Aniversario de la Kompanía Romanelli: Cuando el titiritero cumple 30 años - Semanario Brecha
Aniversario de la Kompanía Romanelli

Cuando el titiritero cumple 30 años

Este año, Montevideo festeja 30 años del nacimiento de un teatro de muñecos que lleva maravillando a más de una generación de espectadores. En espacios intersticiales primero, en salas importantes muy rápidamente y en los más grandes e importantes teatros del país, Martín López Romanelli ilumina la noche con una poesía de colores fluorescentes. De su mano, seres siempre fantásticos vienen a colmar de encantamiento la experiencia sensorial de los montevideanos.

KOMPAÑÍA ROMANELLI

El teatro de ritmo lento y sin texto de la Kompanía Romanelli sorprende siempre la imaginación, pero no para excitar y estremecer como si de efectos en la pantalla se tratara, no con el sobresalto de la montaña rusa, que nos suspende frente al abismo para excitarnos con una aceleración desenfrenada. Martín López prescinde del recurso facilongo a la música estrepitosa y al efecto lumínico computarizado.

En una de sus últimas obras, Kodama, concebida en 2020 durante el encierro de la pandemia, el titiritero salió del teatro para invitarnos al parque Rodó. Unos al margen del lago, otros en los botecitos reman para entrar navegando realmente al ficticio mundo de la escena. Un presentador relator se acerca, megáfono en mano, pedaleando sobre el agua a caballo de una bicicleta de ruedas de luz que convierten el agua en nácar. Cual diálogo de ballenas, la música no sigue una forma narrativa, simplemente completa el mundo del agua, que se vuelve blanca mientras los árboles se erigen imponentemente negros. Las criaturas sonoras despliegan un clima tan sereno como el deslizarse de un bote en el estanque.

La noche se despoja de todo fantasma amenazante para volverse acogedora. Estamos juntos, en silencio, de orejas y ojos bien abiertos. La vida comienza a desplegarse, múltiple. Criaturas fugaces trepidan tras los arbustos. Un formidable joven, alado, celeste y rojo desciende sublime entre las palmeras, un repiquetear de bichitos de colores se divierte travieso entre matas…, festival de formas y de colores, fantasía pura atada a una única certeza, están vivas, estamos vivos, la vida es múltiple y colorida. No es poco en tiempos de pandemia.

TEATRO EN TU VENTANA

Desde el inicio del encierro los titiriteros le hicieron un regalo a la ciudad cuando salieron intrépidos a presentar sus espectáculos en calles y placitas, a ofrecer esa vida solidaria a las ventanas de los confinados, una experiencia que repitieron más de 30 veces en los barrios nada céntricos de las cooperativas de Fucvam. Las criaturas que durante tres décadas crecieron y se multiplicaron en los teatros de la capital salieron a la noche para poblar la ciudad. Así se mudó al Jardín Botánico del Prado, que por fin se abrió esa noche y que cada espectador pudo recorrer con su farolito de luz roja o verde atado a una varita, como si la luz pendiera de la punta de un mojarrero. Al borde de una fuente, un guía camuflado de hiedras espera. Un farolito alumbra su cabeza para apenas dejarnos entreverla. ¿Será este hombre la personificación misma del bosque? De su cuerpo brotan enredaderas exuberantes. El jardinero gira y nos conduce por caminos sinuosos, no sin antes abrir ceremoniosamente los telones aterciopelados, rojos y de ribete amarillo, como corresponde, para hacernos entrar al teatro.

El espacio de la dramaturgia y el del bosque se confunden porque cada uno adopta alguna de las dimensiones del otro, así de simple. De repente surge una escena conocida: Biliti emerge entre los árboles. Ese casi niño celeste, de nariz, manos y vivos anaranjados, extiende sus brazos para que en ellos bailen pelotitas verdes, por momentos como peces en un acuario, por momentos como pulgas divirtiéndose. Él no hace sino acompañarlas, acogerlas, disfrutarlas sin sorpresa ni temor. Terminarán por alinearse en los bordes del casi niño antes de retirarse a jugar juntos en la noche. Así, cada vez que miremos el misterio profundo de la naturaleza sin luz, sabremos que seguramente por allí juegan Biliti y sus pelotitas.

