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A toda velocidad

Angela Davis en Montevideo

Angela Davis llegará a Montevideo el 20 de marzo. Foto: Afp, Thomas Samson

Es una de las académicas y activistas feministas y contra el racismo más destacadas a nivel internacional, pero también un ícono de la resistencia política y cultural que ha atravesado las décadas y una figura pop a la que le cantaron John Lennon y los Rolling Stones. Angela Davis llega a Montevideo y uno no puede evitar sentirse como si una mezcla de Pam Grier y el Che Guevara estuviera a punto de abrazar a las masas en la explanada de la Universidad.

Angela Davis bien podría afirmar, junto con el escritor argentino Osvaldo Lamborghini,1 que ella, que era mujer, negra, lesbiana, feminista y comunista, el 7 de agosto de 1970 se volvió mujer, negra, lesbiana, feminista y comunista. Es que ese día todo eso comenzó a pesar todavía más que antes: se transformó en una de las diez personas más buscadas por el Fbi.

Aquella mañana, Jonathan Jackson, un muchacho negro de 17 años, se había dirigido al juzgado de Marin County, donde declaraba James McClain, acusado de apuñalar a un guardia en la prisión de San Quintín. Una vez dentro del juzgado, Jackson tomó rehenes a punta de pistola y pidió la liberación de su hermano George y otros dos reclusos negros, acusados de golpear a un guardia y arrojarlo desde el tercer piso de la prisión de Soledad hacia la sala del televisor.

George Jackson, el hermano de Jonathan acusado de asesinato, estaba preso por robar 70 dólares en una gasolinera, pero en la prisión, en lugar de hallar a Jesús, como Dios manda, halló a Marx, Engels, Lenin, Trotsky y Mao, y fundó, junto con W L Nolen, la Black Guerilla Family, un grupo de poder negro dedicado a denunciar la infraestructura racista del sistema penitenciario. George Jackson, que había sido encarcelado a los 17 años y debía cumplir aproximadamente un año de prisión, llevaba más de diez años preso sin condena.

Sin embargo, y tras una pelea en el patio de la prisión, a Nolen y a otros dos reclusos negros, un guardia los mató a tiros desde su torre de vigilancia. Así que cuando en represalia apareció el guardia muerto tres pisos más abajo, junto a una nota que decía “Uno menos, faltan dos más”, culparon a George y a otros integrantes de la Black Guerilla Family que pasaron a ser conocidos como los “Soledad Brothers”.

Pronto se formó el Comité de Defensa de los Soledad Brothers integrado por intelectuales, activistas y celebridades –Marlon Brando, Jane Fonda, Lawrence Ferlinghetti, Allen Ginsberg, Noam Chomsky, Pete Seeger–, liderado por la abogada Fay Stender y por Angela Davis, quienes trabajaron incansablemente para denunciar lo que consideraban una imputación fraudulenta por la total falta de pruebas sobre la autoría del asesinato.

Sin embargo, el hermano de George Jackson tenía ideas más pragmáticas sobre cómo liberar a los acusados. Entrar a un juzgado armado hasta los dientes a las once de la mañana, secuestrar al juez, a tres jurados y al fiscal de distrito, y exigir la liberación de los Soledad Brothers “para antes de las 12.30”, por ejemplo. Y como podía esperarse, el intento terminó espantosamente mal.

JUSTICIA. Todo en la vida de Angela Davis gira en torno a la idea de justicia, desde el concepto más básico e instintivo que la golpeó en la Alabama segregada de su niñez hasta sus escritos académicos sobre el sistema penitenciario, sus escritos feministas o antirracistas y su sostenida militancia en defensa de los más desfavorecidos.

Leer sus escritos no es fácil, pero no por su oscuridad conceptual, sino por la manera que tiene de desnudar las injusticias sociales que denuncia: su franqueza despojada de resentimiento y su claridad expositiva a la vez que iluminan la mente, estrujan el corazón.

