Toda la música levanta vuelo, de Ximena Bedó

Alto y fuerte

El segundo disco de Ximena Bedó1 presenta un cambio considerable con respecto al anterior, La cajita (2014). Ya en aquel precioso debut era notorio que, además de ser una compositora personal, sensible y llena de ideas, se trataba de una cantante con muy buena técnica y una preciosa voz. Era esperable que ahora, pasados seis años, apareciera más madura y con mayor confianza, pero nada podía anticipar la dimensión de su desarrollo como intérprete.

Gastón Casas

En el ámbito sociocultural de Ximena Bedó, prácticamente el único modelo vigente de un canto femenino apto a «levantar vuelo» (soltar la voz, abrirse a la posibilidad de gesticular en escena, poner en juego emociones fuertes, desplegar virtuosismo técnico) deriva de las cantantes negras estadounidenses y de otras que, sin ser negras, asimilaron y procesaron esa influencia, como Joni Mitchell, Alanis Morissette o Björk. Para allí es, precisamente, hacia donde rumbeó Ximena en su manera de cantar. Pudo haber algún estímulo a partir del ejemplo local de Papina de Palma, o quizá el parentesco estilístico que ahora aparece entre ambas se deba a que comparten referentes. Uno puede apreciar todo un arsenal de recursos comunes entre ellas: las notas largas y fuertes, interjecciones al borde del grito, interpolaciones de melismas sobre vocales no verbales («viento en el corazón, uuuuu»), breves variantes melódicas ornamentales en falsete bien agudo, modulaciones breves e intensas de dinámica, de timbre o de cantidad de vibrato, notas blue, portamentos, los momentos más intimistas asociándose con una expresión aniñada (siguiendo una tradición indie según la cual la revisión de los sentimientos personales parece venir de la mano con un repaso de fragilidades infantiles), ataques de algunas vocales con un golpe de aire como para generar una articulación del ritmo («(h)este amor»), repeticiones ansiosas, contrastes exagerados en la duración de las vocales, prolongación expresiva de sílabas finales no acentuadas. Aunque las cantantes hispanas de la generación de Ximena y de Papina aprendieron a esquivar la pronunciación a la inglesa medio pasada de rosca de cierto rock porteño (Patricia Sosa, por ejemplo), su enfoque vocal sonaría totalmente natural si alguna de sus canciones estuviera versionada al inglés. Esa cercanía con el canto anglófono se percibe aun cuando las canciones tienen ritmo de candombe («Quiero para mí»), pero se acentúa en la presencia frecuente de ritmos y timbres derivados de la canción estadounidense, que tienen que ver con la música beat, el fox trot, el hot jazz, el funky, el góspel y el folk.

Si bien este disco tiene unas cuantas canciones que se parecen a la música pop y tienen la potencialidad de producir su efecto (canciones con estribillos que se asimilan fácil, pegan, se recuerdan y dan ganas de escuchar un montón de veces, corear y versionar), el disco va mucho más allá. Hay varias pequeñas extrañezas y algunas grandes extrañezas. Por ejemplo, dos tercios de los surcos al final no resuelven, terminan colgados en ámbitos armónicos que no son la tónica. No hay armonías muy complejas, pero algunas están zafadas de lo más evidente (por ejemplo, una manera peculiar de tratar el ámbito dórico en «Cielo limpio»). Más de la mitad de las canciones no tienen base percusiva (y una de las que sí tiene es sólo de pandereta, sin batería). Casi todas las letras son medio vagas, refieren a climas más que a situaciones, y algunas tienen su complejidad («Puerta entreabierta» habla de una canción, que es quizá la propia canción que estamos escuchando, o quizá refiera en primera persona a la situación de quien está urdiendo una canción y ofreciendo la comunicación con el oyente). Junto al predominio de referentes de la canción masiva anglófona, hay otro tipo de alusiones (candombe, baguala, ternarios valseados, piezas con compases cambiantes y métrica no cuadrada). Algunos de los clímax, como, por ejemplo, el de «La tierra dura», configuran unas zambullidas psicodélicas llenas de sonoridades inesperadas. Aunque el disco se desenvuelve en un marco predominantemente «positivo», hay algún momento de crispación (la parte central de «El acróbata»). «El tiempo pasa como las estaciones» y «Todo me da miedo», más que canciones, son como poemas sonoros o instalaciones electroacústicas. Estos dos surcos son muy breves, así que esos momentos más radicales no llegan a comprometer al oyente con una estética vanguardista, pero claramente son un gesto de apertura y simpatía hacia la radicalidad.

