Desde el sufrimiento, la luz

En cartelera: “Van Gogh, a las puertas de la eternidad”.

"Van Gogh, a las puertas de la eternidad”.

El pintor holandés de la oreja cortada y los colores deslumbrantes es posiblemente el artista plástico que más ha conmovido, incluso a gentes muy alejadas del mundo de la pintura. El cine ha dado cuenta puntualmente de ese potencial artístico-afectivo. Vincente Minnelli (Sed de vivir, 1956), Robert Altman (Vincent y Theo, 1990), Akira Kurosawa (episodio de Los sueños, 1990), Maurice Pialat (Van Gogh, 1991), Kobiela y Welchman (Loving Vincent, 2017), además del cortometraje de Alain Resnais de 1948, se ocuparon del artista torturado y pobre entregado a la pintura y a una forma particular de estado mental ‒no escribo “locura” porque no soy quién para dictaminarlo‒. Julian Schnabel, pintor y cineasta, que ya en Basquiat (1996) se había ocupado de la vida de un artista talentoso y malogrado, en ese caso por las drogas, acomete su Van Gogh con la mirada de alguien para quien también el mundo de las formas y los colores, y su relación con la vida y los sentimientos de quien los crea, alcanza una dimensión particular.

Este Van Gogh de Schnabel es un ser especialmente frágil, con la expresión de un niño herido, prendido a su mirada y a sus pinceles como una forma de sobrevivir, encarnado por Willem Dafoe –ese actor de cara angulosa que supo ser Jesús, supo ser agente federal en el sur racista, supo ser vampiro, supo ser el Duende Verde, supo ser el poeta Elliot, ¡supo ser Pasolini!, entre muchos otros– de una manera tan intensa que es fácil olvidarse de que tiene casi treinta años más que el personaje que interpreta. (También es fácil olvidar que Van Gogh era tan joven: su autorretrato no trae a un hombre de treinta y pico de años, sino a alguien mucho mayor; el sufrimiento envejece.) Con un guion en el que, junto con Schnabel y Louise Kugelberg, participó el gran Jean-Claude Carrière, la película busca artilugios que trasmitan al espectador las sensaciones físicas y anímicas de Van Gogh. El hombre camina y la cámara se le pega, siguiendo su tranco, marcando la potencia de sus pisadas. El hombre discute con Gauguin (Oscar Isaac, para la ocasión) y la cámara se acerca para encuadrar los dos rostros contrastantes, siempre angustiado el de Van Gogh, siempre bon vivant el de Gauguin. El hombre se entrega a mirar un paisaje, que luego será objeto de un cuadro, y la cámara enseña el paisaje real despojado casi de colores, para dejarle al cuadro que estalle en ellos. El color no está en el paisaje, sino en la mirada y los pinceles de Van Gogh. Que repite con la aplicación y la tozudez de un niño –ante Gauguin, ante el cura que decidirá darle el alta de un manicomio– que eso, lo que ve su mirada y cómo lo plasman sus pinceles, es lo que él quiere regalarle al mundo. Lo consiguió, y cómo.

A pesar de todas las películas y todo lo que se ha escrito sobre este pintor, más allá de lo general que todo el mundo sabe, nunca intenté ir ni un poquito más allá en su biografía, sobre todo porque, con esos datos generales, ya estaba avisada de que iba a encontrar dolor y más dolor. Por tanto, hay datos que aporta la película que no sé si provienen de la realidad o si son una fabulación del libreto. ¿Van Gogh no se mató, sino que fue víctima de dos chiquillos crueles? ¿Pudo hacerse un velorio así, con el pálido cadáver en su ataúd, rodeado de sus cuadros, que los visitantes contemplan y sopesan sin mirar al muerto, o es un delirio reivindicatorio de Schnabel sobre quien vivió y murió pobre, y dejó, sin saberlo, un legado millonario? Y lo más importante: ¿nunca fue Van Gogh feliz, nunca amó o fue amado? ¿Cómo tanta luz pudo salir de un espíritu atormentado? Esa pregunta, pese a los muy apreciables esfuerzos de Schnabel, sigue sin ser contestada.

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