Es difícil mantenerse impasible ante la más sencilla viñeta de su niñez en Alabama: “Cerca de la estación de servicio de mi padre en el centro había un cine que se llamaba The Alabama. Me recordaba a los cines de Nueva York. Día y noche, la fachada del edificio se iluminaba con sus luces de neón. Una lujosa alfombra roja se extendía hasta la acera. Los sábados y domingos, la marquesina mostraba los títulos de los últimos estrenos de películas infantiles. Cuando pasábamos, los niños rubios con sus madres remilgadas se arremolinaban alrededor de la boletería. Nosotros no podíamos entrar en el Alabama; nuestros cines eran el Carver y el Eighth Avenue y lo mejor que podíamos esperar de sus auditorios infestados de cucarachas eran reestrenos de Tarzán. ‘Si tan sólo viviera en Nueva York…’, pensaba constantemente. Cuando pasábamos por el parque de diversiones en Birmingham Fairgrounds, donde sólo se permitía entrar a los niños blancos, pensaba en cuánto nos habíamos divertido en Coney Island en Nueva York. En nuestra ciudad, si estábamos en el centro y sentíamos hambre, teníamos que esperar hasta replegarnos a los barrios negros, porque los restaurantes y puestos de comida estaban reservados sólo para los blancos. En Nueva York podías comprar un hot dog en cualquier lugar. En Birmingham, si teníamos que ir al baño o queríamos tomar agua, había que buscar la inscripción que dijera ‘De color’. La mayoría de los niños negros sureños de mi generación aprendieron a leer las palabras ‘Blanco’ y ‘De color’ mucho antes que a cantar ‘A la rueda rueda’”.2

Tan naturalizado estaba el racismo en Alabama que los actos de resistencia eran conmovedoramente nimios, pero uno podía terminar preso por ellos. Sentarse en los asientos delanteros del ómnibus, por ejemplo. A lo mejor esa sea la razón por la que la primera noción que tuvo Davis de que era posible luchar por mayor justicia social no provino de la resistencia de los negros o de la defensa de los derechos de la mujer, sino del socialismo. “Por primera vez, me di cuenta de que podía haber un sistema socioeconómico ideal en el cual cada persona le daría a la sociedad lo que pudiera de acuerdo a sus talentos y sus habilidades, y que recibiría a cambio la ayuda material y espiritual que se ajustara a sus necesidades. (…)El Manifiesto comunista me golpeó como un rayo. Lo leí con avidez, encontrando en él respuestas a muchos de los dilemas aparentemente incontestables que me habían atormentado. Lo leí una y otra vez, sin entender completamente cada pasaje o cada idea, pero cautivada por la posibilidad de una revolución comunista aquí. Comencé a ver los problemas de los negros en el contexto de un gran movimiento de la clase trabajadora. Mis ideas sobre la liberación negra eran imprecisas, y no pude encontrar los conceptos correctos para articularlas; aun así, estaba adquiriendo cierta comprensión sobre cómo podría abolirse el capitalismo.”

Así, después de terminar sus estudios de literatura francesa en Brandeis, Davis estudiará filosofía bajo la tutela de Herbert Marcuse y Theodor Adorno en Frankfurt.

LA MUERTE DE UN JUEZ. Jonathan Jackson, James McClain, Ruchell Cinque Magee y William Arthur Christmas sacaron a los rehenes a punta de pistola del juzgado de Marin County. Al juez Harold Haley, le ataron al cuello una escopeta. No fue claro qué bala mató al juez Haley. Lo cierto es que sólo Ruchell Cinque Magee salió vivo del tiroteo con la Policía.

Como miembro del Comité de Defensa de los Soledad Brothers, Angela Davis mantenía correspondencia con George Jackson, y fue a raíz de esta relación que comenzó a trabajar en profundidad sobre el rol de las prisiones, no sólo de los presos políticos, sino de la función política de la prisión en general. La relación de Davis con George Jackson se profundizó a través de la correspondencia hasta convertirse en algo parecido al amor, a un tiempo que crecía, además, la relación con su familia. Quizás por eso la noticia de la toma de rehenes en Marin County la tomó tan por sorpresa, pero a la imposibilidad de imaginar a Jonathan muerto en el asfalto pronto se sumó la certeza de que estarían tras sus pasos: las armas que el hermano menor de George usó para asaltar el juzgado estaban registradas a nombre de Davis, que las había adquirido para proteger las actividades del comité.

