El flash rebelde

Empezó en un garaje y terminó en un despacho del Palacio Legislativo. Su itinerario, el de un joven politólogo con inquietudes intelectuales que un día desembarcó en la política partidaria, lo pinta como un bicho raro entre los colorados de Vamos Uruguay. Ni tan rebelde ni tan dócil como se lo suele percibir, tras su fracasada intención de ser candidato a la Intendencia de Montevideo, Fernando Amado mira ahora a las urnas. Y espera, paciente, que llegue su hora.

En público todos los políticos insisten en que sólo piensan en el puesto que están ocupando en ese momento. En privado, la mayoría de ellos se mueve para preparar su siguiente ascenso en la escalera del poder. Pero este no es el caso de Fernando Amado. Pieza fundamental en la aparición de la figura de Bordaberry asociada al “nuevo” Partido Colorado (pc), este joven diputado de apenas 31 años no tiene empacho en admitir que su objetivo para este año electoral es conseguir “muchos votos” en las internas de junio. La meta, sugiere, es potenciar su caudal electoral para revertir esa suerte de vía crucis que protagonizó durante este quinquenio cuando algunas de sus posturas –que en otro contexto lo hubiesen pintado como la novedad en una oposición monocorde– se vieron opacadas ante una aplastante mayoría bordaberrista. Heredera de una tradición de cuño riverista, más de una vez esa corriente chocó de frente con la voluntad desobediente de Amado.
Escenificados en temas tales como la despenalización del aborto, la interpretación del papel jugado por el pc en el golpe de Estado de 1973 o su negativa al acuerdo blanquicolorado en Montevideo, estos choques evidenciaron diferencias no tan superficiales entre Amado y la mayoría de Vamos Uruguay (vu), pero nunca lo suficientemente profundas como para justificar la ruptura. Bajo ese aspecto de duelo descafeinado, entre frases provocativas y mensajes de unidad, se oculta una disputa a la que algunos colorados interpretan como simple perfilismo. Hay una parte del partido que desconfía de la estrategia de Amado, un tanto autónoma de la línea predominante, y ve con suspicacia sus últimas incorporaciones. La más reciente, la del ex prosecretario de la Presidencia Leonardo Costa.
Los suyos, en cambio, visualizan a Amado como el candidato mejor colocado para suceder a Pedro Bordaberry, en caso de que éste decidiera no presentarse en 2019. Siempre un poco al margen y un poco dentro de las decisiones de su sector, mientras deshoja la margarita de su futuro, Amado avanza en otra de sus provocativas publicaciones. Tras su incursión en la masonería, el judaísmo y las Fuerzas Armadas, ahora se trata de adentrarse en la derecha uruguaya. De zambullirse en sus “conspiretas”, sus vínculos políticos, sus ramificaciones económicas. Su objetivo, dirá en esta entrevista, es “quitarle la sábana a los fantasmas”. En esa lid, la de los bestsellers, Amado tiene un éxito asegurado. Sus libros, según reflejan todos los rankings, se venden como pan caliente. La duda, ahora, es qué papel le reservarán las urnas en la nueva legislatura.

