Desaparecidos – Brecha digital
Sobre el último libro de Gabriel Gatti

Desaparecidos

No es tarea sencilla encontrar un término que defina el último libro de Gabriel Gatti.1 Al tratarse de un estudio sobre la necesidad de nuevas palabras para comprender este mundo que habitamos, cualquier elección resultará insuficiente. Diría que es un trabajo único en sociología, al menos en la sociología a la que estamos acostumbrados. Por los asuntos que explora, por sus ambiciones conceptuales, por sus abordajes metodológicos y por sus implicancias políticas, no dudaría en señalar que estamos ante un texto extraordinario. No se trata meramente de un trabajo que ilumine lo que está oculto o que pretenda un cierto efecto moral sobre conciencias de clases medias que se sorprenden por las ruinas que encuentran a la vuelta de la esquina. De lo que se trata aquí es de hacer de la invisibilidad, el abandono y el sufrimiento el asunto central de la investigación, y plantear que para esas realidades no tenemos palabras ni conceptos.

Este libro habla del concepto de desaparecido. El origen de esta historia se remonta a las experiencias de terrorismo de Estado vividas en el Río de la Plata, pasando por su universalización y formalización en instituciones y convenciones que han permitido el reconocimiento de esa categoría. Estos desaparecidos siempre tuvieron nombre, nunca dejaron de ser recordados, sus vidas canceladas estaban en el centro, y sobre ellas más que barbarie lo que hubo fue un tenebroso ejercicio de racionalidad exacerbaba. Gatti admite una suerte de «dialéctica de la ilustración» para tratar de entender los nexos entre las pretensiones de orden y poder y la desaparición forzada. Por cierto, un nexo siempre latente hoy en día a través de las lógicas del control y del vigilantismo que pueblan de nuevos enemigos la voracidad de las burocracias.

Pero los desaparecidos en la actualidad tienen otro alcance. Nos enfrentamos a un mecanismo, silencioso, que produce abandono. Se trata de vidas que no se cuentan y que pasan bien lejos del centro, al otro lado del borde. Están allí y nadie las ve. Vidas que no lo son o muertes que nuca fueron vidas. En este punto, Gatti hace un ejercicio de ampliación o, mejor será decir, de reivindicación del concepto de desaparecido. Y la primera tarea es tratar de comprender las diferencias, que son muchas, entre las viejas y las nuevas desapariciones. Aun así, el autor no tiene ninguna necesidad de forzar conceptos, pues la idea de desaparecidos viaja por todos lados y recala, con gran éxito, en los lugares más variados. En el mundo de hoy, son muchos los que se apropian del concepto de desaparecido, y en esa expansión Gatti persigue rumores y se aproxima a nuevas realidades. La tarea de investigación es ardua, pues los desaparecidos de ahora no tienen trayectorias claras, ni narrativas asentadas, ni militancias que los recuerden, ni agentes que los formalicen. Más que discursos enteros y fotos completas, la sociología tiene que estar más orientada a las «pinturas de paisajes precarios» y entender que un objeto que está en permanente descomposición exige textos que reflejen esos movimientos. Seguir la estela de los nuevos desaparecidos demanda otra sociología.

El viaje de Gatti comienza por los «jardines montevideanos», abandonados y llenos de presencias que nadie entiende, recala más tarde en plantaciones en República Dominicana, esos «jardines de esclavos» donde la exclusión es integral y la desaparición es constitutiva, explora los mundos de los cuerpos usables y las vidas descontadas en España (los casos de los bebés robados) y en Brasil (la calle, la favela y la intemperie lo remiten a una fosa común con cuerpos sin nombre). Los intentos de cartografiar trozos de desaparición lo llevan a Melilla, a Bogotá y a varios lugares de México, ese «país desaparecido» en el que caben los femicidios, los trabajos forzados, las mujeres en situación de trata, la esclavitud, los migrantes esfumados, los cuerpos decapitados, la acción represiva del Estado y la violencia de los agentes privados. México, ese país de «las 2 mil fosas», logra interpelar al investigador al punto de dejarlo sin recursos de interpretación.