Pronto, su nombre estaba en la lista de los diez más buscados del Fbi, calificada de “armada y peligrosa”, y acusada de secuestro, conspiración y asesinato. De esa forma, se inició su pasaje a la clandestinidad y una huida de más de dos meses que la llevó a Los Ángeles, Las Vegas, Detroit, Chicago, Miami y Nueva York.

Pero el 13 de octubre de 1970 una foto de Angela Davis de camisa azul, minifalda, peluca de pelo lacio y lentes, esposada y rodeada de hombres blancos de traje, inundó las páginas de diarios y revistas del país. Si el año anterior había sido perseguida por Ronald Reagan –por entonces gobernador de California– y desplazada de su puesto de profesora de la Ucla por pertenecer al Partido Comunista, ahora era Richard Nixon el que felicitaba al Fbi por haber capturado a una peligrosa terrorista.

EL PROBLEMA CON LAS MUJERES. “Pronto me acostumbré a la presencia muy extendida de un desafortunado síndrome entre los activistas negros varones: el confundir su actividad política con la afirmación de su virilidad. Veían –y algunos todavía ven– al hombre negro como algo distinto que la mujer negra. Esos hombres consideraban a las mujeres negras como una amenaza para su virilidad –especialmente las mujeres negras que tomaban la iniciativa y trabajaban para transformarse en líderes por derecho propio–. La perpetua arenga del hombre americano era que yo debía redireccionar mis energías y usarlas para darle a mi hombre la fuerza y la inspiración para que él pudiera aplicar más efectivamente sus talentos en la lucha por la liberación negra.”

Es interesante el camino ideológico y militante de Davis, porque de alguna manera es a través del marxismo y la lucha de clases que llega a la militancia antirracista y es en el marco de esta militancia del poder negro que comienza a reflexionar sobre el papel de la mujer. No es extraño, en consecuencia, que el enfoque de Davis sea interseccional, es decir, un abordaje que considera cómo interactúan el género, la etnia, la clase, la orientación sexual y otras categorías sociales y sus respectivos sistemas de opresión, dominación o discriminación.

En este sentido, su libro Mujer, raza y clase es fundacional, ya que en él Davis denuncia la absoluta disparidad en la investigación histórica sobre la esclavitud en relación con el papel de la mujer esclava. “El día en que alguien exponga la realidad de las experiencias de las mujeres negras bajo la esclavitud mediante un análisis histórico, ella (o él) habrá prestado una inestimable ayuda. La necesidad de emprender un estudio de estas características no sólo se justifica en aras de la precisión histórica, sino que las lecciones que se pueden extraer del período de la esclavitud arrojarán luz sobre la batalla actual de las mujeres negras, y de todas las mujeres, por alcanzar la emancipación. Como persona lega en el estudio histórico, únicamente puedo proponer algunas hipótesis que, tal vez, sirvan para guiar una reexaminación de la historia de las mujeres negras durante la esclavitud”.3

