Cumbia nena - Brecha digital

Cumbia nena

Hasta hace unos pocos años las mujeres eran sólo un decorado en la escena de la cumbia: destinatarias silenciosas de las canciones, pocas habían logrado tener una voz propia. Pero en los últimos años la corteza del patriarcado tropical se ha ido resquebrajando y cada vez más mujeres e identidades no hegemónicas pisan fuerte en un género que parecía ser patrimonio masculino.

Renee Goust. Difusión

Iniciando la segunda década del siglo XXI, cada vez más micrófonos se encienden con mensajes feministas, más pistas de baile se menean con canciones no sexistas y más mujeres se apropian de la escena tropical, haciéndose eco de las palabras que enunció la anarcofeminista Emma Goldman: «Si no puedo bailar, no es mi revolución». ¿Habrá una mejor manera de hacerle frente al patriarcado que cantando y bailando? Suban el volumen, porque estas cumbias están listas para romper la pista y los estereotipos.

RENEE GOUST (ESTADOS UNIDOS-MÉXICO)

Un poco de aquí y un poco de allá, Renee creció entre México y Estados Unidos: «Cruzando la frontera». Eso marcó su identidad cultural e ideológica. Aunque escribe música desde los 14 años, la popularidad le llegó en 2017, a raíz de «La cumbia feminazi», canción que se hizo viral en las redes sociales.

«Y dime, según tú, ¿dónde están mis cámaras de gas?

¿Tu ducha letal sorpresa después de un año de labor forzada?

¿Dónde está tu llanto por un pan?

Ni te agarro a cachazos diario.

Ni te huele a muerte el calendario.

No me llames feminazi, no,

sólo porque mi autoestima ya te amenazó.»

«“La cumbia feminazi” la escribí a partir de una pelea en las redes. Me quedé tan enojada que quise escribir al respecto», cuenta desde Nueva York, donde está radicada desde 2007, aunque la conexión con México siempre está vigente, y más ahora, que ha empezado a acercarse a géneros típicamente mexicanos, como el bolero y la ranchera. «Decidí que los sonidos de esos géneros no tienen por qué estar teñidos de letras tan violentas, machistas y patriarcales. Ahora nos toca a nosotras hablar de nuestros temas», sentencia, con la certeza de que no tiene que pedir permiso, porque hay muchas esperando oír sus canciones.

Combativa pero sutil, no se guarda nada y tiene muy presente que en el camino de la música disidente no sólo hay que batallar arriba de los escenarios, sino también abajo: «En mi disco nuevo trabajé con 22 mujeres y dos personas no binarias, porque siento la responsabilidad de poner el dinero donde está mi boca. Es decir, lo que predico también hacerlo con hechos. Y es difícil. Por ejemplo, para encontrar a una ingeniera en sonido batallé mucho, porque es una industria muy dominada por los hombres». Pero, aunque el camino tenga dificultades, está convencida de que hay un motor de cambio. La comunión colectiva es capaz de producir un efecto avalancha en otras mujeres, porque, como ella afirma, «la fuerza es contagiosa» y ver a más artistas hablando de estas temáticas estimula el empoderamiento: «Cuando antes pensabas que eras la única, empezás a encontrar que hay una comunidad».

Aunque el odio esté a la vuelta de la esquina, asumió la libertad y el deber de hacer algo revolucionario: escribir canciones que den voz a quienes durante años estuvieron callados. Se trata de ocupar espacios haciendo propios algunos géneros en los que las mujeres y la comunidad LGTBIQ no podían siquiera resoplar una nota: «No sé dónde vamos a estar en diez años con esto, pero sí sé que las nuevas generaciones tienen el privilegio, que no tuvimos nosotras cuando éramos chicas, de tener estos mensajes. Y creo que la música refleja la cultura, pero también se vuelve la cultura. Ayuda mucho a normalizar ideas, pensamientos, movimientos. Y parte de la lucha social es eso: normalizar el progreso, la equidad y nuestra voz».

