Cómo desmantelar la casa del amo

Disensos y consensos.

Marcha del 8M de 2018. Foto: Carlos Pazos

La teoría feminista es una teoría crítica, que supone la impugnación de un orden establecido, hegemónico y dominante. El patriarcado y sus consecuentes sexismo, androcentrismo y machismo han oprimido, dominado, relegado e invisibilizado a ese sujeto político que busca emanciparse de dichas prácticas de subjetivación, al tiempo que persigue la transformación de un orden injusto. ¿Pero cuál es ese sujeto, la mujer? ¿Es importante volver a definirlo?

En 1792 Mary Wollstonecraft, considerada una de las figuras fundacionales de la filosofía feminista, irrumpe con su Vindicación de los derechos de las mujeres en el orden dado: “Voy a hablar en nombre de las de mi sexo”, escribe, y posiciona a la mujer como sujeto universal. Hace tiempo que ha quedado claro, tanto en la producción académica, periodística y científica como en el activismo, que no se puede hablar de “feminismo”, en tanto singular único, sino de “feminismos”, en tanto pluralidad, polifonía y heterogeneidad. Sin embargo, no sucede lo mismo cuando la cuestión se dirige hacia cuál es o debería ser el sujeto político del movimiento, es decir, quiénes deben protagonizarlo, llevarlo adelante, hacer eco en su fuerza para dar cauce a la lucha por la transformación del sistema patriarcal. Si en tiempos de Mary Wollstonecraft era evidente que ese sujeto universal al que reivindicar y por el que pelear era “la mujer”, con el paso del tiempo –y especialmente en la actualidad–, esa categoría inicialmente dada se ha resignificado profundamente.

FEMINISMO Y FEMINISMOS. Pensar cuál es el sujeto político de los feminismos en la actualidad implica tener en cuenta una historiografía (las llamadas “olas de los feminismos”) tanto del movimiento social como de la producción teórica, que es compleja, heterogénea y situada. En los feminismos, la teoría y la práctica no son universos aislados, sino territorios en diálogo y conflicto, que al tiempo que se desarrollan transforman incluso su propio relato histórico.

Fue el llamado “feminismo de la segunda ola”, a partir de los años sesenta, el que puso de manifiesto la insuficiencia de la igualdad normativa y jurídica a la hora de luchar contra el sexismo y la opresión. Este feminismo confrontó el paternalismo del Estado de bienestar, denunció el androcentrismo inherente al capitalismo así como las injusticias de género en el ámbito doméstico, y postuló la jerarquización sexista como parte fundante de la sociedad. El segundo sexo, de Simone de Beauvoir (1949), es considerado el texto precursor de esta etapa y sienta las premisas fundamentales de los debates posteriores y actuales con relación al “ser mujer”, al sexo y al género. Filósofa con varias influencias de su tiempo, De Beauvoir no habla específicamente de “género” –palabra que se acuñaría más adelante–, pero lo define epistémica, ontológica y políticamente. La sociedad determina el carácter cultural de los cuerpos en una línea divisoria impuesta, opresiva, regida por estereotipos, convenciones, expectativas y poderes, muy difícil de romper. “Género”, luego, será la palabra utilizada para explicar cómo se construye culturalmente una identidad sexual biológica.

Política sexual, de Kate Millet, es otro de los libros de referencia, porque traza un corte teórico, político y epistémico al postular la necesidad de transformar las relaciones de dominación en el orden de lo privado. La autora entiende las desigualdades entre hombres y mujeres como resultado de una estructura de explotación, y comparte herramientas teóricas con otros movimientos emancipatorios, como el marxismo. Pensar la sexualidad, la maternidad, la violencia y los roles asumidos como naturales posibilitó, por ejemplo, que en 1971 373 mujeres francesas firmaran el manifiesto “Yo he abortado”, que denunciaba la criminalización de la práctica. Este “feminismo insurgente” de la segunda ola, al decir de Nancy Fraser,1 no estuvo exento de debates internos. Otras de sus vertientes son: el lesbianismo político (Wittig, Rich, por ejemplo), el feminismo de la diferencia (Irigaray, Lonzi, por ejemplo), los feminismos negros (en 1970 el “Manifiesto de las mujeres negras de la Alianza de las Mujeres del Tercer Mundo”) y el incipiente ecofeminismo (Devi, D’Eaubonne, por ejemplo).

