Hojas de otoño, de Aki Kaurismäki: El cine que amamos - Semanario Brecha
Cine. Hojas de otoño, de Aki Kaurismäki

El cine que amamos

MALLA HUKKANEN

Hay películas que nos ayudan a recordar por qué amamos el cine. No son necesariamente mejores o más interesantes o importantes que muchas otras, pero tienen esa cualidad. No me refiero a aquellas que consideramos buenas o muy buenas, o que nos sorprenden por la utilización inteligente de uno u otro recurso, o que se convierten en hitos por su relevancia histórica, o que logran transmitir muy bien ciertas ideas políticas, o que son hilarantes, o bellas, o perfectas. No. Hablo de materiales que no son nada de eso –Hojas de otoño es, al fin y al cabo, solo una película de amor–, pero que, misteriosamente, nos reconcilian con el cine porque corroboran, en medio de la barahúnda audiovisual en la que estamos metidos, su persistencia como disciplina artística, una en la que es posible encontrar sesgos de autenticidad y autoría que verdaderamente corren en paralelo a las modas formales, a los temas del momento, a los últimos avances técnicos, a los chistes fáciles, a las guiñadas irónicas. Es que una película es un trabajo colectivo que se lleva a cabo gracias a una enorme cantidad de negociaciones –económicas, ideológicas, estéticas– y eso suele dejar poco lugar a los caprichos, a esas experimentaciones con la puesta en escena que nos obligan a respirar el sutil tufito de la originalidad hasta que se nos queda pegado a la nariz. Kaurismäki, además –como buen tanguero–, es un tierno: entiende que hacer lo que le da la gana será el camino para emocionar a los espectadores, y confía en su peculiar y austero sentimentalismo para conseguir que la magia suceda. De ese modo, Hojas de otoño es una película pequeña en la que no pasa demasiado, pero que, a partir de los detalles, en el estilo tan neutro de la actuación, en la condición de clase que se delata en las palabras y los cuerpos de sus protagonistas trabajadores, consigue construir una belleza tan romántica como extraña, que se posiciona consistentemente lejos de cualquier tipo de pose, huyendo de solemnidades o estereotipos.

Otra vez la ciudad de Helsinki es el callado, mugriento y gris escenario en el que se encuentran los protagonistas del director finlandés: Ansa (Alma Pöysti) y Holappa (Jussi Vatanen). Él tiene trabajo pero es un borracho, y la adicción le jugará malas pasadas. Ella trabaja en un supermercado hasta que la echan por una causa muy tonta: un empleado de seguridad la delata por querer llevarse a casa un sándwich vencido, que iba a terminar en la basura. Kaurismäki denuncia las relaciones de clase dentro del capitalismo con un tono levemente absurdo, que evidencia la idiotez sistémica sin necesidad de recurrir a énfasis, más que aquel que la fotografía y el montaje construyen con la composición de los encuadres y las duraciones de los planos. A pesar de que a veces los chistes son rotundos y evidentes, en la mayoría de los casos se trata de un humor destilado, causado por esa especie de rigidez que tienen los rostros tanto cuando se enfrentan a situaciones cotidianas (en un bar de karaoke, en un vestuario de fábrica) como a las que son verdaderamente dramáticas (un deprimente desencuentro, un espantoso accidente). Lo mismo pasa con el amor, no hay ni un beso en toda la película, mucho menos una escena de sexo. Todo está teñido de esa grisura tonal, de esa tranquila imparcialidad, de modo que, cuando la trama se anuda y se vuelve necesario introducir un cambio, es posible llegar a un clímax dramático con casi nada, con un mínimo gesto –esa guiñada del final, qué cosa más hermosa–.

Tal vez sea ese uso tan consciente del montaje, de la dramaturgia, lo que nos causa la sensación de estar asistiendo a una experiencia netamente cinematográfica. Eso que nos abraza y nos hace sentir, con aliviada sorpresa, que lo que estamos viendo es cine de este tiempo, pero es uno que no necesita drones, ni espléndidos movimientos de cámara, ni actores megafamosos, ni gestos ultravanguardistas. Cine, eso. Quizás la clave se esconde en las numerosas citas a directores clásicos, tan respetuosas y brillantes, o en las referencias a los amigos, como Jarmusch, o en la capacidad de hacer que algo tan trillado y simple como la aparición de un perrito se convierta, en el momento justo, en un golpe directo al corazón. Cine, eso. Eso que amamos.

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