Claro sobre oscuro

Sobre el (los) archivo(s) de Idea Vilariño.

Foto: archivo Brecha

1. “Rara vez me pasó de retomar un poema al otro día, de repente sacarle un verso o cambiar una palabra, pero no rehacerlo (…). Le regalé a Pablo Rocca uno de esos porque parecía que no lo podía creer.” Eso le dijo Idea Vilariño a Mónica Salinas en una entrevista, en 2006. Una investigadora atenta como Ana Inés Larre Borges debería llegar a esta información antes de lanzar tan crudas agresiones. Es fácil, está en Internet y, además, facilité la pista en mi breve nota de respuesta a su pedido de aclaración.1 Desde Borges hasta Marc Angenot, se ha verificado que fingir que no se escuchó y desviarse hacia otros temas es propiedad de la polémica. No seguiré este precepto. Contestaré punto por punto las líneas que me regala Ana Inés Larre Borges en el número 1746 de Brecha (10-V-19). Pero quiero adelantar algo: esta querella personal que provoca Ana Inés Larre Borges, en la que persiste al no responder lo que se le pregunta, debe ser aprovechada para algo que la trasciende: qué pasa en un país como el nuestro con un archivo y, aun más, qué pasa con los archivos públicos –sobre todo de escritores–; cómo se comporta el Estado a este respecto y al de los derechos particulares; qué papel juegan los legatarios cuando tienen intereses privados en estos asuntos; qué sucede con los herederos. Sobre estos últimos –como sobre los editores–, la ley de derechos de autor regula sus potestades y ganancias. Hay que remarcar que, en esto, los archivos no pueden o no deben intervenir, salvo que caduque el dominio privado o que haya una expresa cesión de este derecho por parte de sus herederos. Sobre la mala conducta de uno de ellos, ya ha abundado Ana Inés Larre Borges.

2. Una noche de invierno de fines de los años noventa visité a Idea Vilariño en su casa de la calle Anzani. Hacía mucho frío y ella estaba encendiendo la estufa. Entre los papeles de que se servía para alimentar el fuego, que se resistía a prosperar, había un cuaderno que tenía el original de su traducción de Hamlet y unas anotaciones, un conjunto de copias de poemas, medio centenar de pequeñas hojas y una copia mecanografiada de su traducción de los ensayos de Graham Greene. Esa última tarea –explicó– le había sido encargada y aun pagada por el editor argentino Schapire a fines de los años sesenta. Como Schapire ya no existía y esta traducción era algo que realizó por razones profesionales, como no tenía mayor interés en publicar esos textos de un autor que le interesaba secundariamente, los estaba incinerando. Lo mismo pretendía hacer con aquel cuaderno de su traducción y con las copias en carbónico de muchos poemas, ahora prolijamente indizados en la Sección de Archivo y Documentación del Instituto de Letras (Sadil), de la Fhce. Repito: copias de poemas, no originales, porque evidentemente Larre Borges sigue sin ir a consultarlos. Le pedí a su autora que me diera todo eso en lugar de ofrecérselo a las llamas y, a conciencia, lo hizo. Hoy mismo, en el horario de atención al público, Larre Borges o quienquiera puede ir al archivo de la Fhce para obtener una prueba de lo que cuento: falta más o menos un tercio de la traducción de los ensayos de Greene, simplemente porque llegué tarde para detener su quema.

