El desafío urgente del cambio climático

Último aviso

El panel de especialistas de la ONU demostró de forma inequívoca que el planeta ya sufre cambios «irreversibles»  con consecuencias a nivel global. Aún pueden evitarse escenarios peores, pero serán necesarios cambios radicales.

Poblado de Greenville, en el norte de California, luego de ser destruido por el incendio Dixie en agosto Xinhua, Dong Xudong

«Es un hecho». Así de tajante se muestra el IPCC, el panel de científicos de Naciones Unidas especialistas en cambio climático. En el nuevo informe elaborado por el Grupo I de este colectivo de expertos se recoge que no hay margen de maniobra para empezar a trabajar en «reducciones fuertes y sostenidas» de las emisiones de carbono si realmente se quiere evitar superar un aumento de 1,5 grados de la temperatura global del planeta, más allá del cual las consecuencias serían especialmente catastróficas.

El trabajo, que ha llegado con retraso por culpa de la pandemia, vio la luz finalmente a principios de agosto tras el visto bueno de los 195 países que forman parte del IPCC. El informe, el primero de una serie de tres, llevó casi siete años de investigación y su publicación, además, se ha dado justo tres meses antes de que tenga lugar la cumbre internacional del clima COP26, que se celebrará en Glasgow, Reino Unido.

NO ES UNA UTOPÍA

La subida del nivel del mar, las olas de calor extremas en países cada vez más acostumbrados a padecerlas, sequías severas, la destrucción de la biodiversidad o el deshielo en la Antártida, entre otros, son cambios palpables que, de acentuarse, llevarían a un punto de no retorno. Para comenzar a revertirlos, dice este primer informe, se necesitan «reducciones fuertes y sostenidas» de las emisiones no solo de dióxido de carbono, sino también de otros gases de efecto invernadero, especialmente las de metano, generadas por las actividades agrícolas y ganaderas. Limitar las emisiones de metano, dijo recientemente el copresidente del Grupo de Trabajo I, Panmao Zhai, «podría tener beneficios tanto para la salud como para el clima», y avisó que «el cambio climático ya está afectando a cada región de la Tierra de múltiples maneras».

La gran pregunta es si la humanidad aún está a tiempo de dar marcha atrás. A pesar de las alertas que se repiten año tras año, no ha habido hasta ahora cambios sustanciales. Pero el grupo de expertos deja entreabierta una grieta de luz. Si se actúa rápido, por ejemplo reduciendo las emisiones de metano, que permanecen menos tiempo en la atmósfera que las de dióxido de carbono, los beneficios para la calidad del aire llegarían de manera relativamente rápida, con «unos 20 a 30 años» para que las temperaturas globales «se estabilicen». Valérie Masson-Delmotte, otra de las coordinadoras del grupo de científicos, dijo que «si se redujeran las emisiones netas a cero en 2050, podríamos mantener las temperaturas cerca de 1,5 grados» de aumento.

Pero ese escenario, que antes era considerado pesimista, hoy luce como optimista. Para que la temperatura global se acreciente 1,5 grados centígrados solo faltan unas décimas. Desde la época preindustrial, el aumento ya ha sido de 1,1 grados. El estudio evoca también escenarios negativos según los cuales un aumento de la temperatura global de entre dos y cinco grados no es descartable. Y si se llegara a eso, las olas de calor destruirían zonas agrícolas enteras, con las consecuencias que ello puede acarrear sobre la alimentación y la salud.

Los expertos manejan desde hace años nociones como presupuesto de carbono, definida como la cantidad de carbono que puede emitir un país en determinado período para asumir ciertos objetivos, en este caso mantener el aumento de las temperaturas globales en un máximo de 1,5 grados centígrados. Para conseguirlo, dice el IPCC, no se deberían usar más de 300 gigatoneladas de carbono de aquí a finales del siglo. Actualmente, en todo el planeta se emiten unas 40 gigatoneladas por año. A ese ritmo, en 2029 ya se habrían superado las 300 gigatoneladas…

HUELLA HUMANA

Los expertos concibieron su informe también como una respuesta, documentada y cifrada, a todos aquellos que niegan la realidad de la crisis climática. El grupo de científicos considera que la intervención humana «ha calentado la atmósfera, el océano y la tierra generando cambios generalizados y rápidos». Es «inequívoco», dicen. Y sentencian: «Algunos de los recientes extremos de calor observados en la última década habrían sido extremadamente improbables sin la influencia humana en el sistema climático».

Algunos de estos «cambios generalizados» han dado lugar a fenómenos meteorológicos y climáticos extremos en todas las regiones del planeta. El informe se difunde en un momento en que muchos países están viviendo inundaciones, sequías, incendios de una amplitud desconocida o con una frecuencia mucho mayor que la habitual, desde las lluvias torrenciales en India o Alemania hasta la ola de calor extrema en Canadá o Estados Unidos, pasando por los incendios en la Amazonia, en Turquía, en el Mediterráneo, especialmente en Grecia, Italia o España, que han visto cómo sus bosques ardían en el que ha sido el mes de julio más caluroso de la historia.