REBELIÓN EN LA ZANJA (ARGENTINA)

Agite, música tropical y mensajes políticos son lo que define a la banda formada por Belu, Caro, Tini y Lelé, que en 2020 lanzó su primer disco, A todo rebelión. El nombre le hace justicia a la banda y sus comienzos: unos cuantos ensayos y rápidamente salir a la cancha para hacer bailar a mujeres e identidades no hegemónicas al ritmo de la cumbia.

«¿Qué te pensás, que me importa encajar?

Yo sólo quiero una birra y salir a bailar,

irme a la plaza a luchar por el aborto legal,

con mis amigas rancheando una costra fumar.

Escupir la heteronorma,

reírme del pecado,

darle un beso a mi novia

y cagarme en el patriarcado.»

Porque, entre sonidos que invitan a la alegría y la euforia, las letras van a fondo con mensajes sobre el feminismo, el lesbianismo, el rechazo al neoliberalismo y la lucha por una sociedad más justa. «Tratamos de dar el mensaje que creemos correcto y no reproducir las cosas que tienen que dejar de existir en este mundo machista y misógino. Ahí está nuestro pequeño aporte al feminismo y a un mundo más justo», explican sobre las letras de sus canciones.

La rebelión de este grupo viene desde abajo, desde lo marginal y el barro, porque la cumbia siempre estuvo asociada a esos términos. De allí la palabra zanja, que acompaña el nombre de la banda: una especie de parodia del libro de George Orwell Rebelión en la granja, en el que los animales se rebelan para liberarse del granjero que los oprime. Como esos animales revolucionarios, Rebelión en la Zanja confía en el poder de la cumbia para transformar realidades: «La cumbia es muy poderosa. Podemos estar cantando nuestras canciones y tener al enemigo enfrente, pero la cumbia le hace un guiño a esa persona para que entre a la fiesta. Y eso es fantástico, porque podés lograr que se cuestione un montón de cosas». Y añaden: «La cumbia da la posibilidad de crear nuevos espacios, donde las personas se sientan seguras de gritar su lucha en absoluta libertad y con fiesta».

Se trata de una banda que dice lo que ve y lo que piensa sin pelos en la lengua, sin tacto, como lanzando un cross a la mandíbula. «Nos inspira lo que pasa en nuestra vida personal y como banda, y también lo que les pasa a las personas que tenemos alrededor. Cuando se trata de algo que nos genera sentimientos muy fuertes, ya sean positivos o negativos, ahí está el envión que nos hace sentarnos a escribir. Como la canción “Rajá de acá”, que escribimos a raíz de experiencias que tuvimos en los escenarios con sonidistas y otras personas que estaban cuando hacíamos las pruebas de sonido», cuentan, haciendo alusión al mansplaining que han tenido que soportar de los hombres que trabajan en el mundo de la música.

Conscientes de que es necesario ocupar todos los espacios posibles, Rebelión en la Zanja viene haciéndose lugar en el mundo de la música: «Está muy bueno que haya cada vez más bandas de disidencias y de mujeres en la escena, que haya cada vez más productores o productoras y sonidistas trans. No se trata de que sean solamente los músicos, porque el mundo de la música no es sólo la gente que está arriba del escenario. Detrás hay un montón de trabajadores que, en su mayoría, son hombres. Esperamos que eso empiece a igualarse». Y la balanza lentamente empieza a estar más equilibrada, porque saben que están haciendo camino en un mundo que hasta hace poco estaba totalmente masculinizado. «Llegar a la cumbia es una conquista. Cada canción que hacemos es una conquista, porque con ella podemos abrazar a otra persona que está pasando por lo mismo y decirle que no está sola en esto. Estamos en el mismo camino de luchar, visibilizarnos y que el mundo nos vea. Creo que la conquista va por ahí, por la posibilidad de hacer canciones», concluyen.

TREMENDA JAURÍA (ESPAÑA)

Al otro lado del Atlántico, un proyecto autogestivo toma cada vez más fuerza. Este colectivo musical compuesto por cuatro personas nació hace casi cinco años en Madrid, pero ya ha recorrido varios quilómetros para difundir su música, que fusiona la cumbia, el reggaeton y otros ritmos tropicales como grito de guerra.