Cien metros más allá, en el silencio negro que se despliega al girar detrás de un cañaveral, un cervatillo blanco pace. A su lado, un árbol de flores rojas se ilumina. El ciervito se eleva con delicadeza sobre sus patas de atrás para alcanzar una flor, como si buscase comer una cereza. No. Como si apenas quisiese embriagarse con su olor. El árbol, que teme la dentellada rumiante del ciervo, deja caer todas sus flores en una lluvia roja inevitable. Desnudo el árbol, perplejo el animal blanco. Desde la inmensidad viene Inua, sin invocación alguna, aleteando parsimoniosamente como una mariposa de colores, toca el árbol y cada una de las flores vuelve a su rama. Sin temores, el cervatillo puede disfrutar el perfume rojo de las flores.

Martín López Romanelli durante un ensayo, en París, 2023. GENTILEZA DEL ENTREVISTADO

EL TITIRITERO

Martín López Romanelli tiene una historia que no cabe contar aquí, pues su teatro no resulta de su biografía, sino de su ilimitada capacidad creativa. Niño apenas, aferrado con una mano a la de su padre maestro y con la otra a la de su hermano menor, partió al exilio en Argentina; volvió en plena dictadura de la mano de ese mismo padre a crear, luego de mucha peripecia y de férreos combates, una hermosa familia en el seno de las chacras de Las Violetas, en Canelones; de allí, el adolescente partió a la conquista de la ciudad penetrando valeroso en el mundo del teatro nuevo para preñarlo de muñecos animados. Esos datos biográficos podrían alimentar la fantasmagoría de un triunfador que se hizo solo gracias a la varita mágica del talento y al tesón de la voluntad contra un destino que buscaba acorralarlo.

Tal vez convenga más imaginar al titiritero en su taller del Cordón, buscando cómo diablos resolver el movimiento articular de este animal maravilloso o cómo coordinar los movimientos de cinco o seis titiriteros para que este gigante vuele de verdad ante los ojos alertas de niños, que pueden todavía renacer crédulos pese a la sobresaturación de estímulos de las omnipresentes pantallas. Martín demuestra que para que ellas se apaguen basta con encender una buena poesía mínima acompañada por un silbido en la noche. Un gigante de 10 metros, Aoki, desciende planeando sobre el bosque, camina majestuoso entre los árboles para agacharse delicadamente frente a los visitantes, que tocarán sus manos como si pudiesen por una vez tocar la luz.

El titiritero subió su primer espectáculo a las tablas del teatro nuevo instaladas detrás de la Intendencia de Montevideo en 1993. Casi de inmediato atravesó el río, y varios escenarios porteños y de Córdoba se abrieron a sus muñecos. Siguieron giras en Chile, Paraguay, Brasil. El titiritero había formado una compañía en la que actuaban varios de sus amigos del liceo de Canelones. Los Bosquimanos conquistaron la capital y, con ellos, Montevideo y Uruguay enviaron un teatro nuevo al mundo. Solo entre 2009 y 2012 hicieron giras en Singapur, Corea, Hong Kong, Malasia, Irán, Portugal, entre otros. En España hicieron más de una temporada en Madrid (donde la compañía se encuentra ahora mismo de gira), y en una de las giras actuaron en 75 ciudades de la conquistadora conquistada.

En Montevideo participaron en la función de reapertura del Solís en 2004 con la Comedia Nacional para representar Las mil y una noches. Dos años más tarde los muñecos llegarían con Anuk y el perro para ya no irse nunca de allí. En 2012 sus muñecos bailaron en Cascanueces de Tchaikovsky con el ballet del SODRE y en 2022, con la orquesta juvenil, los títeres reunieron allí a 12 mil espectadores, llenando en siete funciones consecutivas el mayor teatro de la capital. En 2015 tres gigantes sobrepasaron las tribunas del Campeón del Siglo para inaugurar el nuevo estadio de Peñarol. El campeón del teatro dio la vuelta olímpica en el club de sus amores. No es casual que este monstruo de la escena haya recibido cinco veces el Florencio Sánchez, la mayor distinción de la dramaturgia nacional, en 2002, 2004, 2006, 2015 y 2022.