La reacción del statu quo de los años ochenta contra el feminismo, la avanzada neoliberal posterior y cierto desencanto activista fueron el marco desde el cual voces y grupos disonantes comenzaron a cuestionarse cuál debía ser el sujeto político del movimiento. Las mujeres negras, lesbianas y subalternizadas se preguntaron por la raíz universal del singular “mujer” y pusieron el acento en cuestionar el carácter homogeneizante y normativo de su uso, dando lugar a una nueva etapa: los feminismos. El campo teórico de los feminismos se desborda, interrelacionando género, raza y clase; pensando en la diversidad de las luchas de las mujeres del mundo, no se hablaría ya de un solo movimiento compacto, sino de un conjunto de fuerzas diversas orientadas hacia objetivos comunes.

El libro Género en disputa (1990), de Judith Butler, vehiculizó el advenimiento de la teoría queer: como correlato, el sujeto político de los feminismos sufrió una nueva ruptura en la discusión teórica. La autora plantea que el género, en tanto construcción social, opresiva, hegemónica y funcional a los intereses del capitalismo, no niega una esencialidad sexo-biológica, y por ende reproduce el binarismo hegemónico. El género no es una identidad estable y rígida, sino un proceso de performatividad y actuación que debe ser problematizado; la operación biopolítica sobre los cuerpos ha sido un discurso médico, político y científico construido histórica y socialmente, y no una verdad absoluta, “natural” o esencial. Butler afirma que sostener el binario sexo-género implica la reproducción política de los discursos que han sostenido el patriarcado capitalista. Otro libro que más tarde vuelve a marcar un hito en el desarrollo de la teoría queer es el Manifiesto contrasexual (2002), de Paul B Preciado, porque desarrolla la idea de que el sexo ha sido una construcción política, y por ende es necesario pensar y deconstruir las prácticas sexuales naturalizadas del sistema de género dominante. Por ello, aspira a un feminismo que no sea fóbico a los movimientos Lgtbqi+, que rompa con el binarismo y que reconozca las identidades marginales.

SUPERACIÓN Y TENSIÓN. La teoría queer, las alianzas con el movimiento Lgtbqi+, las políticas identitarias, también el feminismo poscolonial, indígena y comunitario, así como el ciberfeminismo complejizan el panorama del debate actual sobre el sujeto político de los feminismos. Es en el marco de esa pluralidad que surge en el campo del movimiento social la noción de “transfeminismo”, que da cuenta de las tensiones teóricas y busca abrirlas al campo del activismo. Por otro lado, vuelve a tomar fuerza y visibilidad el feminismo radical, que defiende no renunciar a la idea de “mujer”, en tanto categoría biológica y raíz sexual de la opresión.

Al mismo tiempo, se constata la existencia de un feminismo liberal que actúa en alianza con el sistema corporativo y global, y que toma para sí fragmentos concretos de reivindicaciones históricas, pactando alianzas y generando acuerdos que se oponen a los feminismos que, en la discrepancia, impugnaron al sistema capitalista patriarcal.

Lo cierto es que luego del período del “feminismo domado” (Fraser, 2015) el movimiento ha recobrado potencia en las calles, en las universidades, en las redes sociales, en los medios masivos y en los espacios de decisión. Como correlato, se van haciendo visibles los debates y tensiones en relación con la representación, la paridad, la democracia, el campo cultural, la economía y el conocimiento científico feminista, como entre las mencionadas Butler y Fraser, u otras teóricas como Chantal Mouffe, Joan Scott, Seyla Benhabib, Angela Davis o Silvia Federici. Como señala Neus Campillo en el texto “Mujeres, ciudadanía y sujeto político: La necesidad de una cultura crítica feminista”, la crítica feminista actual recoge varios de los puntos de tensión históricos y dispara nuevos en relación con las dicotomías universalismo-género, consenso-disenso, libertad-determinismo, identidad-alteridad.