Uno de los aspectos más llamativos de este disco, y, para mí, más gratos, tiene que ver con la amplitud dinámica y la escucha a mediano plazo –dos parámetros vinculados entre sí–. Estamos en una época en la que la música masiva está, en forma apabullante, confinada a un concepto tipo «papel de pared sonoro»; se trata de objetos homogéneos que, a los pocos segundos, ya establecieron el ritmo y todos los parámetros para el oyente: a qué volumen debe dejar la escucha, cómo debe bailar, cuál es el afecto (que suele ser de una emotividad ligera, no demasiado comprometida). En este disco, en cambio, la mayoría de las canciones tiene la dinámica de una escena dramática –tal como vemos a veces en los musicales– en la que un personaje empieza como en un soliloquio, vinculándose con sus dudas y sentimientos íntimos, y, en la medida en que los va definiendo, esos sentimientos se van volcando de una manera cada vez más enteriza, con más cuerpo, más volumen, en forma más expansiva. No es que las canciones de Ximena Bedó tengan que ver con el estilo concreto de los musicales o que sus textos sean narrativos, pero comparten esa dinámica: van de lo muy chiquito a lo muy fuerte y, muchas veces, regresan a lo chiquito. Para escucharlas hay que saber esperar, soportar el silencio y tener aguante también para el grito, para el desgarro. Algo lento puede volverse más rápido, y algo movido puede detenerse en forma definitiva o provisoria. Es una música que pide atención, una escucha dedicada, el empeño de la inteligencia, la disposición para lo inesperado.

↓Toda la música levanta vuelo, edición de la intérprete, 7559-2 (CD), 2020. Realizado con el apoyo del FONAM.

Eso entraña otro costado de este disco, que también es muy importante. Pese a que todo parece concebido a partir de la centralidad de la expresión vocal, ese concepto dinámico, flexible, móvil sólo se puede obtener si los músicos están muy sintonizados entre ellos y con esa especie de narrativa sonora. Y el conjunto que colabora con Ximena Bedó hace un trabajo formidable. Supongo que esta música no se grabó con metrónomo; suena como si varios de los músicos hubieran grabado en vivo (todos juntos en el estudio). Si no fue así, lograron reconstruir ese efecto. Todas las partes instrumentales y los coros están llenos de alma y entrega plena. Así, otro aspecto muy gozoso del disco es la sensación de camaradería que trasunta. Aparte de que está dedicado «a mis pocos y enormes amigos» y de que concluye con una versión de «You’ve Got a Friend in Me» (de Toy Story), las ejecuciones van mucho más allá de la competencia profesional e implican una compenetración expresiva, que suele asociarse con la cercanía personal. Los arreglos no consisten únicamente en la estructuración de patrones determinados, sino que incluyen momentos de libertad coordinada, en los que los músicos generan texturas con componentes caóticos que, sin embargo, evolucionan en forma coherente hacia un rumbo preciso. Varios de los instrumentistas tienen su momento de lucimiento individual, y la grabación y mezcla del disco son todo lo opuesto a la idea de dinámica comprimida y homogénea. En varias de las intervenciones del guitarrista Diego Cotelo, del pianista Federico Araújo, del contrabajista Andrés Pigatto o del saxofonista Emiliano Pereira, los instrumentos están tomados de manera que se capta cada minucia de la ejecución, desde el más tenue roce o soplido hasta un fortísimo catártico, y los pianos, en particular, están usados en su concepto clásico de instrumento-orquesta, con mucho uso del pedal y en todo su rango dinámico. Ese sobresaliente laburo de grupo ya era un elemento llamativo de La cajita y asumo que, en este caso, debe contar, además, la presencia, siempre aglutinadora, de Fabrizio Rossi, quien coprodujo el disco junto con la compositora. Hay rasgos audibles de ese compinchaje y espíritu de creación colectiva cuando escuchamos la voz de Ximena sugiriendo al técnico que grabe un cacho del preludio improvisado de Cotelo en «Cañadita», sin darse cuenta de que él ya había tenido la ocurrencia de hacerlo, por suerte, para captar ese momento mágico.

Dicho sea de paso, «Cañadita» viene siendo mi canción preferida de las últimas semanas y cuenta entre lo más bello que escuché en mucho tiempo. No creo que sea cierto que toda música levante vuelo, pero la de este disco sí, vuela bien alto y nos lleva con ella.

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