La igualdad y sus detractores – Brecha digital
Con el sociólogo y ensayista César Rendueles

La igualdad y sus detractores

En esta entrevista con Brecha, el pensador español repasa algunas facetas  del horizonte político actual, los límites de la igualdad de oportunidades y la meritocracia y el rol de las instituciones en los proyectos de cambio social.

GENTILEZA DEL ENTREVISTADO

César Rendueles vive en Madrid. Es investigador en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas y ha sido profesor de sociología en la Universidad Complutense de Madrid. Ha publicado, entre otras obras, Sociofobia: el cambio político en la era de la utopía digital, Capitalismo canalla: una historia personal del capitalismo a través de la literatura, En bruto: una reivindicación del materialismo histórico y, más recientemente, Contra la igualdad de oportunidades: un panfleto igualitarista. Destaca en su trabajo su esfuerzo constante por conectar procesos sociales complejos con situaciones de la vida cotidiana. Con ese telón de fondo, conversamos sobre los aprendizajes que nos deja la pandemia, la crisis ecosocial que está aquí hace rato y la necesidad de construir un sentido común que ponga en el centro el cuidado y el disfrute de la vida.

—Me gustaría preguntarte sobre las transformaciones sociales que fuimos atravesando durante la pandemia. En general, me resisto a buscarle el lado bueno, porque todo ha sido demasiado largo y feo. Pero ¿rescatas algún aprendizaje interesante de toda esta experiencia?

—Coincido con lo primero que señalas. A mí me molesta mucho cuando se dice que las crisis son una oportunidad, cuando se nos anima a pensar las dimensiones positivas de una catástrofe. Todo aquello de que íbamos a salir mejores de la pandemia… Fue una masacre llena de sufrimiento, murió muchísima gente, causó enormes problemas sociales y ha dejado una resaca de daño subjetivo inmensa. No obstante, es cierto que podemos pensar la pandemia e, incluso, aprender algo de todo este sufrimiento.

Uno de esos posibles aprendizajes es que los mecanismos de cohesión y solidaridad a veces se despliegan más rápido de lo que solemos pensar. Está claro que vivimos en sociedades individualistas y fragmentadas, pero parece que en el fondo de nuestros corazones sentimos el deseo de establecer vínculos y construir relaciones de solidaridad en cuanto tenemos la necesidad o la oportunidad para hacerlo. La pandemia motivó una explosión de solidaridad reprimida por toda la ortopedia social que la bloquea. Mucha gente puso en marcha estrategias de apoyo mutuo imaginativas y valiosas. Digo esto porque a menudo hablamos de cómo el nihilismo neoliberal lo ha arrasado todo. Y, bueno, lo habrá arrasado casi todo… pero todo no.

Por otro lado, en cierto momento se produjo un cuestionamiento –es cierto que muy tímido– de la división social del trabajo. De repente ciertas tareas mal remuneradas y poco prestigiosas se revelaron como esenciales. A mucha gente se le hizo evidente que sin redes de cuidados aumentaban considerablemente las chances de morir o que si las cajeras del supermercado no iban a trabajar, no comías. Todas esas tareas se revelaron como labores esenciales, sin las cuales la sociedad se descompone en unos días. Mientras que otros trabajos más prestigiosos, mejor pagados y todo eso… Bueno, parece que podemos pasar sin ellos bastante bien.

Por último, otro aprendizaje interesante es que asistimos a cierta revaloración de las políticas públicas, en el sentido de que se hizo evidente su capacidad de intervenir de forma rápida e intensa para enfrentar una crisis social como esta. Es algo que está relacionado con cierta crisis del paradigma neoliberal. Desde hace años el neoliberalismo sufre una crisis de legitimidad que, en parte, tiene que ver con su incapacidad para enfrentar dinámicas catastróficas como esta, pues, en lugar de paliar las catástrofes, las retroalimenta. Con el covid las instituciones públicas reaparecieron como dispositivos sociales indispensables.

No fue un giro democratizador en un sentido profundo, porque, a fin de cuentas, las grandes empresas se beneficiaron muchísimo de las oportunidades económicas generadas por la pandemia (patentes de las vacunas, licencias de plataformas audiovisuales, etcétera). Pero sí se abrió una ventana de oportunidad, en el sentido de que si surgen alternativas de izquierda que quieran hacer intervenciones públicas ambiciosas, ya no se encuentran en la situación de hace 20 años, cuando proponer ese tipo de cosas sonaba a querer reeditar la Unión Soviética.

