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El arte sana

“Terrorismo emocional”

Esta ópera prima de Josefina Trías, quien inicia su camino de dramaturga con este texto y también lo protagoniza, pone el énfasis en lo íntimo. Tal vez sea el resultado de comenzar a trabajar sobre la propia voz, quizás también por las influencias de maestros como el dramaturgo Sergio Blanco, quien explora y enseña sobre la autoficción en la búsqueda de ese yo poético. En Terrorismo emocional la intimidad se pone en escena a partir de las anécdotas de Clara, una joven que luego de romper una relación de pareja busca reinventarse. Aun sin conocer detalles del universo gestado por Trías, la estructura textual deja ver que se trata de una escritura trabajada en el tiempo. Muchos pasajes toman un vuelo de stand up que desarrollan situaciones surgidas del desamor femenino, y es destacable el proceso realizado junto al director Bruno Contenti para buscar un hilo conductor en las diversas emociones que expresa Clara. La amalgama del trabajo en dupla arroja un resultado muy interesante en escena; al tratarse de un texto propio, la actuación de Trías resulta fresca y certera como representante de su generación, mientras que la atmósfera intimista creada por Contenti devela una mirada plástica y detallista para comprender los estados de su personaje y contenerlo. La pieza, que cuenta con la participación de un músico en escena (Leandro Aquistapacie, en teclado), adquiere la forma de una detallada composición. Resulta una excelente introducción el inicio, mientras se acomodan los espectadores, con la canción “One”, que recuerda la interpretación de Aimee Mann en la película Magnolia (1999). Suma en esta impronta musical el talento vocal de la actriz, que también es cantante y participa como corista en la banda Otro Tavella & Los Embajadores del Buen Gusto.

La voz generacional se multiplica y se afianza en este intento de comprender cómo se vive el desamor. Desde un lugar más carnal, el personaje se aferra a un colchón de dos plazas, sitio donde supo vivir lo más pasional de aquella relación y que ahora se vuelve su refugio de confesiones y estados depresivos. La obra, sin embargo, escapa de transitar la ruptura sólo en un tono dramático, sino que encuentra su fuerte en el humor que surge de las situaciones más desopilantes que el personaje rememora o imagina. La intimidad aparece no sólo en los elementos desplegados sobre el escenario (colchón y ropa de cama, vestimentas del personaje, calzados, luces tenues, diarios y libretas, todo en tonos blancos y sepias), sino en lo que el personaje cuenta a su público y en su forma de habitar esa escena de manera frontal y despojada, generando una sensación de “entre casa” que construye una fuerte cercanía con los espectadores. La intimidad surge también desde la presencia de lo corporal en las situaciones planteadas. Hay en el discurso del personaje una mirada sobre el cuerpo femenino, y no desde la perspectiva de una posición feminista sino desde la naturalidad de transitar ese desamor perteneciendo a un género que determina sus vivencias.

Terrorismo emocional es además un juego de autoficción que coquetea con ese límite sin dejarlo claro. La protagonista es escritora (tal vez dramaturga) y toma como estandarte la máxima “el arte sana” para iniciar su camino de resiliencia. Y vaya si da sus frutos, ya sea resultado o no de un verdadero desamor, la pieza que iniciaba su camino con cuatro funciones ya lleva tres meses en cartel. Una buena oportunidad para ver un trabajo que, si bien tiene mucho de iniciático, explota todo el potencial de la escena en un muy cuidado trabajo en equipo.

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