Hacedor de misterios - Semanario Brecha
Pablo Damiani (1961-2026)

Hacedor de misterios

Proveniente de una larga estirpe de artistas, Pablo Damiani Arocena (1961-2026) consiguió, en el difícil ejercicio de la escultura, un lenguaje propio. Poseedor de una imaginación inquieta y animista, supo avivar con colores y formas arcaicas las lustrosas vetas de sus tallas y ensamblajes, y se transformó en un referente de su generación.

Pablo Damiani retratado por José Pampín.

Uruguay ha dado más de una promoción de notables escultores en madera, autodidactas algunos de ellos, como Salustiano Pintos, Wifredo Díaz Valdez y José Castro –que es español, pero vive hace más de 60 años en nuestro país–. También los hay ceñidos a una tradición torresgarciana, como Uruguay Alpuy o Francisco Matto, y más cercanos en el tiempo, de variadas estéticas, como Ricardo Pascale, Mariví Ugolino, Juan José Núñez, Roberto Píriz, Santiago Dieste, José María Pelayo, por citar algunas firmas de innegable trayectoria. Siguiendo esta última línea que conjuga solidez técnica a la par de inventiva, se encuentra la obra de Pablo Damiani Arocena (1961-2026), fallecido en Montevideo el pasado 9 de octubre. Su obra destaca por el dominio técnico y, en especial, por los toques de ironía, en los que la crítica ha visto una dominante surrealista u onírica.

Pablo Damiani nació en Nueva York, pero a los dos años vino a Uruguay, donde vivió la mayor parte de su vida. Fue criado en el seno de una familia de reconocidos artistas: su abuelo, Víctor Damiani, fue un barítono de renombre internacional y su padre, el pintor Jorge Damiani, fomentó su pasión y compromiso por el arte, de modo que Pablo encontró su camino en un rubro distinto pero concomitante al de sus predecesores. Residió también en Buenos Aires, donde trabajó en cercanía con los escultores Alberto Heredia y Juan Carlos Distéfano.

Pero el acontecimiento que, según palabras del propio artista, marcó su carrera fue un viaje a Europa en el que tuvo oportunidad de conocer a Gonzalo Fonseca en su taller de Pietrasanta, Italia. De ese encuentro puede inferirse la recurrencia, en buena parte de su producción, a compartimentar con pequeñas oquedades sus tallas y ensamblajes, y también una tendencia a la verticalidad ascendente, totémica, que evoca el aire arcaico de Fonseca. Pero, a diferencia de este, que basó su obra monumental en el mármol, Pablo Damiani trabajó mayormente la madera y en formatos más modestos. Su obra se entronca en una larga tradición que se sirve de la manualidad del artesano-carpintero para lograr la afuncionalidad y la carga simbólica del artista-escultor. Él lo había dicho de otra forma: «Para mí en el arte los materiales importan tanto o más que las ideas, finalmente es a través de estos que se provocan las mayores emociones».

Obtuvo reconocimientos importantes, como el Primer Premio en el Salón Nacional de Artes Visuales del 2001 y el Primer Premio en la Bienal de Plásticos Jóvenes de 1983. Son recordadas sus exposiciones individuales en la Galería Bruzzone a fines de los años ochenta y la muestra «El silencio de los objetos» en el aula magna de la Universidad Católica (Montevideo, 2005). Participó en numerosas bienales y exposiciones colectivas, como «Arte y madera» en el Museo Nacional de Artes Visuales en el 2006 y «El lenguaje de la escultura» en la sala Federico Sáez del Ministerio de Trasportes y Obras Públicas en el 2001. Para esta última escribimos un comentario que aplica al grueso de su producción: «Damiani conjuga amarres, plumas, huesos y piedras que incrusta o ata al cuerpo labrado de la madera para crear un espacio ritual que dialoga con el pasado. En sus tablas y “colecciones de máscaras” el pensamiento mágico y arcaico revive incitado por el crudo atractivo de la materia y los etéreos tintes azules que exploran su vientre».

En efecto, el escultor sabía dotar de colores y grafías a sus piezas a fin de otorgarles un aura de extrañeza, como si fuesen objetos de un culto desconocido. No se trata de una pátina o algún recurso sencillo para avejentar superficialmente las esculturas, sino de un tratamiento formal en el que el tono del color y el trabajo en el volumen se imbrican para sugerir ese talante arcaico, como si moldease un fetiche que concentrara fuerzas mágicas o protectoras. En algunas piezas, cabezas y formas animales asoman por los escondrijos y huecos sugiriendo una hondura cavernosa y orgánica: pequeños templos, tronos, altares habitados por seres sin nombre. Con la partida de Pablo Damiani perdimos un hacedor de climas y atmósferas de misterio y sutiles ironías, pero en sus obras pervivirá un linaje de ideas y sentires para la mejor tradición escultórica del país.

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