A lo largo de 20 años no supe que debía pedirle a Idea Vilariño que me diera un certificado cada vez que me entregara un papel, para, en el futuro, tener que justificar su entrega a un archivo público sin ganar nada a cambio. Durante cientos de horas de diálogo en casi dos décadas, recibí estas piezas de Idea Vilariño, una por una. Debería saberse que un archivo particular está compuesto no sólo por manuscritos, sino también por impresos de diferente naturaleza, copias, imágenes, grabaciones en distintos soportes. La “conciencia de archivo” de Idea Vilariño, como la llama Larre Borges, no era tan monolítica, como puede comprobarlo en la cita que preside esta nota. Además, gran parte de lo que doné a la Sadil surgió de mis propias búsquedas; otros elementos vinieron de manos generosas, como la transcripción completa de la entrevista que le hice a Vilariño con Rosario Peyrou a fines de 1996, que me entregó Mario Jacob, director del documental Idea. Desde 2010, cualquier investigador puede consultar estos materiales. Eso no hace más que beneficiar el conocimiento de una obra y rehuir todo ocultamiento. En rigor, Ana Inés Larre Borges conoce bien esto, tanto que en 2013 lo reconoció amigablemente en la página 36 del Diario de juventud de Idea Vilariño, quepublicó con su sello editorial.2 No fue la única vez que lo hizo.

3. Hace menos de un mes, el 22 de abril, Ida Vitale donó al Instituto Cervantes, de Madrid, un manuscrito de José Bergamín, quien supongo que se lo obsequió hacia 1960. No creo que la hoy premiada poeta haya presentado certificado alguno que le extendiera Bergamín para autorizarla a preservarlo y, menos, a donarlo medio siglo después a una institución española que, por lo demás, no existía en 1960. Ahora, a nadie se le ocurrió preguntarle semejante desatino. Porque, como es evidente, con su gesto Vitale devolvía al país de origen de Bergamín un texto para ponerlo a salvo de cualquier peripecia individual, suya o de sus herederos, los propios o los de Bergamín, quienes conservan todo derecho de recibir regalías en caso de que esta o cualquier otra pieza del escritor se publique. El manuscrito se guardó en una caja en el sótano del Instituto Cervantes, en una ceremonia pública.

En tanto no se demuestre lo contrario, es diferente la situación de los textos de Idea Vilariño que no fueron vendidos al extranjero. Hablo de los que están aquí, de los que Larre Borges “administra”, según el invocado testamento, que sólo ahora aparece citado en forma parcial, un documento que nunca publicó y sigue sin publicar. Ese testamento sobre el que durante una década no comunicó a la otra institución pública oficial, que resguarda alguna papelería de la autora, para hacerle saber lo que fuera necesario. Por estos días, por todos los medios de comunicación posibles, Ana Inés Larre Borges denunció, cuando está ante dos juicios, la reprochable salida del país de documentación de Vilariño, se quejó de su soledad y hasta apeló a la sensibilidad de la opinión pública y estatal. Lamentablemente, haber notado tan tarde la falta de esos documentos que desembocaron en Estados Unidos no la exime de responsabilidades. En 2013, Larre Borges no tenía dudas de que en sus manos estaba todo lo que había escrito Vilariño, salvo lo que se había donado en 2009 a la Fhce. Cuatro años después de la muerte de la poeta, en una nota situada en la anteportadilla del Diario…, se lee: “Su Archivo, confiado para este fin a las editoras de este volumen, pudo ser organizado e inventariado gracias al apoyo de la Dirección de Cultura de Uruguay. La Comisión del Patrimonio Cultural de la Nación auspició su protocolarización y, en 2010, lo declaró Monumento Histórico Nacional (…). En la primera nota de la página 17 de este tomo, agrega Larre Borges, con su firma, que las “libretas (del Diario…) integran junto a poemas originales, correspondencia y otros documentos personales la Colección Idea Vilariño”. Aunque el volumen de la hermosa y cuidada edición bordea el medio millar de páginas, no hay precisión alguna sobre el contenido del archivo, que en esas mismas páginas se promete “organizado e inventariado”. Nadie ha podido consultarlo –que yo sepa– si no pasa por la puerta que defiende Ana Inés Larre Borges, aunque esa colección esté en una institución pública, aunque se hayan utilizado dineros públicos para su ordenamiento. Si hubiéramos sabido con tiempo qué contenía el archivo, tal vez alguien habría advertido que faltaban varios cientos de piezas. Por desgracia, ahora nos venimos a enterar de que ese inventario estaba muy lejos de ser completo. Salvo que en él haya elementos que reaparecieron en la Universidad de Princeton. También para eso hay que conocer el inventario de 2010 o el catálogo invocado en 2013.