Con este libro pasa lo que siempre pasa con el resto de los escritos de Davis. Hay una potencia en su escritura que no cesa ni un minuto, como si dijera “bueno, ya que nadie va a hacer esto, lo voy a hacer yo” y de ahí en más no para. Empieza alto, sigue alto, termina alto, con una claridad, una contundencia y una agudeza que dejan sin aliento. En los escritos de Davis, todo es urgente, no hay tiempo que perder, hay que decir lo que hay que decir, lo más claro posible: “Proporcionalmente, las negras siempre han trabajado fuera de sus hogares más que sus hermanas blancas. El inmenso espacio que actualmente ocupa el trabajo en sus vidas responde a un modelo establecido en los albores de la esclavitud. El trabajo forzoso de las esclavas ensombrecía cualquier otro aspecto de su existencia. Por lo tanto, cabría sostener que el punto de partida para cualquier exploración sobre las vidas de las mujeres negras bajo la esclavitud sería una valoración de su papel como trabajadoras. El sistema esclavista definía a las personas negras como bienes muebles. En tanto que las mujeres, no menos que los hombres, eran consideradas unidades de fuerza de trabajo económicamente rentables, para los propietarios de esclavos ellas también podrían haber estado desprovistas de género. En palabras de cierto académico, ‘la esclava era, ante todo, una trabajadora a jornada completa para su propietario y, sólo incidentalmente, esposa, madre y ama de casa’. A la luz de la floreciente ideología decimonónica de la feminidad que enfatizaba el papel de las mujeres como madres y educadoras de sus hijos y como compañeras y amas de casa gentiles para sus maridos, las mujeres negras eran, prácticamente, anomalías”.4 A partir de aquí, Davis desarticula el mito de la esclava que principalmente cocina y cuida a los niños, la sitúa en su rol fundamental de trabajadora agrícola y le atribuye, además, el rol de “paridora” de otros esclavos, señalando, además, su vulnerabilidad a toda forma de coerción sexual.

FREE ANGELA. Luego de su captura en el Howard Johnson’s Motor Lodge, un motel en la Octava Avenida de Nueva York, Angela Davis estuvo 16 meses presa. Entonces comenzó una de las campañas de apoyo más importantes de las que se tenga memoria. Miles de personas se movilizaron y se formaron más de doscientos comités en Estados Unidos y 67 en el extranjero para trabajar por su liberación. Su encarcelamiento logró que los Rolling Stones le dedicaran la canción “Sweet Black Angel”, incluida en su álbum Exile on Main Street, de 1972, con una letra y un modo de cantar de parte de Jagger no exentos de polémica, pero que capturan perfectamente el arraigo popular de la figura de Davis. “Nunca la conocimos”, dijo más tarde Keith Richards, “pero la admirábamos a la distancia”. La canción comienza situando a Davis como ídolo, un póster en la pared: “Got a sweet black angel/ Got a pin up girl/ Got a sweet black angel/ Up upon my wall// Well, she ain’t no singer/ And she ain’t no star/ But she sure talk good/ And she move so fast”.5 A pesar de que la canción no fue ejecutada en vivo más que una sola vez, tiene la particularidad de ser una de las letras más abiertamente políticas de la banda y a la que Richards se refirió, este año, como “una canción que lamentablemente mantiene su actualidad después de tanto tiempo”.

No fueron sólo los Stones quienes rindieron homenaje a Davis. John Lennon y Yoko Ono también le dedicaron una canción (“Angela”), que tiene la particularidad de ser una de las canciones más feas que haya pergeñado el ex beatle. Incluida en el álbum Some Time in New York City, un album dirigido a apoyar varias causas políticas y que puso nervioso al Fbi, que inició expediente sobre Lennon e intentó deportarlo. El disco lleva una foto de Davis en la tapa. Y es que las tensiones raciales en Estados Unidos tendieron a agravarse con la detención de Davis. El 21 de agosto de 1971, George Jackson, que finalmente logró ingresar un arma a la prisión,6 fue asesinado por un guardia. La muerte de Jackson va a estar, posteriormente, en el origen del motín más grande de la historia de las prisiones estadounidenses en la penitenciaría de Attica.7 Y esta vez fue Bob Dylan el que le hizo una canción.

