“Les digo también que por lo demás no se hagan mala sangre, pues si es mi destino morir, moriré, pero pierdan cuidado que si muero habrán desde ya reventado algunos miserables y al fin tendremos que morir algún día y el nombre de Barthou no tendrá ninguna mancha pues haré hasta que tenga una gota de sangre en las venas mi deber como uruguayo y francés al mismo tiempo”, declaraba el joven Juan Barthou en una carta a sus padres en julio de 1915. Era una carta desde las trincheras. El muchacho, nacido en Montevideo en 1893, era hijo de un zapatero francés. Al estallar la Primera Guerra Mundial, partió como voluntario movido por un patriotismo idílico que poco sabía del hambre, el frío y las numerosas heridas y hospitalizaciones que lo esperaban. Al pisar suelo francés, Barthou firmó un documento según el cual se comprometía a combatir hasta el final de la contienda, y efectivamente así lo hizo. Durante el conflicto se enamoró y contrajo matrimonio con una francesa, y finalmente murió en diciembre de 1918, con la victoria a cuestas, por una bronconeumonía gripal. Nunca pudo regresar a Montevideo. Su historia es una de las que el periodista Sebastián Panzl (1986) cuenta con detalle en Cartas desde las trincheras. Antes había publicado ¡Tiren, cobardes! (2015), dedicado a los uruguayos en la Segunda Guerra Mundial. Junto a la de Barthou está la historia de José Gabriel Martínez, un uruguayo que no ostentaba ningún tipo de lazo con Francia y que, sin embargo, también le entregó su vida en el campo de batalla. O la de Francisco Francese, el astuto orientalito que, por no contar con la edad suficiente para alistarse, se procuró un documento de identidad falso y partió, escapando de casa y sin permiso, “llevado por un sentimiento lírico”, a luchar a la tierra de sus padres, “la bella Italia”. Bienaventurado, Francese sí volvió a salvo a esta tierra.
Hasta aquí franceses e italianos. Pero también la vieja Britania citó –e incitó– a sus hijos de la diáspora a acudir al llamado de los clarines. El autor evoca la singular historia de Harry Davies, un ferroviario uruguayo a quien la guerra sorprendió en Manchester, a donde había sido enviado por el Ferrocarril Gran Sur a un curso de entrenamiento. Le negaron, en primera instancia, su presentación al servicio militar, pero en marzo de 1917 logró incorporarse a la aviación británica y desde entonces su vida fue un devenir de hitos que oscilaron entre el heroísmo y la muerte, y que por fortuna acabaron por resolverse siempre a favor del primero.
Este libro refiere la historia de todos estos hombres y de otros no tan convencidos, como Karl Trambauer, el alemán díscolo; arquitecto, entre otras cosas, de nuestra residencia presidencial y prestigioso profesor universitario preocupado por el tema de la vivienda rural, que fue obligado a construir trincheras en la frontera alemana con Polonia.
La narrativa de Panzl es clara y discurre con fluidez. Destaca, siempre que puede, la crucial importancia de los archivos familiares, celosamente conservados por más de cien años, para la recuperación de la memoria de estos combatientes. En efecto, los documentos privados son la principal fuente de su investigación: las cartas son testigo y registro de las vicisitudes que afrontaron día a día estos hombres durante los duros años que estuvieron lejos de casa; la memoria ancestral de los familiares que dan su testimonio nutre el relato de un elemento vivo, y acerca el pasado. En otro orden, la prensa local de la época se ocupó de seguir de cerca los pasos de estos jóvenes en su peripecia, y es también un importante sustrato documental de esta investigación.
Vale destacar la oportuna puesta a punto de los principales procesos históricos, presentados concisa pero correctamente, que ayudan al lector no versado a orientarse en el contexto internacional y nacional. Ciertamente, lo anterior no carece de importancia, pues mucho se ha dicho acerca de la neutralidad adoptada por Uruguay ante el conflicto, y sin embargo, un capítulo denominado “Unos neutrales no tan neutrales” mostrará las vacilaciones de este rótulo.
Diestro, Sebastián Panzl zurce su propia voz con fragmentos epistolares, recortes de prensa y reflexiones de los descendientes que obtuvo en entrevistas. Descendientes que, al igual que sus ancestros –los que se quedaron–, encumbran un gran orgullo por sus héroes familiares, al mismo tiempo que no comprenden, y aún se preguntan, qué los hizo aventurarse a tan azaroso destino. Y es que mucho nos cuesta a los de hoy comprender que el amor a la patria fue algo más que un verso olvidado de algún viejo himno que cantamos de memoria. Y que la patria no sólo duerme plastificada en documentos de identidad que confiesan un lugar de nacimiento y basta, sino que hubo quienes muy temprano entendieron que ella late en todo lo que el hombre es, atañe a la sangre, y por esto la patria también puede ser el otro, o una tierra que nunca pisamos.