La memoria le jugó una nueva mala pasada a la investigadora. No es la primera vez que le pido que aclare qué hay en la colección Vilariño. Sé que no he sido el único, pero prefiero actuar fuera de la “tradición pandillera”, para decirlo con una expresión de Borges. Por eso, sólo documentaré un pedido mío y otro suyo, en este caso de auxilio para avanzar en una investigación de campo que, en lo que concierne al archivo universitario, Ana Inés Larre Borges encomendó a una tercera persona, a quien no agradece ni cita en el Diario…. Antes, vaya una consideración más general. Denominarla “teórica” o “metodológica” sería una exageración.

4. Está equivocada Ana Inés Larre Borges: un catálogo no es un “caballito de batalla”, sino una garantía de existencia de materiales. No hace falta ser especialista en archivos para saberlo y, por eso, llama la atención que quien ocupa un cargo de investigadora en la Biblioteca Nacional desde –creo– 1981 desconozca esta función elemental. Y llama la atención, también, que ignore que, en la institución para la que trabajó tantas décadas, los archivos literarios siempre estuvieron cerrados a la consulta hasta que se terminó su catálogo. Entrevera, así, varios hilos y, para mejor oscurecer, acude a dos casos. Veamos el uno y el otro.

Primero, Carlos Martínez Moreno. Una norma inventada en 2011 fundó la figura del investigador asociado a la biblioteca. La colección Martínez Moreno fue ordenada por quien se postuló para esta actividad honoraria. Como tal –como otros investigadores–, quien realizó la tarea firmó un compromiso por el que se obligaba a… catalogar el archivo. Para eso se le permitía trabajar en ese acervo particular, y a nadie más, hasta concluir el registro, que iba a ser controlado luego por el personal técnico del archivo literario y, sólo entonces, abierto a la consulta pública. (No es necesario vincularse sentimentalmente con nadie para saber esto. Alcanza con seguir el desarrollo de los hechos, que uno podía imaginar que Larre Borges conocía mejor que nadie, porque fue nombrada por esa administración directora de la Revista de la Biblioteca Nacional, pero, por lo visto, lo ignora.)

Por decir fútbol

Segundo, Hugo Alfaro. Más allá del insulto que me dispensa, que paso por alto, hay una referencia que encierra dos nuevos y asombrosos errores sobre este caso, que me resisto a pensar que sean intencionales: 1) cualquiera sabe que no es lo mismo un inventario hecho por un familiar –por mejor empeño que invierta– que un catálogo técnico; 2) sólo con la expresa autorización de los herederos es posible consultar un acervo, justamente para evitar que se escape nada de él y para que se pueda advertir a tiempo cualquier posibilidad de fuga.

En 2015 observé, y lo vuelvo a hacer, que la mejor manera de preservar la memoria de un escritor es conservar lo que escribió y exhibir su producto, ordenadamente, para que todos, no sólo algunos, puedan llegar a él. Creo que esto último Larre Borges lo sabe bien. Porque desde la primera mitad de la década del 80 ha trabajado casi en exclusividad el archivo de Francisco Espínola –seguro que con la autorización de sus herederos–, que, según tengo entendido, está en custodia en la biblioteca, sin catalogar. Por lo menos hasta 1999, no había tal catálogo y, sin embargo, Larre Borges podía citar la documentación sin necesidad de establecer su origen exacto. Eso puede verificarse en su trabajo “Francisco Espínola, el último escritor nacional”, en el que hay cuatro referencias a un genérico “Archivo” y ningún número o clave de documento, ninguna caja o carpeta en la que se aloje cada una de las cuatro piezas mencionadas. Quizá, esto haya sido subsanado luego.3

Ana Inés Larre Borges también está mal informada sobre los movimientos de quienes tiene que combatir para defender el patrimonio nacional que le fue confiado. Dice que no están catalogados los muchos materiales de Idea Vilariño localizados en la Universidad de Princeton, porque los conoce, ya que concurrió allí becada con fondos estadounidenses. Son los materiales que, dice, la institución adquirió de ese señor Funes Vilariño, a quien nunca vi en mi vida. Pero basta visitar un enlace para ver que todo está descrito. Un simple clic, otra vez, la salvaría del error.4