TERRITORIALIDADES. Además del debate sobre el sujeto político y por ende el sistema sexo-género, hay otros temas que se entrecruzan y provocan posiciones encontradas, en conflicto y opuestas en los feminismos. La toma de conciencia respecto al cuerpo cosificado, objetualizado y empujado a la categoría de mercancía de consumo y explotación ha motivado fuertes cruces y divergencias en el movimiento. La pornografía, la subrogación de vientres y el trabajo sexual son temas de debate y confrontación en el campo del activismo, el feminismo institucional y la teoría.

En este sentido, el feminismo radical y el transfeminismo se encuentran muchas veces en territorios de disputa. Si bien las posiciones teóricas suelen tener infinidad de puntos de contacto, lo cierto es que en la práctica la corriente radical ha quedado muy asociada con la lucha histórica del abolicionismo –la voluntad de abolir por completo el trabajo sexual y la pornografía– y los transfeminismos al regulacionismo –la idea de que es necesario regular el trabajo sexual y dejar de criminalizarlo–. Esta asociación suele desconocer la historicidad de la lucha abolicionista por parte de todos los feminismos, así como de los colectivos Lgtbqi+. A la vez, la inclusión de personas trans y de identidades disidentes dentro del movimiento feminista también es territorio de encendidas discusiones, lo que ocasiona fracturas que a veces parecen difíciles de superar.

En España el debate sobre la subrogación de vientres se ha instalado en la opinión pública y en la agenda política, a pesar de la vigencia de la ley de 2006, que prohíbe la práctica en el territorio español. Los problemas se agudizaron a raíz de la decisión del gobierno de discontinuar los procesos legales de inscripción de los bebés nacidos fuera de fronteras a través de la gestación subrogada, dadas las reglamentaciones de la Comunidad Europea respecto a la protección de datos e investigaciones de mala praxis. La campaña en contra de la gestación subrogada encontró en el manifiesto público “No somos vasijas” a firmantes de la talla de las filósofas Victoria Camps y Amelia Valcárcel, y de las sociólogas Soledad Murillo y Rosa Cobo. La réplica a dicho manifiesto fue un comunicado de la Asociación por la Gestación Subrogada en el que comienzan respondiendo: “No somos vasijas. No, no lo somos. Somos mujeres, hermanas, amigas, conocidas o desconocidas, pero, sobre todo, somos madres y queremos ayudar a otras personas a que puedan ser madres y padres”.El tema ha develado la fragmentación de los feminismos en el país y las desavenencias con un sector del movimiento Lgtbqi+, siendo el feminismo radical el que con mayor énfasis ha postulado que el abolicionismo de la prostitución, la pornografía y la gestación subrogada son una tríada indisoluble en la lucha contra la cosificación, explotación y consumo del cuerpo de la mujer.

Nature, una de las revistas de divulgación científica más prestigiosas del mundo, publicó también en 2018 un artículo titulado “US Proposal for Defining Gender has no Basis in Science. A Move to Classify People on the Basis of Anatomy or Genetics Should Be Abandoned” (La propuesta de Estados Unidos para definir el género no tiene base en la ciencia. Un movimiento para clasificar a las personas sobre la base de la anatomía o la genética debe ser abandonado) y logró visibilizar el trabajo que la ciencia feminista viene realizando dentro de los territorios más vinculados al statu quo del saber androcéntrico. En el artículo, la voz neutra e inobjetable del saber científico, que investiga en el campo de lo “natural” y biológico, desarma el paradigma que sostiene que la ciencia puede definir el sexo o el género de una persona de forma única y natural; es decir, afirma que no es posible definir la condición de varón o mujer de manera absoluta en función de los órganos genitales con los que alguien ha nacido. Para Nature, esa idea no tiene fundamentación científica, e ignora décadas de progreso en la comprensión del sexo y el género (que en realidad se afectan profundamente entre sí: tanto lo biológico afecta lo social como al revés). Con relación al debate, este artículo tiraría por la borda la misma existencia de un sujeto “mujer” universal, que pueda definirse desde la biología. Este trabajo despertó fuertes, disímiles y heterogéneas reacciones (incluso escándalos) tanto desde las comunidades científicas y académicas como desde las voces religiosas, conservadoras y feministas radicales.

