Feminismo interseccional

Será antirracista o no será

Conforman el Bloque Antirracista mujeres y disidencias, afro, no afro e indígenas, uruguayas y migrantes, jóvenes y adultas. Esta conformación ecléctica y heterogénea se logra a través de una convicción común: la lucha antirracista es de todes.

Marcha del 8M, 2020. Mauricio Zina

Como feministas no podemos aceptar que, al expresar la necesidad de insertar en el debate la dimensión étnico-racial, la respuesta sea: «De los detalles nos ocupamos después». Siguiendo a Audre Lorde, creemos que «no puede haber jerarquías de opresión». Entendemos que la lucha antirracista debe ser interseccional e incluir las múltiples categorías de discriminación, pues en esta matriz de opresión existe un eje común: la blanquitud capitalista heteronormativa. Los pueblos originarios son, en sus regiones, los más afectados y abandonados a su suerte en el tratamiento de la pandemia de la covid-19. Y no sólo por los gobiernos. En la propia población se esgrime la excusa del virus para marcar la diferencia, y nos entregan a la vieja y macabra lucha de pobres contra pobres.

Nos pronunciamos en contra de toda práctica racista estructural, institucional y simbólica, en Uruguay y en la región. Sabemos que lo que viene aconteciendo no son casos aislados: basta investigar para darse cuenta de que las manifestaciones de discriminación racial no son anecdóticas, sino que tejen relatos de una historia de violencia estructural de larga data y sumamente legitimada en las formas de hacer política a nivel mundial.Ser una mujer racializada es sumar a lo anterior un fetichismo exacerbado por nuestros cuerpos, a través de una hipersexualización y un despojo continuo de nuestra condición de personas, cosificándonos y tratándonos como mercancía y objetos, reproduciendo lógicas capitalistas y machistas. Las consecuencias para las mujeres negras –base de la pirámide social y racial– son demoledoras: las opresiones y la violencia de todo tipo (emocional, sexual, física, económica y política, desde todas las esferas) cobran más fuerza sobre nuestros cuerpos. No es casual que sean las mujeres afro las personas más perseguidas y asesinadas de todes les actores involucrades en los movimientos sociales en el mundo: los casos de las lideresas asesinadas son un castigo ejemplarizante. El racismo cosifica, estigmatiza, violenta, viola y mata. No deja vivir.

La blanquitud nos impone su cultura capitalista, una cultura de la escasez, estimulando las peores características del ser humano, pretendiendo desalentar los valores vitales con el sentimiento que mejor ha sabido sembrar: el miedo.Este miedo, que mueve estrategias políticas, en Uruguay está cobrando fuerza. La Ley de Urgente Consideración no sólo viene por todes, sino que los derechos humanos que hemos conquistado desde el movimiento social organizado están en franco retroceso y amenazados. Más aun, si observamos la pobre aplicación de la Ley Integral contra la Violencia Basada en Género, la nula transversalización de la dimensión étnico-racial y las lagunas jurídicas que hay respecto al racismo, comprendemos cómo se allana el camino para que en Uruguay se consolide un fuerte retroceso. Nos preocupan las formas de violencia policial que seguiremos padeciendo gracias a una ley que profundiza la represión y la criminalización de mujeres y disidencias. La habilitación de un desmedido y peligroso uso de la fuerza policial es inminente y nos deja desamparadas; vulnera nuestro derecho a la protesta y a manifestarnos libremente; nos criminaliza habilitando la represión con armas de fuego y legitimando la presunción de inocencia de los efectivos policiales.

Entendemos necesario y urgente que la sociedad uruguaya profundice y se interpele sobre las prácticas relacionadas con el racismo, la xenofobia y la discriminación. ¿Somos conscientes de que en Uruguay hay racismo? ¿Por qué Uruguay se moviliza y se manifiesta por los casos de racismo extranjeros y no lo hace por los denunciados en nuestras fronteras y en todo nuestro territorio? Es algo que, ineludiblemente, hay que revisar, porque si no lo hacemos, seguiremos señalando afuera, pero reproduciendo adentro el racismo que se expresa día a día en nuestra sociedad y en el seno del Estado. Entre 2020 y lo que corre de este año, un joven afro en situación de calle murió de hipotermia. Le negaron el acceso a un refugio, lo sacaron por la fuerza policial. La respuesta fue el aparato represivo del Estado. ¿Esta vida negra no importa? Luego, un programa radial de importante audiencia se burló de las personas afro de la ciudad de Rivera llamándolas «africanitos y bahianos». ¿Esos dichos y burlas tampoco importan? Un hombre afro fue quemado vivo mientras pernoctaba en una vereda. Se identificó al agresor, pero nunca se hizo justicia. ¿Y esta vida que casi se pierde? ¿No importa? En 2018 se realizó una marcha que clamaba por justicia, denunciando el maltrato a un joven afro con discapacidad en una estación de servicio. En este hecho los propios compañeros de trabajo maltrataban al joven afro, atándolo y golpeándolo mientras decían: «Así tratamos a los negros en Uruguay». Muy pocas personas tomaron las calles para decir que esta vida negra importa. Entonces, ¿cuáles son los casos de racismo que nos conmueven?, ¿cuáles son las vidas que importan?, ¿son las vidas negras de Uruguay?

Repudiamos la represión policial y su consecuente violencia, la criminalización de la pobreza y la violencia étnico-racial a la que nos vienen sometiendo los gobiernos neoliberales en la región. Sabemos que nuestras cuerpas afrodescendientes y racializadas se convierten en objetivo. Estamos despiertas, estamos en alerta: contra toda esencialización y biologización de la vida. Un feminismo que acepte acríticamente la violencia hacia las disidencias, el binarismo de género, la jerarquización racial y la aporofobia capitalista no es más que un sano hijo del patriarcado. Es preciso que escuchen nuestra voz. Esa tarea de escuchar implica el ejercicio de revisar constantemente nuestras prácticas cotidianas y más arraigadas, porque si no hay revisión, continuará existiendo la voluntad de que otres hablen por y en nombre de nosotres. Ocupar el espacio público es un acto de reivindicación de un derecho negado cotidianamente.Nuestra forma de habitar el espacio se relaciona con traer a la memoria a aquelles que no están, no pueden marchar o no se encuentran más entre nosotres. Manifestarse es un acto político y performativo de lucha y conquista de derechos: los mismos que para algunas personas son inalienables, pero para nosotras han sido históricamente expropiados.

¿Qué sentido tienen la música y la intervención artística y cuáles son sus objetivos? Para nosotras, tocar percusión supone habilitar un nuevo discurso, instalar una nueva narrativa dentro de la acción política feminista antirracista. La fuerza del cotidiáfono radica en resignificar algo desechable para convertirlo en un instrumento de comunicación democrático e inclusivo, que se construye tal y como la idea del «hazlo tú misma». Entendemos que la cultura es un medio de expresión que acompaña los procesos sociales, y en esta coyuntura, por supuesto, el arte también ha sido silenciado. Frente a esta avanzada de la colonialidad, sonar y cantar juntas es nuestra estrategia para defendernos del despojo y la colonización de nuestras vidas, cuerpos y territorios, y denunciar los embates del capitalismo salvaje. Sepan que donde habitan nuestros cuerpos habita la lucha antirracista. 

1.  En representación del Bloque Antirracista, escribieron este texto Fernanda Olivar y Paula Iglesias.

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