Aires de familia

En Cinemateca: “El amante fiel”

La historia que narra este curioso y calculado filme,1 si se llevase a una representación geométrica, podría sintetizarse en el ligero cruce de dos triángulos: un ángulo del primero penetra apenas en un ángulo del segundo. O quizá tres, porque hay otro más pequeño y desapercibido que ronda buena parte del metraje. Amorosos, claro está.

El primero, el que dispara la historia, es un triángulo narrado, porque el tercero en discordia no se ve nunca. Allí Abel (Louis Garrel, además director de la película) es informado por su amante Marianne (Laetitia Casta), con la que convive hace algunos años, de que ella está embarazada, pero no de él, sino de Paul, uno de sus mejores amigos, con quien ha resuelto casarse apenas unos días después. Un detalle que se repetirá más adelante: el lugar donde conviven es el departamento de ella, por lo que Abel se ve catapultado de golpe a la condición de soltero y sin casa; la mujer y el hogar, la misma cosa. Nueve años después, Paul muere sorpresivamente y Abel vuelve a buscar a Marianne. Sin dramatismo, al igual que en la separación previa, vuelven a convivir. Pero ahora, además, está Joseph, el hijo que Marianne tuvo con Paul. Un niño precoz e imaginativo y que, de a poco, se revelará bastante manipulador. Ese es el triángulo pequeño, que se deslíe, pero permanece, y actúa. Entonces aparece otra para armar un triángulo bien delineado: Eve (Lily-Rose Depp: sí, hija de), hermana menor del difunto Paul que al arrancar la historia era una niña, pero ahora ya es una jovencita, se zampa sin vacilar entre la pareja reclamando que ama a Abel desde siempre, que lo quiere para ella y… Basta de arruinar desenlaces.

Mirar esta película es, en parte, un ejercicio retro. Sombras de la nouvelle vague y especialmente de Truffaut, sobre todo, en el sorprendido temperamento de un protagonista siempre pronto y dócil ante el amor y lo que resuelvan las mujeres –y que hasta físicamente evoca a aquel Jean-Pierre Léaud que fuera el actor fetiche de don François–, en el uso de la voz en off por la que expresan sus pensamientos los personajes, en la presencia de un niño como testigo (interesado) del universo adulto, en la precisión y pulido de los diálogos. Lo que no es de extrañar, dado que el coguionista del filme, junto con Garrel, es nada menos que el enorme Jean Claude Carrière. Sobrevuela también, despojado en buena medida de sus aspectos perversos, algo del espíritu de salón de Las relaciones peligrosas, que Milos Forman llevara al cine en 1989 bajo el título de Valmont, en el que también Carrière tuvo arte y parte: la pareja adulta y la jovenzuela, pero, sobre todo, esa cierta distancia educada e irónica velando pasiones verdaderas capaz de llevar el destino de estas a una suerte de juego de apuestas.

Louis Garrel es hijo del también cineasta y actor Phillipe Garrel –bajo cuya dirección actuó más de una vez, y ganó, por ejemplo, gracias a su labor en Los amantes regulares, de 2005, el premio César a actor revelación–, y esposo de Laetitia Casta en la vida real. Pero lo que realmente habilita a pensar en esta realización como una película en familia es su delicada, nunca grosera ni apuntalada a base de citas, adscripción en toda una tradición del cine francés, la que cobija sus expresiones más juguetonas; en este caso, la incidencia de un humor jamás enfático, que se inmiscuye aun en aspectos supuestamente oscuros (las intervenciones malignas del pequeño Joseph, por ejemplo). Personaje cuya incidencia en todo el asunto resultará mucho más importante que lo que sus apariciones en la pantalla permiten prever, y resultará, al fin, vehículo del desamparo y la ternura. Doinel del siglo XXI, que señala que, aunque todo cambie, todo se repite.

1.   L’homme fidéle. Louis Garrel, Francia, 2018.

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