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Cincuentones

Héctor Piastri

Cuando nació el Frente Amplio (FA), tener 50 años ya era ser viejo. Cincuenta años después, esa misma edad se siente muy diferente. Pero 50 años en la edad de un partido es más que una historia singular o propia: es parte de la historia del país.

El 5 de febrero de 1971 tuvo lugar la firma del acuerdo de todos los grupos que constituirían el FA. Se eligió para ello el Palacio Legislativo, quizá como un signo del rol parlamentario destacadísimo que desempeñaría en los años que siguieron y que reconfiguró, en forma radical, las relaciones entre gobierno y oposición en Uruguay. Pocos recuerdan, sin embargo, que, dadas las restricciones que el bipartidismo imponía a los nuevos lemas electorales, recién 18 años después el FA se presentaría a las elecciones con ese lema. Durante las elecciones de 1971 y 1984 estuvo obligado a presentarse con el lema Partido Demócrata Cristiano (PDC).

Para las generaciones fundacionales, el 26 de marzo es la fecha más querida, pues fue su acto inaugural de masas, su bautismo en la calle. Sin embargo, como las historias se reescriben una y otra vez, los 5 de febrero son, desde hace mucho tiempo, más celebrados que el 26 de marzo. Y esto habla del recorrido del FA: desde ser un «intruso» en el sistema (el obligado uso del lema PDC lo ilustra perfectamente) hasta ser el partido que gobernó durante los 15 años más prósperos de la historia del Uruguay del último medio siglo. Hoy, el FA se recuerda a sí mismo más con su acto constitutivo en uno de los salones de uno de los tres poderes del Estado que con su ritual de masas. Todo un signo de los tiempos.

Que una coalición devenida en fuerza política orgánica de izquierdas, con una clara definición ideológica y una estructura partidaria común, siga existiendo después de 50 años ya es un fenómeno resaltable. Pero que desde hace ya 20 años siga siendo el partido más votado de Uruguay es aún más sobresaliente, sobre todo en el concierto de fragmentación y recomposición de identidades partidarias que sufre la región toda y más allá también.

El FA debe sentirse orgulloso de su recorrido, su proceso y su persistencia en seguir siendo parte esencial e imprescindible del proceso político de Uruguay. Sin el FA hubiéramos estado a la deriva en clave conservadora de tantos otros bipartidismos de la región y el mundo. El FA hizo la diferencia. Y ser la síntesis política de las izquierdas le ha valido un reconocimiento en un mundo donde esas fuerzas tienden a dividirse, competir y restarse mutuamente.

Sin embargo, la focalización excesiva en aspectos identitarios no es necesariamente buena. Los grupos aferrados a su identidad y demasiado homogéneos y cohesionados pueden funcionar muy bien… pero no conquistarán la imaginación del mundo. En estos tiempos, siempre es mejor ser membrana que núcleo, simbiosis vital con el afuera de la estructura partidaria. Porque hay más izquierda en la sociedad y en la cultura que la que las estructuras orgánicas representan o definen. La virtud de la organización es su capacidad de movilización electoral y política, de eso que está, pero precisa ser nombrado, imaginado, proyectado.

El FA nació de esa pretensión: la de nuclear políticamente el malestar y la protesta contra el autoritarismo y el ajuste conservador que precedieron al golpe de Estado, y la de disputar políticamente el poder contra el bipartidismo conservador. Le salió muy caro. La dictadura desguazó sus estructuras, encarceló a sus líderes, exilió y asesinó a sus cuadros. Pero se recompuso. Con el tiempo fue la organización política más importante del país. Luego fue gobierno. Una prueba de fuego. Y organizó al partido político como un partido de gobierno.

¿Es hoy el FA aquella coalición y aquel movimiento que caracterizaron su fundación? Su desarrollo último ha sido sobre la base de sus sectores: estos capturan la entrada al FA, trabajan en la generación de vínculos identitarios y organizan la competencia electoral. Con semejantes roles, es claro que la fuerza de la coalición ha permeado de manera definitiva el carácter movimientista. Pero no cabe duda de que el FA es hoy una coalición en transformación. Nuevas agrupaciones crecen todos los días y piden su entrada. De nada sirve decir que hay demasiados grupos o razonar –con un poco de simplismo– que no hay tantas definiciones ideológicas. Es una realidad, producto, al mismo tiempo, de los incentivos del sistema electoral (que moldean la competencia interna), de la resistencia a someterse a las jerarquías de los grupos más consolidados y de la dificultad de construir colectivamente otras sensibilidades.

