Crítica de la inmediatez

Booktubers

Hace poco menos de diez años, jóvenes que llevaban adelante recomendaciones sobre libros, series y películas en sus blogs vieron en la plataforma de Youtube una oportunidad para acceder a nuevos públicos. En poco tiempo, surgieron en todo el mundo ejemplos de estos youtubers de libros, que luego se nombrarían como booktubers. En Uruguay, bajo la influencia de referentes virales como la mexicana Fátima Orozco o los españoles Javier Ruescas, Esmeralda Verdú o Sebastián Mouret, surgieron los primeros booktubers y los primeros clubes de lectura, una variante de este fenómeno que consiste en juntarse a leer, analizar, recomendar e intercambiar literatura.

Desde 2017, el Plan Nacional de Lectura en colaboración con el Centro Cultural de España, la Cámara Uruguaya del Libro, las bibliotecas municipales de Montevideo y el Museo Zorrilla llevan adelante un programa que fomenta e incentiva la formación y creación de booktubers adolescentes y jóvenes, y brindan apoyo a sus clubes de lectura. La cantidad de booktubers uruguayos ha ido en crecimiento, surgiendo nombres como Melanie Sanz, Byimpactada, o Zesu. Los clubes están teniendo una participación creciente en ferias del libro y eventos literarios, generando una comunidad de lectura en ascenso.

Si bien aún quedaría por ver el nivel de desarrollo que esta movida puede llegar a tener en Uruguay, es notorio que el campo literario, en su concepción más tradicional, va a experimentar cambios. Del mismo modo que permite que cualquiera cuelgue su video sin intervención de nadie, y que eso llegue directamente a otras personas, la existencia de Youtube hace que no sean los medios de comunicación, la academia, los editores de los diarios o los productores de contenido quienes decidan qué obras se publican y lo que se dice sobre eso. Otra variante tiene que ver con el tipo de discurso que se emplea para pensar la literatura. En el análisis de los booktubers, lo afectivo con relación a la experiencia estética de la lectura tiene un papel preponderante, y se ve reflejado en un tipo de discurso crítico con menos tecnicismos, academicismos y jactancia de erudición. Eso posibilita una comunidad de afinidades con un potencial arrollador.

Lo que podría cuestionarse, observando los videos uruguayos, es el grado de amplitud y diversidad de lo que se recomienda. Es decir, el esquema tradicional, relacionado a estéticas dominantes y hegemónicas, ha restringido el tipo de literatura sobre la que se habla y sobre la que se publica. Se podría pensar que el alejarse de estas relaciones de poder puede significar una mayor apertura a nuevas formas y contenidos, a nuevas voces literarias, nuevas estéticas, a cuestionar conceptos estáticos como los de obra, autor, libro o literatura. Sin embargo, las recomendaciones de los booktubers giran en un universo igual de acotado que el de la hegemonía tradicional, en este caso en torno a los contenidos que suelen publicar los grandes grupos editoriales. Queda claro, haciendo una tremenda generalización, que esta generación le debe más a los libros de J K Rowling, John Green, Verónica Roth o James Dashner que a Roberto Bolaño, Alice Munro, Virginie Despentes o Richard Ford. En países como España, los grandes grupos envían sus novedades a los booktubers, al igual que en otro tiempo se las mandaban a las redacciones de los diarios. Esta amplitud demuestra que los grandes grupos, que son quienes más han contribuido a restringir y acotar la bibliodiversidad, ven en ellos aliados fundamentales.

El fenómeno de los booktubers, por su influencia, recepción e impacto real en las ventas y las publicaciones, tiene hoy una incidencia superior a la de los medios tradicionales. Se podría decir que los grandes grupos siempre se ingeniaron mediáticamente para vender determinados libros más allá de lo que la crítica o la academia pudieran decir sobre ellos. Pero este nuevo fenómeno no sólo está relacionado con el mercado y las ventas, sino que está creando un público, una comunidad lectora que aprende a priorizar ciertas estéticas, combinándolas perfectamente con otros hábitos de consumo.

Sería interesante reflexionar qué de estos nuevos procedimientos críticos puede colaborar con el modo en que se entiende y se realiza el periodismo o la crítica culturales. Aferrarse a una estructura de legitimación de discursos tradicionales, que está siendo ignorada por los nuevos públicos, es una actitud ya no hegemónica, sino ingenuamente residual. Mientras tanto, una troja de jóvenes devoran otros libros, llenan la nube de videos de recomendaciones, hablan de literatura en las redes y en sus clubes, y se entregan a las posibilidades que otorga la lectura como un acto propiciador de conciencia crítica. No entender de una vez que el campo literario empieza a ser muy otro realmente es un problema para generaciones acostumbradas a la crítica más clásica o tradicional, la de las voces autorizadas, la de las grandes firmas profesionales.

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