Ni teatro negro de Praga ni totalmente bunraku japonés, ni mangas, ni animés de Hayao Miyazaki, aunque un poco de todo eso habita la obra fantástica de Martín López Romanelli, pintada de arte contemporáneo, sin tropezar en el intelectualismo mundano que tanto corroe ese espacio artístico. El teatro de López Romanelli sale de Uruguay al mundo y a él nunca le alcanzarían los dardos de la certera crítica del sueco Ruben östlund en The Square o en Triangle of Sadness. Tal vez su obra tenga reminiscencias chaplinezcas o recuerdos del mimo Marcel Marceau, pero su escenario rara vez se puebla de otra cosa que no sean muñecos. Nada de actores, los titiriteros en la sombra.

TREINTA AÑOS

En 1992, con apenas 20 años, Martín vivió una experiencia que lo marcaría, como a tanto joven uruguayo y latinoamericano de su generación. Cuatro compañías francesas montaron en Nantes el barco Cargo 92 para acostar en ocho puertos de América Latina, entre los cuales estaba Montevideo. El grupo mítico Mano Negra, el coreógrafo y bailarín Philippe Decouflé, y las compañías de teatro Royal de Luxe y Philippe Genty. Estas dos compañías creadoras de espectáculos con muñecos –la primera en las calles, la segunda en teatros– dejaron brillando los ojos del joven uruguayo, que subió al barco y lo dejó partir atesorando para sí la convicción de que la creación de un teatro propio era posible, incluso en aquel Uruguay que casi nada ofrecía, sino las iniciativas de la entonces joven intendencia del Frente Amplio.

Abril de 2023. El titiritero desembarca en París. Lleva consigo 30 años de experiencia teatral y cientos de miles de espectadores en su haber, también duerme en una carpetita en su mochila un recorte de diario que habla de Philippe Genty en Cargo 92 en Montevideo. Dirección: la calle Saint-Sabin en el barrio de la Bastilla, una parada en el Café de l’Industrie, en la esquina, como para tomar aliento antes de entrar. Así se zambulle Martín López Romanelli en los talleres de Philippe Genty para participar durante un mes de un atelier de dramaturgia con muñecos junto a otros siete titiriteros y marionetistas de todo el mundo.

Inmerso en la experiencia, el uruguayo vivirá las masivas manifestaciones contra la reforma del sistema previsional impulsada por Macron. Lo marca en su mano derecha la violencia de la represión policial, y en el puño de su mano izquierda llevará el recuerdo de la determinación y la creatividad de ese pueblo francés en la calle, con el que revive el Filtro de Montevideo de los años noventa y el Santiago de Chile contra Piñera de 2019. Conmovido, no deja de visitar el mítico espacio de la Cartoucherie y los talleres del Théâtre du Soleil de Ariane Mnouchkine, en el Bosque de Vincennes.

De regreso a Uruguay, Martín López festeja el vigesimotercer aniversario con una botella de Côtes-du-Rhône que trajo en la valija. De los bosques de Fontainebleau trajo cuatro robles que buscará plantar en algún rincón de Canelones. Descorchará allí secretos que ni sus muñecos conocen. Montevideo puede celebrar los 30 años de un teatro único que ya ha dado la vuelta al mundo. Sabíamos que allí viven poetas que escriben con biromes en servilletas y músicos que suspenden el tiempo en redondas con puntillo. Ahora sabemos que los hay que con muñecos pintan la noche de colores.

Artículos relacionados

Hoy se reinaugura el Teatro Escayola de Tacuarembó

El norte también existe

Teatro. En el Teatro Stella: La balada de Johnny Sosa 

Be free

Teatro. En La Escena: Sería una pena que se marchitaran las plantas

Corazón partido

Críticas Suscriptores
Teatro. En la Sala Camacuá: Tocar un monstruo

Alta suciedad

Cultura Suscriptores
Muchachas de verano en días de marzo se ha vuelto teatro

La ciudad y sus opresiones