LAS TRES ALMAS

El FA de hoy no es el de 1971: es otro organismo, resultado de la metamorfosis de sus eras históricas, pero, sobre todo, de la que se produjo durante sus 15 años de gobierno. El español Juan Carlos Monedero sostuvo recientemente que las izquierdas tienen tres almas: el alma reformista, el alma revolucionaria y el alma libertaria, y que de la convivencia de estas tres almas nace su fuerza, su espíritu. Estas tres almas conviven en el FA de hoy, pero la conflictividad y la riqueza de esta experiencia no deben ser sometidas nunca a una pretensión de síntesis política última.

Por otra parte, ¿son los comités de base la representación del movimiento en este momento? Son la representación territorial en tiempos que requieren nuevos modos de representación. Del mismo modo que las mujeres libran sus propias batallas por ser representadas, muchas identidades quieren desplegarse públicamente sin estar territorializadas en una estructura orgánica. Quieren ser parte de la membrana, no del núcleo. Los comités de base y los sectores se superponen en las estructuras territoriales, pero ¿se articulan con ese afuera de la izquierda que está en la cultura, en las organizaciones y los movimientos sociales, en esas ollas populares que en algún momento le han dado de comer a casi el 10 por ciento de los uruguayos y las uruguayas?

Más allá del debate sobre las formas organizativas de las resistencias culturales y políticas al conservadurismo en clave democrática, lo cierto es que a este partido cincuentón hoy le compete la tarea de ser la oposición al gobierno en el campo de las instituciones políticas. El FA nació con esa función, y es este el legado más importante de Liber Seregni.

Uruguay tiene una historia de empates y desempates en clave conservadora y progresista desde su mismo origen como nación. Hoy estamos en un ciclo conservador, que debe ser caracterizado adecuadamente: por la extracción social de su dirigencia, por su proyecto-país y por el modo en el que opera en las estructuras del Estado, muy especialmente a nivel subnacional (donde no ha perdido su fuerza, aunque ha cambiado su aspecto). Y esta caracterización no puede ser nunca una caricatura. Tiene que reconocer su continuidad con los proyectos conservadores que marcaron la historia de Uruguay. Para empezar, esta caracterización tiene que recuperar un legado de principios del siglo XX, hoy abiertamente aceptado en buena parte de la literatura democrática: sin Estado de bienestar no hay democracia.

La democracia que se exige hoy no es apenas la libertad del voto. Se exigen derechos sociales, políticos y civiles; se quiere reconocimiento y el acceso a bienes; se quiere un Estado que funcione y una Justicia que no haga distinciones. Y para eso se necesita más Estado, no menos; más política pública, no menos; más y mejor gasto público, no menos. El corazón del desempate de Uruguay en clave progresista o conservadora se juega, por un lado, en la defensa del Estado y, por el otro, en la resistencia a su desmonte, a la erosión de su institucionalidad, a la desinversión que lleva a su obsolescencia y a la desidia que lleva tanto a la apatía de sus funcionarios como a la decepción de los ciudadanos. Esta es una tarea principalísima de la oposición política: denunciar, controlar, obstruir, vigilar. Son estas las tareas democráticas de una oposición que desconfía del gobierno. Y lo es hacer de esto una plataforma pública y unificada con los miles de uruguayos y uruguayas que opinan, denuncian y controlan todos los días.

Luego, el FA podrá reintentar construir ese buen gobierno del cual todos y cada uno puedan sentirse parte (algo que, sin duda, no consiguió totalmente). Pero antes su estrategia como oposición debe ser clara, lúcida, unificada y contundente. Como ya lo supo ser en el pasado reciente. Para que la coalición de gobierno pague el precio político de sus errores o sus opciones, se necesita una fuerza política opositora real que se lo cobre. En otras palabras, antes de ir a una lucha electoral, el FA debe ser capaz de conducir lo que vive y lucha en los libros, en la calle y en el corazón, como dijo alguna vez un poeta.

Recuperar la política es esto. Hacer que «tomar partido» valga más que seguir en la inercia de quienes sienten que el partido se está jugando en cancha ajena. Impedir que se disuelvan las expresiones de pertenencia a un mundo común. Lograr que la demanda más concreta y la lucha más abstracta por los principios formen parte de una misma comunidad de sentido. Unificar el malestar, darle sentido y volver inteligible lo ininteligible son las tareas de la política. Y urge hacerlo.

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