En Inglaterra, la vuelta al parlamento de la ley de reconocimiento de identidad (vigente desde 2004, que para nosotros es la ley de identidad de género, que permite que una persona defina su propio género en términos legales) en 2018 reavivó un debate público saldado –con los medios de comunicación y las redes como agentes y generadores de discurso– sobre la medicalización infantil, el uso del lenguaje inclusivo y neutro en el campo científico, y la vuelta al discurso esencialista. La controversia masiva en relación con los avances de derechos adquiridos para las personas trans y el escenario de disputas respecto al sujeto político de los feminismos causó que el año pasado la Women’s Strike (huelga feminista del 8 de marzo) tuviera una tendencia separatista de feministas que se enfrentaron tanto con el colectivo Lgtbqi+ como con los feminismos que no reclaman para la hembra humana (female) la lucha emancipatoria.

AMÉRICA LATINA. El asunto del sujeto político se vuelve aun más complejo en relación con nuestro continente. A partir de los años noventa, y especialmente luego del cambio de milenio, el movimiento feminista latinoamericano ha cobrado una potencia política específica. El encuentro entre los feminismos y la teoría descolonial ha puesto de manifiesto la necesidad de volver sobre el sentido del debate acerca del sujeto político teniendo en cuenta las realidades concretas y las discriminaciones interseccionales que sufren las mujeres latinoamericanas. Aún hoy es difícil trazar una cartografía que ponga en evidencia cómo se ha leído, interpretado y resignificado en América Latina el corpus dado por la teoría feminista del norte global. Pero lo cierto es que frente a los avatares teóricos y prácticos de los feminismos del norte, América Latina hace su propio camino de descubrimiento y construcción de movimientos situados, que intentan luchar contra las terribles condiciones que padecen las mujeres del continente. El aborto clandestino sigue siendo la principal causa de muerte materna; más de 3.500 mujeres mueren por femicidios cada año; el 70 por ciento de las mujeres padece violencia doméstica y al menos el 30 por ciento reporta que su primera relación sexual fue forzada, pero se calcula que el 80 por ciento de las agresiones no son denunciadas.2 Las mujeres en América Latina y el Caribe tienen más probabilidades de sufrir violencia física o sexual que el promedio de la población femenina en el mundo; se calcula que hay 154 millones de mujeres en situación de pobreza extrema.3 La desatención y negligencia del sistema legal se extiende de tal modo que se considera que la trata de personas es, en el continente, una de las “industrias” en mayor crecimiento: entre 2002 y 2016 fueron registradas 13.166 víctimas en 14 países de la región, y, de acuerdo a los indicadores, un 78 por ciento de las víctimas son mujeres, mayoritariamente sometidas a la explotación sexual (es la mayor actividad producto de la trata, seguida por la explotación laboral y la venta de niños).4

Frente al terrible panorama y a sus múltiples complejidades, los feminismos latinoamericanos se articulan para tender redes, tanto autogestivas como institucionales, para intentar dar respuesta a miles de mujeres en situaciones de vulnerabilidad.