«Los procesos que han dado lugar a esta situación son dos», cuenta Marc Castellnou, encargado del Área del Grupo de Actuación Forestal de los Bomberos de la Generalitat de Cataluña. Castellnou, que al mismo tiempo ha investigado a nivel internacional la evolución de los incendios, apunta, por una parte, a la «creciente urbanización de las sociedades», es decir, al vaciamiento constante de las zonas rurales, que ha abierto el paso a una continuidad «ingente» de masa forestal. Esto se solapa con el cambio climático y sus efectos. «Los bosques actuales se están quedando fuera de rango climático, es decir, nacieron en un clima y están creciendo en otro», explica el experto.

El año que marcó un punto de inflexión en materia de incendios a nivel planetario fue 2017. «Ahí lo notamos como un hecho real y dijimos: “Esto ya está aquí”», reflexiona Castellnou. Las primeras alarmas saltaron en Chile. «Luego pasó en Sudáfrica, Canadá, Australia, California, Bolivia, y este año vemos episodios similares en Europa», dice el técnico catalán. El experto establece, sin embargo, diferencias entre lo que ocurre en América del Sur y en Europa. «En el primer caso hay una sobreexplotación forestal, es decir, se quema la selva para plantar más. En Europa los bosques son estáticos y los incendios no están gestionados, bajo la falacia de que ya los pararán los bomberos y de que no tienen una carga de combustible tan alta que no se puedan parar».

Todos estos fenómenos se explican por determinadas concepciones, por determinados modos de producción que conllevan un aumento del consumo. «Queremos tener cerezas en el plato todo el año y esto no es posible porque hay un clima, unas estaciones determinadas», dice Castellnou, y apunta directamente a aquellos países ricos, fundamentalmente occidentales, que arrasan con los bosques en otras zonas del mundo, a miles de quilómetros, para tener plantaciones de ciertos productos. En América Latina, por ejemplo, las consecuencias de estas prácticas «son dramáticas, con poblaciones obligadas a desplazarse». «Es un colonialismo impuesto a través de quien puede pagar el producto», dice.

En Europa, uno de los fenómenos más preocupantes es la despoblación de las zonas rurales. «Hemos pasado del 30 al 60 por ciento de masa forestal», detalla el experto. Y agrega: «Solo nos acordamos de estos bosques abandonados cuando arden, y no cuando son abandonados porque los jóvenes no encuentran formas de quedarse y vivir ahí. El cambio climático lo hace evidente, pero el fondo es la percepción y la forma que tenemos de vivir en los bosques».

ACTUAR HOY MISMO

En su documento, el IPCC se limita a analizar la situación pasada y presente e intenta prever el futuro. Las soluciones, dicen sus integrantes, tienen que venir de quienes toman decisiones, en primer lugar de los políticos. «Este informe refleja un esfuerzo extraordinario en circunstancias excepcionales», defendía Hoesung Lee, presidente del IPCC. «Los avances en la ciencia del clima que presenta suponen una aportación inestimable para las negociaciones y la toma de decisiones sobre el clima», dijo durante la presentación.

«Hay cosas que ya no se pueden salvar, es lo que dice el IPCC, pero esto no quiere decir que se nos haya hecho tarde para frenar algunos impactos del cambio climático, es decir, actuar», señala el ambientólogo Andreu Escrivá. «Tirar la toalla no es una opción», agrega, pero para poder actuar hay que ser capaz de admitir lo que está sucediendo. «No actuamos porque no acabamos de percibir la realidad y la magnitud, pero que no lo veamos no quiere decir que no exista», apunta el experto. Sin ir más lejos, en España el verano dura cinco semanas más que cuando él nació, ejemplifica. Y eso tiene consecuencias en todos los ámbitos. Escrivá fustiga sectores y hábitos concretos, como el tipo de alimentación y consumo, el turismo de masas y la movilidad internacional –sobre todo la aviación–, que deberían ser transformados, ya que ayudan al incremento de los gases contaminantes y de efecto invernadero. También el mundo de la digitalización tiene su cara oculta. «La minería necesaria para construir las nuevas tecnologías, el consumo de energía… Pensamos que por tenerlo todo en la nube no se contamina, y no es así», sostiene.

Escrivá lanza al pasar un dardo a decisiones políticas recientes en España, como la pretensión de ampliar los ya enormes aeropuertos de Barcelona y Madrid. «En un momento de cambio climático acelerado, no es compatible seguir ampliando infraestructuras fósiles como un aeropuerto. No tiene ningún sentido y haríamos bien en asumirlo cuanto antes», señala.

¿Cómo hacerlo? Escrivá cree que si bien toda acción individual suma, «solo la colectiva transforma». No vale de mucho que un individuo aislado divida la basura entre orgánica y no orgánica si no hay un sistema para tratar globalmente los desechos. «Yo no quiero que individualmente estemos preocupados o nos pongamos medallas; creo que lo que sería efectivo es que haya un cambio sistémico de muchos aspectos: agroalimentario, de movilidad, productivo, y hacerlo desde el asociacionismo y la conversación común». Responsabilizar a los individuos de fenómenos como el cambio climático es falaz y está destinado a esconder las culpas de quienes realmente lo generan. «Llega un punto en que la ciudadanía se siente criminalizada, impotente y en que todo recae encima de ella», dice Escrivá.

Con todo, y a la espera de los resultados de los otros dos informes, de los grupos II y III, que se presentarán a lo largo del año que viene, esta primera entrega por parte del IPCC ya ha sido puesta encima de la mesa como un ultimátum ante una realidad que lleva años llamando a la puerta.

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