—¿Y las dinámicas de la vida diaria? Los cambios radicales en las rutinas, como hacer todo desde casa y salir lo menos posible, contribuyeron a profundizar la tendencia a la virtualización de la vida, a estar todo el día frente a una pantalla. ¿Tú cómo lo ves?

—No hay que verlo como un proceso homogéneo, sino como algo que tiene sus ambigüedades. Por un lado, es cierto que se generó una normalización importante de la virtualización de las actividades y las relaciones. Pero, por otro, también se está produciendo un efecto rebote. El uso tan intenso de la tecnología digital durante la pandemia le ha quitado a esta buena parte del romanticismo que tenía. Quizá antes era más común experimentar los juguetes digitales como algo futurista y cool. Y me parece que este hartazgo por tener que estar todo el día viendo una pantalla ha desmitificado un poco el aura de distinción que siempre caracterizó a ese tipo de consumos y actividades.

Otro efecto ambiguo de este proceso de virtualización de la vida es que ha permitido desnudar lo absurdo que es el presencialismo extremo en los lugares de trabajo. Esto ha dado lugar a cierta reivindicación de jornadas laborales más cortas y menos rígidas, de ofrecer la posibilidad del teletrabajo allí donde es posible (con todos los sesgos de clase que eso tiene: los albañiles y los camareros no pueden teletrabajar). Entonces, sí, es cierto que la normalización de la virtualidad es un problema importante, pero también hay que pensar que ha alterado las reglas del juego, por ejemplo, en el mundo del trabajo, y eso puede dar lugar a transformaciones que no necesariamente sean para peor.

—En 2020 se publicó tu último libro, Contra la igualdad de oportunidades. Un panfleto igualitarista, en el que criticas el paradigma de la meritocracia, que hace un buen tiempo es el marco dominante para explicar y justificar las desigualdades sociales. En general, la izquierda defiende la igualdad de oportunidades y rechaza la meritocracia. Tú, sin embargo, dices que la igualdad de oportunidades es una versión degradada de la igualdad y que, de hecho, es compatible con la meritocracia. ¿Podrías explicar un poco más de qué trata el libro?

—Empecé a pensar en ese libro hace más de diez años, a partir de las protestas sociales que se dieron en España, con el movimiento de los indignados y el 15M, pero que formaron parte de un conjunto de estallidos que sucedieron en varias partes del mundo luego de la crisis de 2008. Un denominador común de estas críticas fue que volvieron a poner sobre la mesa el problema de la desigualdad económica en las sociedades capitalistas.

De pronto, cosas bastante técnicas, como el índice de Gini, aparecían en los periódicos, se hacían públicas las cifras obscenas de la desigualdad, etcétera. Sin embargo, esa mayor preocupación popular por la desigualdad convivía con un nuevo elitismo, que se manifestaba como una especie de narcisismo meritocrático herido. La crítica a la desigualdad se expresaba muchas veces como una denuncia de jóvenes de clase media que habían visto frustradas las expectativas en las que habían sido socializados. Se les había dicho: «Si estudias, si aprendes idiomas, si terminas un máster, vas a acceder a cierto nivel de bienestar», y luego veían que ese horizonte se derrumbaba. Como decía, ese malestar convivía con un desprecio elitista a otros jóvenes, que no tenían estudios terciarios, que a lo mejor trabajaban en la construcción, de los que se decía que habían optado por la vida fácil.

A mí me llamaba la atención que incluso ahí, en un clima de crítica a la desigualdad y al neoliberalismo, se reprodujeran unos discursos tan elitistas. Y empecé a pensar que tenía que ver con que nos movíamos en un horizonte político en el que la única igualdad que se consideraba aceptable era la de oportunidades, lo que suponía un retroceso enorme respecto a los momentos históricos –sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial– en los que se habían producido enormes reducciones de las desigualdades y en los que la igualdad finalista, la igualdad de resultados, era un valor transversal.

En cambio, nos quedamos con una versión muy degradada de la igualdad, la igualdad de oportunidades. Una expresión que suena bien, claro, pero que reduce la igualdad a una especie de control antidoping, que promete las mismas oportunidades de llegar a los escalafones más altos de la pirámide social, pero que en ningún momento amenaza la idea de que la sociedad se organice como una pirámide hecha de desigualdades.

