que normalmente se apresurarían a implementar la IA siguen dudando porque cuesta mucho dinero y los beneficios no son grandes. Y, por supuesto, si se logra convencer a la gente de que la IA puede destruir el mundo, se le atribuye un determinado grado de capacidad de acción que, en mi opinión, va mucho más allá de lo que puede hacer realmente, más allá de ser capaz de salir de un entorno aislado y piratear algún sitio web. De hecho, eso es relativamente fácil en comparación con tareas más complejas. Un robot todavía no puede doblar la ropa perfectamente, aunque quizá pueda piratear un sitio web. Más allá de eso, creo que el problema al que se enfrenta la industria es que ha invertido mucho dinero, y los inversores esperan que ese dinero genere algún rendimiento. En realidad, les interesa convencer al público de que no están cumpliendo sus promesas no porque sean incapaces de hacerlo, sino porque son tan responsables y éticos que ralentizan el progreso. Y, en ese sentido, sí creo que gran parte de esto se manifiesta en la manera en que Sam Altman, Elon Musk, Dario Amodei o Randall Lane se alinean deliberadamente detrás de esta clase de retórica. Basta con mirar a Musk. Puede hacer lo que quiera. Cerró departamentos gubernamentales. Hay niños que se mueren de hambre en África y no le importa. La idea de que de repente ha desarrollado esta conciencia ética no me parece nada convincente.
Evidentemente existe una carrera entre China y Estados Unidos, que se disputan quién va a ser la potencia hegemónica mundial. Y eso, por sí mismo, crea determinados incentivos para que quieran liderar el desarrollo de la IA, independientemente de lo que cueste, igual que sucedió con la carrera entre Estados Unidos y la Unión Soviética en materia de gasto en defensa, carrera armamentista y demás. Eso produce su propia dinámica. Ya vivimos una situación así durante la Guerra Fría. Por eso tenemos el término tercer mundo, ¿no? Se suponía que existía un primer mundo, Estados Unidos; un segundo mundo, la Unión Soviética, y un tercer mundo, donde vivían todos los demás. En sí mismo, no es un problema nuevo. La solución que vimos en el contexto de la Guerra Fría fue la fundación del Movimiento de Países No Alineados y eso fracasó. No fue un proyecto demasiado inteligente porque no comprendió qué capacidad tenían los países más pequeños para resistir las presiones de Estados Unidos. Al final todo se reducirá a elegir de qué lado quieren situarse los países en la disputa entre China y Estados Unidos. Por supuesto, algunos países inteligentes intentarán aprovecharse de ambos y tratarán de enfrentarlos entre sí. A fin de cuentas, un país puede tomar medidas para reducir la pérdida de su autonomía.
—¿Cómo puede la IA proporcionar herramientas para construir contrapoder, una militancia que marque de alguna manera una diferencia? Y en este sentido, ¿qué rol buscan jugar desde el proyecto The Syllabus?3
—Impulsar un proyecto militante presupone ser capaz de formular alternativas constructivas que vayan
más allá del simple boicot. Así es como yo lo abordo. Mi objetivo general sigue siendo repensar el socialismo o lo que debería ser el socialismo. Así que parto de la premisa de que eso no se logrará sin cierta mediación tecnológica. Lo que estamos intentando hacer con The Syllabus, para ser sincero, es implementar la IA para preservar ese espacio en el que es posible imaginar alternativas al dominio de Silicon Valley y sus modelos. A menos que consigas convencer a la gente de que hay otras formas de preparar un plato complicado con los mismos ingredientes y que no tiene por qué terminar en una dieta proteica simplista en la que todo es polvo y no tiene sabor, no va a ocurrir.
Y la razón por la que empezamos The Syllabus fue, esencialmente, avergonzar a las bibliotecas y a las instituciones públicas por no hacer lo suficiente para experimentar con las tecnologías. Deberían ser ellas las que construyan una alternativa a Google, las que piensen cuál sería el equivalente adecuado de una biblioteca pública para el siglo XXI, no nosotros, una pequeña ONG. Lo veo más como una reorientación de toda la maquinaria burocrática, con sus recursos, agendas y mandatos, hacia las cosas que ya debería estar haciendo, porque no hacerlas hará que pierdan legitimidad ante los ojos de los ciudadanos que pagan por su existencia mediante los impuestos. En ese sentido, creo que la militancia tiene que ser inteligente.
*The Net Delusion: The Dark Side of Internet Freedom», PublicAffairs, 2012 y To Save Everything, Click Here: The Folly of Technological Solutionism, PublicAffairs, 2013.↩︎
- Este servicio de curación de conocimiento puede consultarse en www.the-syllabus.com. ↩︎
- Socialism after IA, The Ideas Letter, 2025. ↩︎









