Cerca y lejos

“Apocalipsis en Chamizo IV”, “Manos limpias”

Una población alejada de la capital parece acentuar las características de sus habitantes. Sus idas y venidas, muchas veces, los empujan a relacionarse con personajes inesperados, un detalle que puede dar lugar tanto a una comedia con disparatados rasgos de absurdo como a una reflexión profunda acerca del sitio al cual, en principio, cada uno pertenece.

Apocalipsis en Chamizo lV (La Gaviota, sala 2), escrita y dirigida por Diego Araújo, acude a un pequeño círculo de siluetas más o menos emparentadas con la región que menciona el título, alguna otra proveniente de espacios más abiertos y nada menos que al ex presidente de Estados Unidos, el casi nunca bien ponderado Ike Eisenhower. Con todos ellos en escena, Araújo arma una farsa a lo largo de la cual surgen alusiones a los vicios de la política internacional, a la mentalidad de pueblo chico y a un gran fin del mundo en ciernes, con participación de fuerzas exteriores. Tantas referencias, aunque jugosas casi todas ellas, no se encaminan, sin embargo, hacia ningún derrotero que sepa sacar buen partido de tal conglomerado. Araújo –el realmente promisorio autor de textos tan interesantes como Los indeseables y Cliché, dados ambos a conocer en la sala que ahora propone el reencuentro– en el presente espectáculo apunta hacia varios blancos sin lograr luego concretar sus andanadas. El asunto no va entonces hacia ningún lado y ni siquiera las cargadas composiciones de Fede Gallo, Federico Puig Silva, Vic Quimbo, Ismael Pardo, Damián Rey, Camila Dotta y Facundo Fuentes pueden hacer algo para definir los puntos que el responsable debió desarrollar con la correspondiente contundencia.

Manos limpias (Se me ha perdido una niña) (Casa de los Siete Vientos), del argentino Santiago Serrano, con dirección de Pilar de León, acerca a la platea la figura de María, una joven que revela sus experiencias al dejar atrás la pequeña localidad en donde nació para continuar estudiando en la capital. Serrano aprovecha tal transición para que la protagonista medite sobre el mundo que la vio partir, los vínculos con su madre, que permanece sola en su lugar de origen, y las diferentes situaciones que se desarrollan en el nuevo entorno. Los vaivenes de los recuerdos y la aparición de otros hábitos que cobran fuerza se enfrentan un cierto día a la consideración del regreso. El peso de algunos hechos y ciertos valores conducen a que María tome una decisión, en principio, inesperada. El texto de Serrano, con una sinceridad que no rehúye la ironía en cuanto a las cargas que cada ser humano atribuye al pasado, da así pie a una apreciable confesión de un personaje que, de una manera u otra, se identifica con la platea que, a partir de la canción infantil que se escucha cada poco tiempo, no tarda en descubrir que vivió instancias similares. De León, desde la dirección, consigue imponer los monólogos de la protagonista que Lucía Ichusti encarna con especial entrega hasta convertirse en una especie de espejo en el cual el espectador puede reconocerse. La puesta, asimismo, aprovecha la reiteración de hábitos y episodios que ocurren a través del tiempo como elementos que marcan el ritmo sin pausa de los acontecimientos que marcaron la vida de María. El aporte de los bien definidos personajes que encarnan María Sosa, Marcelo Viera y Micaela Clavell, a través también de monólogos, la escenografía y el vestuario de Mónica Tomeo, las luces de Alberto Laxague, la banda sonora de Federico Olmos González y el uso del espacio se suman a los aciertos de un trabajo tan rico como original que es de desear vuelva pronto a la cartelera.

 

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