—Al leer el libro parece que le estás hablando a un lector de derecha preocupado de que el hecho de que todos tengamos más o menos lo mismo pueda desalentar el esfuerzo y la búsqueda de la excelencia. Algo así como: «¿Para qué me voy a esforzar si al final tendré lo mismo que el resto?».

—La defensa de la meritocracia que hacen sus partidarios suele ser esta: «Es cierto que la meritocracia implica desigualdades, pero son por nuestro bien, porque si no existieran esas desigualdades, las personas no se esforzarían por desarrollar sus talentos, por lo que hay que ofrecerles ventajas respecto a los demás».

Me parece una visión antropológica tan triste que me cuesta sentirme identificado. Porque, al final, parece que las ingenieras, los médicos y las periodistas solo se esforzaran en hacer un buen trabajo si se los trata como a niños malcriados: si te portas bien, te compro este juguete. Además, lo que reclaman los partidarios de la meritocracia no es el derecho a tener una vida digna o a tener reconocimiento social, ¡sino a tener más que los demás! Es una visión bastante enfermiza de la naturaleza humana. Y es cierto que las personas a veces nos comportamos así, deseando tener más que los demás, pero solo cuando hay un sistema de competencia generalizado, cuando hay mecanismos sociales que nos inducen constantemente a competir. Una vez que el mercado penetra en nuestra vida, entonces sí, o tenemos incentivos meritocráticos o no nos esforzamos.

Por eso, como decías, yo me planteé escribir este libro pensando en hablarle a alguien de derecha. Porque creo que en algún momento la igualdad fue un valor transversal y que lo puede volver a ser. Igual que ocurre hoy con la libertad de expresión. La izquierda insiste más en ciertas dimensiones de la libertad de expresión y la gente conservadora en otras, y eso da lugar a disputas políticas. Pero nadie cuestiona que es un elemento central de la democracia.

Es cierto que hoy mucha gente conservadora desconfía de la igualdad porque le parece que es incompatible con la responsabilidad, el esfuerzo y el cumplimiento de las obligaciones. A veces la izquierda trata esas inquietudes con condescendencia. A mí, en cambio, me parecen preocupaciones legítimas y creo que, depuradas de la ideología meritocrática, apuntan a dimensiones importantes del igualitarismo profundo. La igualdad es un sistema de obligaciones tanto o más que un sistema de derechos.

En general, creo que una vez que se desactivan los efectos ideológicos de la meritocracia, la idea de que todos vivimos mejor en sociedades más igualitarias resulta muy intuitiva. Además, es algo bien estudiado por la sociología empírica. La desigualdad (no la pobreza en términos absolutos, sino la desigualdad relativa, la distancia entre los más ricos y los más pobres) está correlacionada con una inmensa cantidad de problemas sociales. Aunque los más pobres de una sociedad no se estén muriendo de hambre, aunque tengan celulares, si la distancia que tienen con respecto a los más ricos es mucha, en esa sociedad habrá más problemas sociales. Algunos tan aparentemente alejados de la desigualdad como una mayor prevalencia de las enfermedades mentales, un mayor consumo de drogas, más gente en la cárcel, más inseguridad, más acoso y fracaso escolar, menos esperanza de vida… Son problemas que afectan mucho más, por supuesto, a quienes peor están, pero también a quienes mejor están. En el fondo, todos lo sabemos. En las sociedades más desiguales del mundo los pobres viven extremadamente mal, pero los ricos también tienen una vida de mierda, encerrados en sus gulags prémium.

—La crisis socioeconómica causada por la pandemia hizo que cobrara más fuerza una sensación general que ya tiene unos años y que mencionaste antes: la idea de que el neoliberalismo como proyecto político hegemónico está desapareciendo. ¿A qué te refieres tú con eso?

—Hoy podemos decir con cierta tranquilidad que lo de 2008 no fue una crisis coyuntural, sino una crisis de acumulación de capital a escala global, un auténtico fin de ciclo. El capitalismo se recompuso de la crisis de los años setenta a través de una huida hacia adelante basada en la financiarización y el aplastamiento de los sindicatos. Pero esa dinámica se ha encontrado finalmente con barreras, cuya primera manifestación fue la gran recesión de 2008, pero que ha dado lugar a una serie de crisis encadenadas.

