Quien haya visto u oído a Luis Pereira Severo leer su poesía en un evento en vivo o en algunos de esos videos que circulan por las redes sociales habrá apreciado que, a diferencia de otros poetas que declaman sus textos con aparatosos gestos performáticos y ademanes sobrecargados, el bardo oriundo de Paso de los Toros desgrana su poesía con una actitud cuasitelegráfica, sin subrayados en la entonación ni repentinos brotes de emotividad. Ese modus operandi al momento de poner en voz lo que originalmente fue escrito para ser leído tiene la particularidad de ubicar en primer plano a las propias palabras, exentas de cualquier cobertura retórica, como monolitos de sentido en sí mismas.
Lo anterior viene a cuento de Diario del forastero. (Partitura/reversiones), el flamante libro de Pereira Severo, montado en siete secciones que ofician de puerta de acceso al taller de trabajo del poeta y reafirman lo que Helena Corbellini sostiene en el prólogo, al presentarlo como «nuestro contemporáneo más arriesgado porque hace uso de una lengua escrita en constante experimentación gramatical, sonora, visual, semántica». La poesía de Pereira Severo se sostiene en un permanente tráfico y rescate de palabras que refuerzan su pertenencia y pertinencia como unidades de la lengua, de ahí su recurrencia a omitir muchas veces los verbos para que sustantivos y adjetivos caigan sobre el papel por su propio peso, sin la atadura a estructuras más complejas. Es como si el poeta quisiera responder vía escritura a aquella pregunta fundamental de don Juan Filloy: «Si tenemos un idioma de unas 70 mil palabras, ¿por qué nos vamos a conformar solo con usar 800?».
La construcción de un poema sin acción, que agrega elementos al «braserío del lenguaje», queda especialmente graficado en los insultos alfabéticos de una de las piezas de la sección «(Injurias)», en la que, además de armar secuencias como «mal parido mentiroso mierda/ microbio/ mamarracho mugriento merluzo/ mal cojido», el poeta rescata y vuelve literatura vocablos como falluto, pichi, lambeta, piojoso y vejiga. A eso se suman palabras como butiaces, chirolas, mugrero y sancocho, de las muchas que pueden espigarse entre las páginas de este libro que celebra la lengua y vuelve al idioma un organismo vivo.
También cruzan este Diario del forastero varias reescrituras y homenajes: entre las primeras, pueden citarse una variación del poema más famoso de Allen Ginsberg («He visto a las más valiosas mentes de/ la poetry nacional ansiosas por el/ Premio Municipal…») y otra de «Poeta se ofrece (con referencias)», de Néstor Groppa («Hago versos sencillos/ arreglo enmiendo cocina/ cama afuera/ lustro la palabra la esmerilo/ todo garantizado…»); entre los segundos, los más recurrentes son los fallecidos Haroldo Conti y Gabriel Di Leone, que esperan a Pereira para comer un asado en La Paloma mientras que otro vate, Gonzalo Fonseca, «dispone el bife de vacío el beberaje».
Permítaseme concluir esta acotada reseña citando en su totalidad uno de los poemas de Diario del Forastero, «Datos para que Peláez escriba mi necrológica», que no solo ejemplifica lo antes mencionado, sino también, y sobre todo, su humor, otro destacado rasgo de estilo de Pereira: «Poeta maldonauta/ empleado de la empresa proveedora de/ electricidad. /redactor de diarios del interior./ ha sido metodista/ deshollinador./ empleado de la pesca./ ferroviario./ tablerista.// poeta local./ carente de abolengo».







