Historiadores mueren todas las semanas, tal vez todos los días, en alguna parte, sin que la noticia del hecho circule más allá de los pasillos donde se cruzan quienes fueron sus colegas. A veces, pocas, se entera todo o casi todo el microcosmos del oficio, pero para que eso ocurra hace falta un sólido renombre ganado en vida, con obras o ideas, por ejemplo, que se haya vuelto importante citar. Mucho más inhabitual es que la muerte de un historiador merezca la atención de círculos más amplios, se comente en redes sociales, aun de manera homeopática, y –valga el perfume algo anacrónico de la expresión– salga en los diarios. Esto, que tiene la frecuenciade un cometa, es lo que ha ocurrido con Carlo Ginzburg, y lo notable del asunto es que se ha producido en virtud de su condición de historiad...
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