En Argentina, de cara al 8 de marzo, uno de los procedimientos de organización política que las distintas agrupaciones y colectivos han encontrado para articularse son las asambleas barriales, que se realizan en distintos puntos del país y en cada ciudad. Son instancias de encuentro entre mujeres de distintas procedencias, con intereses y pertenencias políticas diversas, donde se trabaja para llegar a un consenso en procedimientos de acción que sirvan para buscar soluciones a los reclamos comunes. Las asambleas son un dispositivo político que intenta no apañar jerarquías, entendiendo que el modo en que se performan en el cuerpo las prácticas políticas afecta a la entidad misma de los reclamos, y que, en algún sentido, la teoría y la práctica de la diversidad no son diferenciables. El concepto de “sororidad” entra allí como modo fundamental de pensar la pluralidad dentro del movimiento. Pero la influencia del debate teórico se ha volcado a precipitar ciertas divisiones que se vuelven conflictivas, sobre todo en lo que tiene que ver con definir cuál debe ser el sujeto político del feminismo. El feminismo radical viene significando en Argentina un quiebre que, con un fuerte peso activista en las redes sociales, ha llegado a las asambleas. Grupos identificados con ese feminismo han resultado expulsados o abucheados por cuestionar, justamente, prácticas que abren la pertenencia feminista a trans, travestis y no binaries, consensuadas anteriormente por el mismo movimiento –gracias, en gran parte, al activismo travesti de grandes referentes como Lohana Berkins o Diana Sacayán–. Es que la acción misma de declarar que el movimiento feminista perteneciera no solamente a las mujeres sino a las mujeres, lesbianas, travestis, trans y no binaries implicó un largo proceso de disputa, en el que sectores más conservadores tuvieron que aceptar que el sujeto del feminismo ya no sería solamente “la mujer”, ya que dicho universal carga consigo el estigma eurocéntrico y homogeneizante que al enunciarse invisibiliza a quienes sufren la violencia y opresión sistémica del patriarcado. Esos procesos de grandes decisiones suelen darse en el marco de los encuentros nacionales, de larga tradición; en el último, por ejemplo, se decidió también que el propio encuentro empezara a llamarse “plurinacional”, tomando en cuenta los reclamos de mujeres de poblaciones originarias. Porque el feminismo latinoamericano intenta construir mecanismos de poder dinámicos, abiertos, donde los procesos burocráticos no impidan alcanzar la fuerza necesaria para dar las discusiones que se tornan urgentes. Pero estas formas de práctica política no han impedido que resurja la reivindicación del sujeto “mujer” en tanto persona con genitalidad femenina, y el conflicto parece acentuarse porque se produce en el marco del advenimiento de nuevas olas de derecha que intentan asustar a la población hablando de una “ideología de género” que pretendería terminar con el binarismo jerárquico hombre-mujer (como si eso fuera algo maligno e inmoral).

LA INTERPELACIÓN CONTINUA. La relevancia que tienen los debates en torno a la pregunta sobre cuál debe ser el sujeto político del feminismo es cada vez más evidente, y abarca tópicos como la biopolítica, la economía trasnacional, la tensión entre la teoría de la diversidad sexual y la escalada conservadora, o entre la democracia patriarcal y la democracia plural o radical; las nuevas tecnologías, las redes sociales y el imperio del control.

Los territorios con economías dependientes, megaproyectos extractivos, criminalización de la autonomía sexual y reproductiva y feminización extrema de la pobreza son y continúan siendo el campo en el cual el neoliberalismo conservador avanza. Los índices mundiales de femicidios, violaciones, abusos, lesbofobia y transfobia, ciberacosos, trabajo no remunerado y brecha salarial continúan siendo alarmantes y se multiplican cuando se hace foco en los países del llamado “tercer mundo”.

Silenciar los debates, tensiones y diferencias nunca ha sido un buen augurio. Si, como decía Audre Lorde, “las herramientas del amo no desmantelarán nunca la casa del amo”, entonces la construcción colectiva en la diferencia y el diálogo, la jerarquización de las urgencias situadas en cada territorio y la reivindicación del disenso en el consenso serán los difíciles desafíos que los feminismos atraviesan y atravesarán para dar su lucha emancipatoria.

1.   Fraser, Nancy (2015), Fortunas del feminismo. Del capitalismo gestionado por el Estado a la crisis neoliberal, Madrid, Traficantes de sueños.

2.   Datos del Observatorio de Igualdad de Género de la Cepal: https://oig.cepal.org/es

3.   Indica un nuevo informe emitido por la Onu Mujeres denominado “Hacer las promesas realidad: La igualdad de género en la agenda 2030 para el desarrollo sostenible”.

4.         Según datos presentados a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (Cidh).

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