«Mujeres rebeldes dando un paso al frente,

tomando escenarios no vamo’ a parar.

En la pista nos vas a encontrar:

yo decido qué canto y qué bailo.»

Tremenda Jauría hace una música sin etiquetas que invita a bailar desde las trincheras: «Si tuviéramos que definir la música que hacemos, no lo tendríamos claro, aunque la etiqueta que más nos han puesto es la de reggaeton feminista. Pero siempre decimos lo mismo: el reggaeton no es más machista que el resto de los géneros musicales. Son los proyectos musicales los que son machistas y heteronormativos, no los géneros», argumentan, y se alejan aún más de todo encasillamiento posible.

Entre letras reivindicativas, los sonidos tropicales se entrelazan con los electrónicos, lo que da como resultado una música de fiesta con contenido político y sin mensajes sexistas. «Somos una banda que bebe de un montón de estilos musicales diferentes y siempre tenemos muy presentes a las bandas con presencia de mujeres o identidades disidentes: cada vez hay más. Es un lujo formar parte de esta escena», expresan. Las etiquetas no cuadran para nada en el grupo, que escapa de los personalismos. Por eso, siempre cantan con máscaras que les cubren la mitad de la cara. Tampoco se conocen los nombres de sus integrantes, porque consideran mucho más importante el proyecto musical que las personas que lo conforman.

Conscientes de que hay cada vez más proyectos feministas en la escena musical, creen que es el resultado del trabajo que miles de mujeres están haciendo en las calles: «Los feminismos están calando porque la calle está empujando, y los feminismos, que siempre han estado en la calle, ahora están más que nunca. Se nos escucha mucho más y es bueno que haya proyectos musicales que acompañen esta lucha. Hay que seguir ocupando las pistas de baile, los escenarios, la batería, la guitarra, las luces y los puestos técnicos de la música para darle la vuelta».

LA PINGARITA (CHILE)

Música alegre, letras simples, maquillaje y trajes metalizados son la carta de presentación de la banda de cumbia feminista chilena La Pingarita, que se propone hablarle a la mujer trabajadora y llegar con sus letras y ritmos pegadizos a un público popular. «Nos interesa más eso que las personas con conocimientos técnicos del feminismo. Le hablamos a la gente sencilla», dicen sus integrantes.

«Hay un sistema que arrebata,

que no quiere que debata,

me quiere como beata

y no soy esa candidata.»

Ingresaron a la escena musical hace casi tres años y se convirtieron en uno de los pocos proyectos de femicumbia que existen cruzando la cordillera. «En Chile hay pocos proyectos de cumbia que dirijan mujeres. Por eso es tan importante llenar todos los espacios, matizar los discursos. No es que tenga que dejar de existir uno para que exista el otro, sino que tienen que convivir todos. Acá el ambiente musical es mezquino y cuesta un montón. Porque, además de decir un discurso feminista, elegimos que sea un discurso feminista para un público popular», reflexionan.

Saben que el camino que han tomado no es sencillo, pero también tienen la certeza de que los mensajes que emanan de sus canciones son más necesarios que nunca: «Las mujeres tenemos que hablar siempre de nuestras problemáticas, y no sólo las personales, sino también las sociales y las políticas. Para los hombres es un poco más liviano, porque, al cantar sobre temas de fiesta y cerveza, es más vendible. Cuando una quiere cambiar la realidad o aportar a construir una mejor sociedad, casi siempre es más complejo». Su musa inspiradora es la mujer obrera. Sus canciones le hablan a ella: «Queremos valorar, potenciar y enaltecer a esta mujer obrera, que es quien sostiene el mundo. Sobre todo, lo vimos en este tiempo de pandemia: fueron las mujeres quienes levantaron las ollas comunes, quienes cuidaron a los niños y a los familiares, y, además, siguieron trabajando».

El objetivo de La Pingarita es claro: están creando una especie de música pedagógica que, a través de sus letras y ritmos pegadizos, brinda herramientas, habla del día a día, ofrece un oído a la mujer trabajadora para escuchar su historia: «Para que más mujeres se sientan identificadas, tenemos que hablar de ellas y hablar de las cosas que viven. Porque a veces el movimiento feminista no entiende que la mujer obrera aún no comprende algunas cosas, no porque no tenga la capacidad, sino porque no las conoce. Entonces, la pregunta es cómo hacemos un mensaje más popular, más sencillo, para nivelarnos. Necesitamos abrir los ojos, ir al terreno, convivir con esas mujeres».