Semejante empresa solo puede sobrellevarse mediante una amplia metodología. El texto está construido con materiales que provienen del relato autobiográfico, de la etnografía rápida, de la capacidad de situarse y seguir rumores, de la inspiración de crónicas y trabajos periodísticos, de forzar el lenguaje y de mezclar recursos novedosos a la hora de contar. La sociología se abre a la influencia de otras disciplinas, y el autor asume el camino de la autorreflexividad cuando aborda los abismos mexicanos mediante una «cartografía afectiva» en la que caben el miedo, el desborde, el asombro, el rechazo y la tristeza.

El libro de Gabriel Gatti persigue un objetivo claro: codificar las distintas formas del abandono, entender lo que no se entiende y pensar a los vivos que no tienen vida o a los muertos que tampoco la tuvieron. Bajo esta idea, el abandono parece configurar una totalidad en sí misma, por fuera de la totalidad visible que abarca al mundo protegido. Además de su objetivo, la investigación enfatiza un reconocimiento: no tenemos lenguaje ni conceptos para comprender estas realidades, la sociología de siempre ya no nos sirve. Tal vez Gatti tenga razón, aunque es probable que el problema no sea solo de la sociología, sino del lugar más general en el que estamos parados para ver lo que no podemos ver. Gatti nos deja en el borde de un problema sin demasiadas pistas claras sobre cómo seguir.

Sin embargo, el libro nos conduce a una silenciosa verificación. Cada narración, cada caso explicitado nos llevan a un punto duro, a un núcleo estructural, a algo ya viejo y solidificado. Las distintas formas de desaparición tocan la exclusión social, la desigualdad socioeconómica y racial, el dominio colonial, la explotación, la migración incontrolable, la dominación que ejercen las instituciones que administran la vida y la muerte, el dualismo estructural de países pulverizados por la violencia de las economías ilegales. La búsqueda de nuevos lenguajes no puede eludir del todo las viejas referencias. La intención de descifrar fragmentos y de reconstruir los pedazos de este mundo inhabitable adquiere todo su sentido si contribuye a entender esos mecanismos que sostienen las contradicciones más profundas. No sabemos si ese es el sentido que persigue el autor, pero al menos se trata de una posibilidad que advertimos.

Incluso podríamos ir un paso más allá: ¿ese centro integrado, optimista, de sujetos liberales que confían en sí mismos no es el que produce esos bordes, esos espacios de desaparición? ¿No hay margen para pensar una nueva dialéctica de la ilustración? Producir y negar al mismo tiempo lo que se produce, producir y hacerlo desaparecer, ¿no es acaso el rasgo más característico de estos tiempos? Un mundo de hipervisibilidad, en el que todo está cartografiado y vigilado al instante, logra que espacios enteros de desapariciones se caigan de los mapas. Nadie lo registra y a nadie le importa. En definitiva, el mundo se sostiene porque las contradicciones más fundamentales también están desaparecidas. Están y gravitan, pero parece como que nunca hubieran estado. No hay dudas de que la sociología de los fragmentos tiene mucho trabajo por delante, sobre todo porque cada fragmento nos remite a una realidad sólida e infranqueable. ¿Será que los desaparecidos de hoy en día nos llevan a las fronteras de esa totalidad escindida e irreconocible, para la que también necesitamos nuevos lenguajes?

La noción de desaparecidos se muestra, pues, como un auténtico desafío conceptual. Y en ese viaje, Gatti no está solo, otros lo han intentado antes: Jacques Rancière y «los sin parte», Zygmunt Bauman y «las vidas desperdiciadas», João Biehl y «las zonas de abandono», Loïc Wacquant y «los márgenes de la miseria», Judith Butler y «la precariedad vital». En cualquier caso, se trata de entender algo que escapa por completo a nuestros registros. Pero la idea de desaparecidos es un significante flotante que se adapta a muchas cosas, y esas cosas tienen en común los mecanismos que producen el abandono, unos mecanismos que vinculan complejamente el centro con los bordes, los mapas con todo lo que se sale de ellos. Las violencias de todas las desigualdades son las que permiten los desaparecidos de hoy en día. Por lo tanto, es inevitable que el desafío conceptual derive en un desafío político. No sé si Gatti ha querido llegar tan lejos, pero con su estupendo trabajo todas las puertas quedan abiertas.

1. Gabriel Gatti, Desaparecidos. Cartografías del abandono, Turner, Madrid, 2022.

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