Eso no significa que las privatizaciones o la financiarización se hayan detenido; al revés, quizá hoy sean más agresivas que nunca. Pero sí estamos viendo una fuerte crisis de legitimidad del proyecto neoliberal. Si uno compara la situación actual con la de la década del 90, por ejemplo, cuando el capitalismo neoliberal era hegemónico, en el sentido de que ofrecía un horizonte de futuro compartido por mucha gente, un proyecto de sociedad… bueno, eso ha desaparecido. Toleramos la privatización y el capitalismo financiero porque no nos queda otra, porque no somos capaces de construir una alternativa, pero no son ya proyectos capaces de producir cohesión y lealtades sociales complejas.

Por ejemplo, creo que el fenómeno de las criptomonedas tiene que ver con esto: ya no hay un proyecto de sociedad, sino solo botes salvavidas, a los que quienes se creen más listos que los demás tratan de aferrarse para dejar a los tontos atrás, como una vía de escape individual.

—Vivimos en el capitalismo, así que las crisis y las reestructuraciones son parte de la normalidad. Pero ahora de fondo tenemos nada menos que la posibilidad del colapso ecológico. ¿Cómo podemos construir imágenes concretas que ayuden a aterrizar en la experiencia de la vida cotidiana los efectos excepcionales de esta crisis?

—La crisis ecosocial global es el telón de fondo de esta crisis de acumulación y, cada vez más, de las que vendrán. No hay ninguna discusión posible al respecto. Otra cosa –esta sí muy discutible y llena de incógnitas– es cómo debemos abordar políticamente la crisis. A veces, en la búsqueda de imágenes concretas que mencionas, abusamos de un imaginario colapsista, apocalíptico. Son imágenes muy potentes pero no muy realistas y sí, en cambio, profundamente desmovilizadoras.

Imaginamos la crisis ecológica como el impacto de un meteorito o como un infarto de miocardio, cuando se parece más a una enfermedad degenerativa. Y como el meteorito nunca cae, lo que ocurre es que vamos normalizando la crisis medioambiental y sus efectos políticos, vamos aceptando un escenario de cambio climático, la pérdida de biodiversidad y el agotamiento de materiales, en el que las elites maniobran para mantener sus privilegios a costa de un empeoramiento radical del bienestar y los derechos políticos de la mayoría.

Nuestro gran reto es articular un conjunto de discursos políticos capaces de construir un sentido común mayoritario atravesado por la necesidad de llevar a cabo una transición ecológica igualitaria, un conjunto de imágenes y discursos que no le digan a la gente que somos dinosaurios en proceso de extinción, sino que al otro lado de la transición ecosocialista nos espera una vida mejor, una auténtica vida buena.

—En tus imágenes de cambio social, en cómo concibes los proyectos y las luchas por la emancipación, siempre está muy presente la necesidad de construir instituciones. Es una discusión clásica en el campo de la izquierda y se ha dado mucho en los últimos años. Para muchos, hablar de instituciones es poco alentador, porque se asocian al orden liberal y al reformismo. ¿Por qué la insistencia con ese tema?

—Durante mucho tiempo la izquierda se pensó a sí misma desde una perspectiva antiinstitucional. Esto tiene un lado muy positivo, porque muchas instituciones requieren reformas muy profundas y otras sencillamente deberían ser abolidas. Pero a veces, en ese proceso de crítica, se nos olvidó que las instituciones también necesitan ser cuidadas, reformadas y protegidas. La crítica de las instituciones no puede conducir al nihilismo antiinstitucional. Las instituciones finalmente son el conjunto de normas que permiten la solidaridad social.

Parte de la debilidad de los proyectos emancipadores contemporáneos es una debilidad institucional: la debilidad de los sindicatos, de los partidos políticos, del asociacionismo, etcétera. Una debilidad que en muchos casos tiene que ver con que no nos gustan esas instituciones y queremos crear otras, lo que es perfectamente legítimo. Pero lo que hemos sido capaces de crear es muy débil, es incapaz de hacerse cargo de la vida colectiva. Por ejemplo, a mí me parece muy razonable criticar las instituciones familiares tradicionales, pero si esa crítica se desliza hacia la abolición de las familias, vamos a tener un gran vacío. Entonces, hay que repensar críticamente las instituciones, ponerlas en cuestión, abolir las que haya que abolir, pero sabiendo que en el vacío institucional es muy difícil construir un proyecto emancipador.

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