REBECA LANE (GUATEMALA)

Enciende el micrófono y su voz emerge como una catarata: la guatemalteca de 36 años Rebeca Lane tiene mucho que decir. Sus letras son un grito empoderador que sale desde Centroamérica y se amplifica hacia el mundo. «Estamos creando la memoria histórica de este momento que nos está tocando atravesar como mujeres», sentencia sin titubear.

«Cuéntanos bien, en las calles somos miles,

desde México hasta Chile y en el planeta entero.

En pie de lucha, porque vivas nos queremos,

no tenemos miedo, no queremos ni una menos.»

Su música no viene de la cumbia, sino más bien del rap y el hip hop, géneros hermanos en esto de mantener a las mujeres al margen. Pero Rebeca no es tímida ni de esas que piden permiso. Se abre paso en un mundo que estaba deseoso de escucharla. «En un inicio estaba pensando en mí misma. No sabía que iba a tener una audiencia y que había gente que iba a querer escuchar lo que tenía para decir. Cuando llevaba algunos meses cantando, me empecé a dar cuenta de que había una necesidad en las mujeres de escuchar esto en la música. Y no sólo mujeres: con los años me he dado cuenta de que mi música ha sido muy importante para la comunidad LGBTIQ», recuerda.

De formación socióloga, jamás imaginó esto de ser artista y mucho menos convertirse en un ícono del activismo feminista en Centroamérica. Todo se fue dando de manera casual, allá por 2012. «Empecé en el hip hop como activista e investigadora y luego, como hacía poesía, me empecé a involucrar más en el hip hop y llegó la propuesta para hacer poesía sobre instrumentales del rap», cuenta. Su música es potente, combativa, sin medias tintas. No tiene preámbulos: Rebeca va directo al corazón. «El arte nos permite articular discursos desde lo popular, no solamente desde las cifras, desde el conocimiento académico, sino, sobre todo, desde las vivencias cotidianas, desde esa necesidad de nombrar las cosas, aunque no tengas las herramientas teóricas. Yo creo que esto está dando un espacio para que se puedan articular discursos políticos que no son elaborados porque tienen que ver con los sentimientos, y eso es sumamente importante», reflexiona.

Con el puño en alto, no quiere que la encasillen como pacifista. Viene de la lucha en las calles y la fuerza que la mueve a cantar es la condición de ser mujer en Guatemala. Para ella, hay una única respuesta posible: «Tenemos que sobrevivir, porque este es un país profundamente misógino y violento con las mujeres. En enero hubo 60 feminicidios, y a la fecha hay unas 180 alertas por desapariciones y secuestros. Ahora estamos pasando una ola terrible de violencia contra las mujeres y la niñez, vinculada con las redes de trata». Ante estas injusticias no quiere ni puede quedarse callada, menos ahora que las voces de las mujeres en estos géneros empiezan a escucharse: «Ahora se habla mucho del reggaeton feminista, pero si escuchamos a reggaetoneras de hace muchos años en Puerto Rico o Cuba, ya estaban hablando de temas que hoy vincularíamos con las luchas feministas. Creo que lo que sucede ahora con nosotras es que tenemos quien nos escuche. Y tener quien nos escuche nos brinda un espacio para que seamos cada vez más. Cada vez más mujeres y niñas eligen el arte».

Para fomentar los espacios creativos, fundó el movimiento Somos Guerreras: «No sólo trabajamos en los escenarios, sino también en dar talleres para permitirles a otras mujeres articular sus propios discursos». Articular con otras y construir desde ese lugar es la clave para avanzar: «Mucho de lo que hago en la música se ha nutrido de las personas que me han escuchado, que han conversado conmigo. Y, con los años, las otras mujeres que hacen música se han convertido en referentes. Ver todo lo que estamos logrando da ánimos».

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