MÚSICA. MADRESELVA, DE VIVIANA RUIZ

Canciones en flor

Madreselva, de Viviana Ruiz. Ayuí, 2021. 16 de julio de 2021.

Lo primero que llama la atención al empezar a escuchar Madreselva es la claridad de la voz de Viviana, de un registro medio y timbre cálido, y muy afinada. Si bien es cierto que tal perfección puede atentar contra la expresividad, también lo es que, cuando no hay «barro», es preferible asumirlo y no tratar de inventarlo de la nada, porque eso suele generar esas interpretaciones hiperhistriónicas a las que son tan afectos ciertos cantores y cantoras de estas latitudes. Además, no sé, puede discutirse hasta dónde lo del barro (la aspereza, la ronquera, el timbre más callejero) es una condición necesaria para interpretar música popular. No hay reglas para esto; debo aclarar, sin embargo, que tampoco se trata de una voz impostada que evidencie una formación clásica.

Las canciones de Viviana incluyen modulaciones sucesivas que no se sabe hasta cuándo llegarán (en «Vos ve’») y juegos ¿conscientes? en el texto de «Tierra negra», con frases en las que el sujeto es ambiguo, como «En el patio está el jazmín de mi bisabuela/ y su perfume». El inmenso dolor de lo cotidiano está presente en «Cementerio». En «Paisito», junto a la voz de Clara García, sorprenden las armonizaciones vocales arriesgadas; Clara hizo, además, el arreglo vocal de la última canción. También se destacan la capacidad de resolver con solvencia y elegancia una canción más sobre desaparecidos («Tres deseos»), y el swing partiturizado de «Ta». Aún hay más modulaciones interesantes: por ejemplo, cuando se dan en la melodía cantada, pero no en lo que toca la guitarra –que en la parte A es siempre lo mismo–, como sucede en «Reencuentro». La guitarra de esta canción es hermosa y fue inteligentemente dejada «pelada» por la autora o el productor artístico del disco, Ernesto Díaz –el mismo que canta bonitas canciones en portuñol–, cuando ya temíamos que la onda un poco tirada hacia lo pop terminara siendo algo traído de los pelos, impuesta como criterio de sonido global del disco sin detenerse a considerar las peculiaridades de cada canción.

En «Detrás del cielo» se evidencia un poco el problema a que suelen arribar voces tan limpias y prolijas, para las que siempre «está todo bien»: la canción pedía una interpretación más tirada para algún otro lado. El arreglo es complejo, sutil, valiente, entonces la voz queda como un personaje sin desarrollar del todo en medio de una escenografía fantasmagórica, aunque no sé si por voluntad expresa. Estoy ingresando a un tema delicado dentro de la interpretación; no soy muy afecto a que las canciones se preparen tan por separado, porque terminan sonando a estudiadas y analizadas, trabajando como quien desarrolla un personaje para una obra de teatro. Pero una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa, y tal vez ese sea el debe de este disco: descansarse en lo que se sabe que sale bien, evitando la búsqueda y el consiguiente riesgo de caer en la sobreactuación. No está bien sobreactuar, pero a veces no hay más remedio.

En «Canción» se destaca el uso contrapuntístico del bajo, ya insinuado previamente, contrastando con sus más habituales funciones rítmico-armónicas. El disco termina con la canción que le da nombre, brevísima (medio minuto, si descontamos los «ruiditos» del inicio) y exclusivamente vocal. La letra es una estrofa y está bien así, no precisa más. Es bueno saber cuándo detenerse, y no es sencillo.

Madreselva es un disco distinto, lindo, en el que no llego a discernir si los arreglos llegan a forzar, como dije hace un rato, el pasaje de cierto espíritu cantopopu del bueno, originario, hacia algo más tuquero o pop –aunque siempre dentro de una atmósfera un poco culturosa, de gente que «estudió música»– o si solo amaga a ello. En todo caso, el sonido general, junto con la belleza lúdica de los textos y la creatividad de los arreglos, son más que bienvenidos, no importa si como meta ya alcanzada, pero, claramente, como definición de un camino que puede llegar muy lejos. La parte visual merece un destaque: el arte de Fede Ruiz Santesteban (piezas reveladas en tierra negra) complementado con el diseño gráfico de Nairí Aharonián Paraskevaídis.

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