Años locos tras la bruma - Brecha digital

Años locos tras la bruma

Colette. Wash Westmoreland, Reino Unido, 2018.

Colette. Wash Westmoreland, Reino Unido, 2018.

Es raro que la vida de la múltifacética Colette, artista de teatro y revistas, escritora, periodista, crítica, asidua amante de mujeres y de hombres, no haya merecido hasta hoy una película, como sí lo merecieron varios de sus libros. Nacida en 1873, fallecida en 1954, Sidonie-Gabrielle Colette cabalga sobre el fin de siglo francés, la belle époque, los años locos, dos guerras y dos posguerras, y logró con su desafiante autenticidad, tanto desde la escritura como desde las tablas y desde los chismes sobre sus relaciones amorosas, imponerse a una sociedad como la parisina, bastante abierta a los cambios y desafíos. Bastante, pero no tanto… La muchacha logró sacudirla, no hay duda.

Hoy casi nadie lee las novelas de Colette, que en los años cincuenta y aun en los sesenta, en especial Gigi –con su popularidad reforzada por la deliciosa película de Vincente Minelli, de 1954– y la serie protagonizada por su personaje álter ego Claudine, eran lectura bastante frecuente para adolescentes y jóvenes mujeres. En revancha a esa ausencia actual, el cine, de la mano del inglés Wash Westmoreland y la imperturbable belleza de Keira Knightley, se aboca a rescatar a Colette. Su vida fue larga, tuvo tres maridos, amantes de ambos sexos, una hija, trepó al gran éxito y la consideración académica. Pero el guion elaborado por el mismo Westmoreland –con Richard Glatzer y Rebecca Lenkiewicz– elige centrarse en su vida joven, desde un breve pasaje por sus orígenes campesinos, su matrimonio y comienzos en la escritura y la vida en el tout Paris de entonces, hasta el momento en que se libera de la tutela social y literaria de su primer esposo para ser ella misma, firmando con su nombre y viviendo libremente y en pareja con una mujer de la nobleza vestida de hombre (el concepto de lo trans no se manejaba por entonces).

Claro, el rescate de Colette tiene lugar en tiempos en que la transgresión que fue su sello vital ya perdió su efecto revulsivo. La sorpresa, para un espectador de 2018, ya no viene provocada por la soltura erótica de Colette, sino por la desenfadada explotación literaria de su marido, o por el escándalo armado por esos otros espectadores finiseculares frente a una escena teatral –bastante púdica, por otra parte– de lesbianismo. Quizá por eso, por acercarse a lo que fue un desafío en el pasado, es que el director Westmoreland eligió poner todo su acento en ese término: pasado. Su película presenta una visualidad generalmente apagada, una casi constante penumbra en la que todas esas siluetas, que desde las letras cabe imaginar chisporroteantes de energía y malicia, se mueven en salones a media luz, se esfuman como fantasmas de claque, con escasos trazos que las distingan. Además de Colette, tan sólo emerge con brillo y fuerza su avieso marido Willy (Dominic West), un escritor y hombre de mundo contradictorio, vanidoso, sensual, pródigo, usufructuario del talento de su joven esposa y de otros ghost writers a los que explotaba sin ningún escrúpulo. Una sucesión de secuencias apunta prolijamente la evolución de Colette, expresada en el bello y hierático rostro de la actriz Knightley, envuelta con pocas excepciones en sombras –de salones, de teatros, de alcobas, de cafés, de nebulosos personajes que cuesta recordar–, que cuando dan paso a algo de pasión y nervio tienen exclusivamente que ver con Willy, ese sinvergüenza. Lamentablemente hablada en inglés, cuando los textos escritos que se muestran están, como no podía ser de otra manera, en francés, con refinamientos de reconstrucción de época, nada raro en una producción de este porte, Colette película ostenta sin disimulo una vocación fantasmática. Muestra el pasado como lo puede imaginar alguien de hoy, como se miran esas fotos amarillas y hieráticas que algunos aún conservan en sus casas, entre las que puede aparecer de improviso una de esas postales “licenciosas” que siempre provocan una sonrisa.

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