UN PÓSTER CON TODOS USTEDES. Si bien para algunos puede parecer una frivolidad insistir en el carácter icónico de Davis, cabe preguntarse cómo se produce ese magnetismo entre las figuras políticas y las masas, y por qué tiene tanta fuerza. Pero vayámonos a un extremo: recientemente, la marca Prada lanzó una remera de 500 dólares y un saco de 1.700 con la imagen de Davis diseñada por Trina Robbins, la primera mujer que dibujó a la Mujer Maravilla. ¡Una remera de Prada, que cuesta 500 dólares con la imagen de Angela Davis, la anticapitalista!, bramaron las redes. Robbins explicó así el origen de la ilustración: “Es encantador que (Miuccia Prada) haya usado la caricatura de Angela Davis. En su contexto original, la hice para la contratapa de la primera historieta en representar sólo mujeres, que se tituló Ain’t Me, Babe y se publicó en Berkeley en 1970. La idea era que los lectores pusieran el dibujo en sus ventanas para anunciarle a Angela Davis que si pasaba por allí huyendo del Fbi, podía golpear la puerta y le darían refugio. ¡Una noción terriblemente romántica! ¡Huyendo del Fbi, por dios! Era tremendo personaje de historieta!”.8

Y si bien Davis no se ha referido a esta remera en particular, bien vale citarla, porque su respuesta es un buen ejemplo del sentido común que hace tan poderosos los escritos de la activista. En 2010, una periodista de la revista Jezebel le preguntó qué opinaba de las remeras con su imagen, si significaban algo o si simplemente cooptaban el mensaje original.

Davis le respondió: “Les contaré una historia, porque esto había empezado a molestarme –es tan fácil crear imágenes que proliferan–. Cualquiera puede hacer una remera y después está en Internet. Eso me perturbaba. Entonces, le pregunté a una muchacha joven, que era estudiante de secundaria y tenía una de esas remeras: ‘¿Qué sentido tiene? ¿Por qué te pones eso? En los años setenta, había una razón. ¡Y la razón era ayudar a que me liberaran! Pero estamos en el siglo XXI’. Y ella dijo: ‘Bueno, uso esta remera porque me hace sentir poderosa. Me hace sentir que puedo hacer cualquier cosa que quiera hacer’. Yo no sabía si ella sabía algo de mí, pero me hizo darme cuenta de que la gente tiene sus propias interpretaciones para las cosas. Y que esa imagen no es tanto mi imagen como persona, sino la de una era en la que millones de personas se juntaron, en todas partes del mundo, para pedir mi libertad. No puedo pararlo. Entonces, ¿por qué no ver el lado productivo y positivo del asunto?”.9

1.   En “Sebregondi se excede”, Lamborghini escribe: “El 24 de marzo de 1976, yo, que era loco, homosexual, marxista, drogadicto y alcohólico, me volví loco, homosexual, marxista, drogadicto y alcohólico”. Lamborghini da cuenta, magistralmente, de cómo el golpe militar transformaba instantáneamente determinados rasgos de identidad de los cuerpos en señales inequívocas que los vuelven sujetos aptos para la represión, la tortura y la muerte.

2.   Angela Davis, An Autobiography. Random House, Nueva York, 1974, pág 165. (Salvo que se indique otra fuente, todas las citas de Davis provienen de su autobiografía. La traducción es mía).

3.   Mujer, raza y clase. Ediciones Akal, Madrid, 2005, pág 13.

4.   Obra citada.

5.   “Tengo un dulce ángel negro/ Tengo el póster de una mujer/ Tengo un dulce ángel negro/ pegados en mi pared// Bueno, no es una cantante/ ni es una estrella/ pero sin duda sabe hablar/ y se mueve a toda velocidad.”

6.   Una nota aparte merecería la historia de la abogada de George Jackson, Fay Stender, baleada por un miembro de la Black Guerrilla Family, aparentemente por haberse negado a ingresar el arma a la cárcel, con la que Jackson pretendía escapar e iniciar la revolución. Stender se suicidó en 1980 a causa de las secuelas físicas y anímicas del ataque.

7.   Es inolvidable la representación de las protestas populares en la película Tarde de perros, de Sidney Lumet, su franca oposición a la Policía y su apoyo a Al Pacino, el torpe ladrón de bancos que realiza un asalto para pagar la operación de cambio de sexo de su amante y que arenga a las masas gritando: “¡Attica!”.

8.   “Prada: Girls Invented”, entrevista de Claire Marie Healy, Dazed, 2-III-18.

9.         Irin Carmon,“What Angela Davis Thinks Of Her Face On T-Shirts”,Jezebel, 28-X-10.

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