En suma, la únicaque hasta ahora no estableció con exactitud qué tiene del archivo de Idea Vilariño ni dice quiénes y en qué condiciones pueden consultarlo es quien tiene el deber testamentario de cuidar este legado. Ahora avisa que hay un detallado inventario realizado en 2010 por una escribana de la Comisión del Patrimonio. ¿Por qué no lo difundió? ¿Está prohibido en el testamento o por alguna peregrina disposición? Si así no fuera, ojalá, esto le haría bien a quien estudie la obra de Vilariño. Además, ayudaría a aclarar un poco tan oscuro asunto. Por cierto, Larre Borges tampoco informa qué pasó con la biblioteca particular de la escritora, factor decisivo para comprender su obra. ¿Dice algo de la biblioteca el testamento o esta quedó en manos de su heredero final y empezó, también, a desperdigarse o ya se desmembró por completo? En el último caso, el daño sería mucho mayor que el que ha publicitado. Es hora de que las bibliotecas particulares de nuestros creadores empiecen a ser defendidas por los servicios públicos como unidades fundamentales. Si así lo desean sus herederos legítimos.

5. El 21 de noviembre de 2012, a las 19.36, cayó en mi casilla de correo electrónico un mensaje firmado por Ana Inés Larre Borges. Me preguntaba, con amabilidad, por las mencionadas copias de los poemas que están en el archivo de la Fhce: Caro Pablo. Te habrá dicho Virginia que estamos preparando el Diario… de Idea. Precisábamos ver los poemas por algunas dudas puntuales. Muchos están en el Diario…, muchos también en su Archivo… y ya habrá que estudiarlos un día comparativamente”. No sólo no me recriminó que ese material no estuviera en el acervo que ella “administraba”, sino que me pidió ayuda para saber qué piezas había y cuáles eran sus características. Mi lacónica respuesta fue, en sustancia, que “habría que fijarse con detalle”. En otras palabras, que visitara el archivo e hiciera su trabajo. Nunca fue al archivo, y –repito– en su lugar envió a una tercera persona, quien trabajó todo el tiempo que le fue necesario.

El 8 de julio de 2014 a las 10.43, tomé la iniciativa. Un día antes asistí a una entrevista que se le hiciera a Larre Borges en el programa Café negro, que se emitía por TV Ciudad: “Vi ayer el diálogo que mantuviste con Mario Delgado y, por lo tanto, escuché la broma sobre los juegos de Idea para entregar su archivo a uno o a otro: ‘Avanza dos casilleros… se lo da a Pablo Rocca. Luego a mí’. Finalmente, claro, fue a vos. Me parece muy bien que la gente haga lo que quiera con sus cosas y confíe en quien le resulte más confiable. Ahora no sé en qué situación se encuentra ese archivo, si se catalogó completo, si se abrió al público o si no; si pertenece a una institución pública o si no. Los papeles que Idea me regaló a mí los entregué, casi todos, a este archivo público (Sadil, Fhce), se catalogaron y están abiertos a quien quiera consultarlos”. Su respuesta demoró más de dos meses. Al fin, llegó, el 19 de setiembre, a las 21.34. En rigor, no hubo respuesta: dijo que no me la daría. Ahora, cinco años después, cuando reitero públicamente la misma consulta, Ana Inés Larre Borges sigue sin responder. Por eso, los catálogos están por encima de celos y resquemores. Sirven para democratizar la información, para limitar el poder de dueñas/os y señoras/es de los legados, de quienes deciden qué se publica, dónde y a quién corresponde trabajar con la obra de quienes ya no están. Sobre todo, cuando hay herederos que enigmáticamente “recusan” ese legado y otros, de tercera línea, que desconocen los mandatos legales, según parece.

