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Monos. Colombia/Argentina/Países Bajos/Alemania/Suecia/Uruguay/Estados Unidos/Suiza/Dinamarca, 2019.

Un capítulo crucial de la historia de Colombia, prácticamente ininterrumpido desde las guerras civiles del siglo XIX hasta el día de hoy, es el referido al paramilitarismo y las guerrillas de izquierda. Desde que los grandes latifundistas y las oligarquías regionales comenzaron a financiar ejércitos a su servicio, el paramilitarismo comenzó a ser una realidad fuertemente apuntalada en los años cincuenta por los partidos de derecha, que utilizaban a los paramilitares para combatir la insurgencia. Desde entonces, los conflictos entre diferentes facciones militarizadas (liberales, conservadores, extrema izquierda), a los que se sumaron el Estado colombiano y los cárteles, tuvieron las más diversas variables. Como daño colateral, los grupos de disidentes o “residuales”, surgidos por la insubordinación o la desintegración de viejas unidades, suelen causar graves daños y ultrajes a la población civil.

Sin referirse a ningún momento histórico concreto, el relato comienza en lo alto de una planicie de una remota montaña. Se trata de un pequeño contingente militar integrado por adolescentes, no hay elementos para deducir si pertenecen a una facción de izquierda o de derecha. Por ser soldados rasos –los más jóvenes– es lógico que estén ubicados en la retaguardia. A ellos les es encargado el cuidado de una rehén estadounidense secuestrada, así como el de una vaca lechera llamada Shakira, esencial para la alimentación de los soldados. Cuando por accidente esta última recibe un disparo y muere, una serie de circunstancias desafortunadas se precipita sobre los integrantes del grupo, y pone a prueba sus lealtades y su capacidad de obediencia.

El foco centrado en este grupo de púberes, en una ambientación agreste y en situaciones límite que los confronta a unos con otros, recuerda a ese gran clásico de la literatura que es El señor de las moscas, pero quizá las referencias más justas en lo audiovisual sean Apocalipsis Now (1979), de Francis Ford Coppola, y la increíble película rusa Ven y mira (1985), de Elem Klimov. Como en ellas, la aproximación es envolvente, el espectador ingresa a un universo hostil y demencial, pero desde una cercanía por la cual comparte la urgencia y la extrema necesidad de los personajes. Una gran fotografía, que acentúa y ensalza lo ominoso de la tupida selva y de las cumbres montañosas por encima de las nubes, se complementa notablemente con un trabajo brutal de sonido, en el que los silencios son resquebrajados por notas estridentes e inquietantes.Monos es una gran alegoría y, como tal, una película que se presta a interpretaciones variadas. Una escena inicial en la que los personajes juegan un partido de fútbol con los ojos vendados u otra en la que el más pequeño de los muchachos va a parar a una familia “normal” y comienza a ver un programa de televisión sobre la producción de ositos de gelatina a miles de quilómetros de distancia ofrecen múltiples posibilidades de interpretación. La película, en su conjunto, plantea sutiles apuntes sobre la animalidad, la ceguera o la incapacidad general de comprender o juzgar la injusticia neoliberal en la que vivimos inmersos, sobre la vulnerabilidad de una juventud militarizada y carente de afecto –y, por ende, sobre su potencial peligro–, sobre el absurdo de vivir en un mundo globalizado pero crecientemente injusto. Sea cual sea la lectura, es indudable que la película está dotada de una sostenida y enigmática tensión, algo propio de un cine singular, arriesgado, alucinante y ejecutado con una creatividad contagiosa.

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