Luis Trochón (1956-2020)

Boca de ternura, boca de locura1

El martes 3 falleció, a los 63 años, Luis Trochón, luego de unos meses de luchar contra un cáncer fulminante. Fue un artista múltiple y un notable gestor cultural. Y fue uno de los músicos más brillantes entre los muchos que actuaron en la resistencia contra la dictadura en Uruguay.

Luis Trochón y Jorge Lazaroff en Buenos Aires en enero de 1977, durante el VI Curso Latinoamericano de Música Contemporánea, dos meses antes de la primera presentación de Los que Iban Cantando / Foto: Carlos da Silveira

Alumno de Coriún Aharonián, Luis Trochón supo admirar en él la creatividad y el ingenio para generar estructuras culturales sólidas y sostenibles en un medio subdesarrollado y despoblado como el uruguayo, y siguió sus pasos. Sus logros más duraderos fueron el Taller Uruguayo de Música Popular (Tump), del que fue el principal fundador en 1983 (aunque se desvinculó de la institución en 1985), y la Escuela de Acción Artística (Eaa), que fundó en 2001 con el nombre Escuela de Comedia Musical y estuvo dirigiendo hasta el final.

Su voluntad y capacidad para movilizar gente, sus experiencias en escena y su atracción por la acción dramática lo llevaron, a partir de 1990, a una exitosa carrera como director teatral, sobre todo en obras que involucraban música. Creó espectáculos, dirigió diversas agrupaciones de carnaval de todas las categorías y montó taquilleras versiones locales de musicales establecidos en la avenida Broadway. Tenía tremenda energía para trabajar. Cuando estaba de buen humor podía ser la persona más divertida del mundo. También podía ser terrible cuando reprochaba, con un tonito irritante y en la forma más cruda y directa imaginable (era una ética: prefería una exposición franca, aunque dolorosa, de las macanas, que un manejo menos confrontativo pero más torcido, a la larga menos respetuoso). Podía dar muestras de una conmovedora y decidida generosidad. Esa combinación de afecto fuerte, control intelectual y energía le valieron la posibilidad de realizar un montón de cosas, y de hacer la diferencia en la vida de mucha gente.

Por decir fútbol

Es curioso, porque de las miles de personas que saben quién fue Luis Trochón, que tuvieron contacto con él o que se cuentan entre los muchos cientos de jóvenes que se formaron en la Eaa, sólo una minoría tiene presente su contribución más única y espectacular: Trochón fue uno de los grandes compositores-intérpretes del Uruguay. Para consternación de los melómanos, abandonó esa faceta (o al menos dejó de mostrarla en público) cuando empezó a dirigir teatro.

Nunca llegó a ser de esas personas para quienes la música es como una segunda naturaleza. Tuvo clases de guitarra en forma tardía, nunca fue muy habilidoso con el instrumento, no tenía mucho swing. Luego de unas experiencias adolescentes y amateur en el rock(junto con Tabaré Rivero), cayó por error, a inicios de 1976, en un curso de música erudita contemporánea. Vislumbró ahí todo un mundo de posibilidades fascinantes y entró en un período de estudio muy compenetrado: tomó clases en el Nemus (un instituto de enseñanza musical que había fundado Viglietti) y con Aharonián y Graciela Paraskevaídis.

En esos ámbitos conoció a Jorge Lazaroff, de quien se hizo muy amigo, que lo invitó a formar, junto con Jorge Bonaldi, Los que Iban Cantando (Lqic), un grupo que debutó en marzo de 1977 (integrado también por Jorge di Pólito y Carlos da Silveira). Ahí ya lucía, con sólo 20 años, como un compositor e intérprete consumado.

La actitud estética de Lqic estaba vinculada al modernismo político, una tendencia que tuvo fuerte presencia entre la izquierda en las décadas del 60 y 70, pautada por una fuerte influencia del formalismo y de Brecht. Para el modernismo político, el arte político no se limitaba a vehicular contenidos preexistentes en forma emotiva, sino que las propias estructuras de la obra podían contribuir a formatear o a deconstruir las sensibilidades de los oyentes, a proponer y hacer aceptables nuevos mundos posibles, estimulando en el oyente compenetrado una percepción más abierta, más cuestionadora, más crítica. La propuesta de Lqic fue fundamental para disparar el Canto Popular, que se convirtió en la forma más masiva de resistencia cultural a la dictadura.