En síntesis, hay varios problemas reales que podrían servir de ejemplo para futuras prevenciones sobre otros archivos: 1) la fuga de los originales de Idea Vilariño, grave asunto anacrónicamente difundido; 2) la carencia de un registro detallado y público de lo que permanece aquí, o, por lo menos, la falta de su publicidad; 3) los criterios discrecionales de la “administradora” para la consulta y el estudio de la obra, quizá legitimados por el testamento, dato que podríamos saber si lo conociéramos; 4) el hecho de que la “administradora” es, además, la editora de algunas de sus obras en un sello del que es propietaria. Esto, a lo que Ana Inés Larre Borges se refirió en su primera nota, merece un último capítulo.

6. No sabemos si el testamento le otorga a Ana Inés Larre Borges la potestad sine die para publicar en su casa editorial la obra de Idea Vilariño. Eso viene ocurriendo con la poesía y con el mencionado Diario de juventud, a falta de los siguientes, sobre los que no tenemos más información. Por ejemplo, la edición de Poesía completa, de Cal y Canto, impresa en los talleres de Tradinco, en mayo de 2010, cuando Idea Vilariño había muerto hacía más de un año, hace figurar a la autora en el copyright en lugar de a sus herederos, sean cuantos o quienes fueren. Aparece, también, el copyright de la editorial. No he visto si en ediciones posteriores se corrigió este grueso error. Ya en el Diario…, editado con el apoyo financiero de los Fondos Concursables del Mec, la Biblioteca Nacional y Ancap, el copyright se limita a Cal y Canto, es decir, a su única propietaria –creo–, que es Ana Inés Larre Borges. Otros títulos de previsible venta menor fueron entregados a la financiación oficial. La masa sonora del poema (2016) dice que los derechos exclusivos pertenecen a la Biblioteca Nacional, que editó este volumen. A fines del año pasado, Larre Borges reunió, prologó y hasta le asignó título a un conjunto de ensayos, alterando –habría que discutirlo con calma– el que Vilariño había elegido para la mayor parte del conjunto. Este libro se publicó como De la poesía y los poetas en el volumen 208 de la Biblioteca Artigas (Colección de Clásicos Uruguayos, Mec). No hay información sobre los responsables de los derechos ni, en su defecto, sobre quien los cedió. Sólo la letra completa del testamento nos sacará de esta extraña danza entre lo público y lo privado.

Por último, quisiera pedirle a Ana Inés Larre Borges que defienda argumentos sine ira et studio. Y, sobre todo, que tenga a bien no usar más a quienes ya no pueden testimoniar. Invoca a Coriún Aharonián para decir que le pidió que me mostrara el agitado inventario, y sabe muy bien que nunca lo vi; puedo, si lo desea, poner a su disposición toda mi correspondencia con este maestro y amigo, que no es muy abundante y se remonta a 2008. La antes citada carta que le envié a Ana Inés Larre Borges el 19 de setiembre de 2014 y su nula respuesta demuestran la falsedad de su afirmación.

1.   Entrevista de Mónica Salinas a Idea Vilariño, disponible en http://www.radio36.com.uy/entrevistas/2006/01/190106_vilarino.htm.

2.   “La correspondencia y otros documentos de la ‘Colección Idea Vilariño’ que nos fuera confiada por testamento fue una fuente crucial para crear esa complementariedad. También fue consultada la ‘Miscelánea Idea Vilariño’ de la Sección de Archivo y Documentación del Instituto de Letras (Sadil) de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación (Udelar).”

3.   “Francisco Espínola, el ultimo escritor nacional”, Ana Inés Larre Borges, en 11 biografías. Uruguayos notables. Montevideo, Fundación Bank Boston, Linardi y Risso, 1999. Véanse, especialmente, las páginas 69 a 70. Disponible en http://anaforas.fic.edu.uy/jspui/bitstream/123456789/37283/1/insomnia19.pdf.

4.            La descripción completa de lo que está en esa universidad estadounidense, en https://findingaids.princeton.edu/collections/C1567#arrangement.

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