Lo admirable en el caso de Trochón es que, dadas sus limitaciones, supo encontrar la vuelta como para aplicar una notable inteligencia y estrujar al máximo sus propias capacidades para lograr cosas interesantes y que funcionaban muy bien (un caso comparable con los de otras figuras que son grandes compositores a partir de similares limitaciones, como John Cage, John Lennon o Caetano Veloso). Además usó esa inteligencia no sólo para hacer, de modo competente, piezas ubicadas en moldes preexistentes (que las hizo, de vez en cuando), sino también para inventar, en forma más radical, sus propias formas de expresión. Dos casos claros y fáciles de apreciar son “Simple” (1978) y “Rueda” (grabada en 1979), que en su momento fueron un récord de minimismo en la canción uruguaya, empleando tan sólo cuatro tipos de altura, sin centro tonal claro, sin compás y sin armonía funcional clásica. La proeza de Luis consistió en inventar el juego que le da coherencia a esa pieza y, además, en hacerlo fácilmente decodificable, asimilable, en el contexto de la música popular. Aun cuando recurría a modelos detectables (“Thick as a Brick” para “Ta de lindo”, un preludio de Chopin para “Quien fue, compañera”), los usaba para arribar a cosas completamente distintas.

En el primer disco de Lqic, Trochón aparece con unas canciones sencillas, a veces melancólicas e intimistas como “Hermana”, a veces más expansivas y luminosas como “Ta de lindo” y “Dele su voz”. En 1978 empezó a lucir como el más experimental, el raro del grupo, radicalizándose hacia el extrañamiento, la austeridad, la abstracción, la restricción de los materiales, el fraccionamiento concretista de las palabras, la incorporación estructural del ruido y el silencio. Además de la inventiva para estructurar las composiciones, también se las arreglaba para hacer unas partes guitarrísticas interesantes, en las que su relativa dureza de sonido se convertía en una virtud. Padecía de un severo pánico escénico, y sin embargo tenía una presencia magnética sobre el escenario. Su aspecto más cercano al virtuosismo era el canto, en el que cultivó un control estricto de la emisión y la afinación, y desarrolló una capacidad excepcional para alternar entre personajes vocales, logrando, sin alaridos, una intensidad expresiva abrumadora.

Pero nunca se detuvo en un solo terreno y siempre se rehusó a estereotiparse. Luego de plantarse en la punta de la vanguardia minimista latinoamericanista con su primer disco solista, Barbucha (1979), compuso, para Juntos (1981, tercer disco de Lqic), dos canciones de formato convencional (una marchita y un bolero) provistas de unos arreglos suntuosos, llamativos en el contexto del Canto Popular. Su siguiente trabajo fue su segundo disco solista (De canto, puño y letra, 1983), que extendió ese camino de canciones más o menos “normales”, pero a pura voz y guitarra. Movimiento (1985) fue su trabajo más extremo, sólo de voz a capela, en una extraña modalidad en que jugaban lo musical, lo teatral y la declamación poética en contextos singularmente serios y adultos. Enseguida hizo Las vueltas de los sueños (1986), que fue como el negativo del anterior: un disco instrumental, luminoso y multicolorido, destinado a los niños.

Si al inicio Trochón pareció ser el menos explícitamente político de Lqic, casi que demasiado poco político para el gusto de muchos, más adelante se volvió “demasiado político”, abordando frontalmente, y de distintas maneras, asuntos como los secuestros operados por las fuerzas conjuntas, la tortura, los vuelos de la muerte, la miseria extrema y la marginalidad, y proclamando su simpatía franca por la posibilidad de una revolución armada. El texto de su muy polémica “Las muertes conjuntas” se ubica en un imaginado Uruguay posrevolucionario, y la escena es el ajusticiamiento de un criminal de la dictadura, planteado, sin tapujos, desde el desprecio por el traidor. Junto con eso, lidiaba también con una transgresora intimidad, acercándose como pocos a tratar poéticamente el amor físico, la sexualidad. “La cola, no” (1979) es una crítica a la intolerancia machista a varones que, desde esa perspectiva, lucían afeminados. Navegó varios extremos: incursionó en niveles inauditos de silencio y concentración y, también, en la fiesta sonora; en el odio, en la ternura y en un sufrimiento casi enfermizo; en el desafío perturbador y casi insoportable, pero también en tender una mano amable para convocar a los demás. Sus cuatro discos solistas, junto con los cuatro de Lqic, contienen radicalidad, refinamiento técnico, invención, militancia, emociones fuertes, inteligencia y sensibilidad.

1.   De la canción “Morocha”, 1983.

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