 —Empezaste haciendo política en un garaje.
—La llegada tiene un flash mental y romántico. Es en el año 1994, campaña electoral. Yo tenía 12 años y me enamoré de la fórmula Sanguinetti-Batalla. Era el equilibrio perfecto. Guardo incluso recortes de esa campaña, porque era el hombre estadista, en ese momento con una postura bastante de centro, socialdemócrata, el encargado de tomar las decisiones menos malas y a veces de ser un poco maquiavélico al lado del buen tipo: Batalla. Un hombre de abajo, batllista, a veces hasta demasiado bueno, y quizá por eso no le fue tan bien en la política, en términos finales. Y eso me generó un “fla­sheo” bastante fuerte, un antes y un después para mí, que no tenía preferencia política partidaria. Ese momento me marcó a fuego. Mi casa siempre estuvo politizada pero nunca partidizada. Había, si querés, una prédica antifrentista, sobre todo de mi viejo. La familia de mi vieja no, siempre fue de la 99, de Batalla, y alguna parte del Partido Demócrata Cristiano. Del amor a la práctica pasaron unos años. Yo quería militar ya cuando estaba en cuarto, quinto de liceo, pero recién se me dio en 2001. Estaba en la facultad, hice un curso de formación política que dio el Comité Ejecutivo Nacional del pc en aquel momento, y ahí fui con un amigo, Martín Bueno, que ahora es edil de Montevideo, y empezamos a militar. En ese 2001 fundamos una agrupación que se llamaba Alternativa Joven y que funcionaba en el garaje de mi casa. Ahí nos reuníamos. Ser colorado en 2004 era muy difícil. Era como tener lepra. La gente estaba muy intolerante con nosotros, y tenía sus razones. Nos decían ladrones, que habíamos fundido el país, y recién habíamos empezado a militar. Si querés, fue una experiencia muy buena para forjar el temple.
—¿Ahora la situación es distinta?
—El clima cambió totalmente. La crisis fue terrible. Y eso hizo que se hiciera muy cuesta arriba para los colorados. Pero se fueron dando distintas situaciones que hicieron que la cosa cambiara. Creo que fue muy bueno para el país que el Frente Amplio (fa) haya llegado al gobierno, fue muy saludable. Que el Frente accediera al poder derribó muchos cucos, hizo que se normalizara una situación que hasta ese momento era manejada con mucho misterio, incluso desde el periodismo: ese “qué va a pasar si llega el Frente”. Y ya lo vimos, no pasa nada: llega un partido, hace su gobierno, y a los cinco años la gente lo vota o no lo vota según si le pareció bueno o malo. Cualitativamente, eso fue muy importante para el país. Ayudó a que la población se diera cuenta de que es difícil ser gobierno. El Frente ha logrado algunas cosas, se le han complicado otras, pero se humanizó el fenómeno fa, incluso para aquellos que pensaban que era una especie de varita mágica que todo lo iba a poder solucionar. Ese fue un avance para que todos tengamos los pies en la tierra.
—A veces da la impresión de que tu objetivo en política es recuperar ese espacio que otrora ocupaba la lista 99.
—Me encantaría. Yo me siento muy identificado con la lista 99 y con Batalla. Entiendo, y creo que me logro meter en el pellejo de lo que fueron las decisiones de la 99 a lo largo del tiempo.
—La peripecia de la 99 ha sido muy volátil, sin embargo. ¿Qué tiene que ver eso contigo?
—Alguno podrá decir que ha sido muy volátil, y otro, despectivamente, los llamará pasteleros, por haber ido cambiando según la situación. Y en realidad, si uno mira agudamente el trayecto de la 99, no es así. Tomaron las decisiones más difíciles en los momentos más difíciles. Ser del pc, cuando era un partido casi hegemónico en los sesenta, e irse para fundar el fa no era una decisión nada sencilla. Y sin embargo Zelmar Michelini, Hugo Batalla y toda esa barra tomó esa decisión. ¿Por qué? Porque se sentían asfixiados en un pc que se había vuelto muy reaccionario, donde Pacheco tenía una presencia muy fuerte, y sentían que se había vaciado ese espacio de centroizquierda en el que se sentían cómodos. A mí no me parece ningún pecado que integrantes de un sector político, cuando en el lugar en que están no se están llevando adelante las cosas como ellos lo sienten, tomen decisiones.
—Si mañana te sintieras asfixiado en el pc, ¿tomarías una decisión similar?
—Yo tengo muy sólida mi pertenencia al pc.
—Pero uno lo escuchaba a Zelmar allá por el sesenta y pico y también la tenía.…
—Sí, sí… Yo lo he leído bastante. Acá en el Parlamento hay una colección muy buena de artículos y discursos de Zelmar, y hay un Zelmar colorado que yo reivindico y no entiendo por qué el partido no lo reivindica más. Este país es muy injusto a veces. A Batalla, por las decisiones que tomó a lo largo de su vida, al final nadie lo termina defendiendo. Los colorados sienten que es un zurdito que en su momento se fue a fundar el Frente y después volvió. A los pachequistas les cae muy en desgracia. El fa siente que es un traidor, porque en un momento hizo rancho aparte y fundó el Nuevo Espacio; por cuestiones dogmáticas, corporativas, se termina olvidando el aporte de un tipo que, sobre todo, fue importante en la dictadura, como abogado de Sendic, de Seregni, pero también de muchos presos políticos sin apellido. Un tipo que nunca se escondió, que cuando era muy difícil ir a darle apoyo a los Michelini, siempre estuvo. Y por pequeñeces, ahora se termina olvidando la historia de un tipo que aportó mucho. Es muy difícil encontrar a alguien como él.
—Cuesta visualizarte en Vamos Uruguay con este discurso, apoyando la candidatura de Bordaberry.
—Estamos en un partido que también es producto del momento histórico que vivimos. Nosotros tuvimos un revolcón electoral formidable en 2004, los sectores tradicionales –la lista 15, el Foro– se mantuvieron liderando el partido, y aparece la necesidad de fundar algo nuevo. Y ahí es cuando Pedro y muchos de nosotros fundamos vu, que es un grupo cuyo primer objetivo fue renovar el pc a partir de ser mayoría en la interna. Lo logramos en 2009, y después vienen estos cinco años donde hay que contextualizar. Vamos Uruguay se fue moldeando durante este quinquenio. La mayoría de los legisladores no habían ocupado nunca una banca. Las discusiones ideológicas o filosóficas no las habíamos abordado durante la campaña, porque estábamos concentrados en el objetivo, que era renovar internamente el partido.
—Ese es un análisis historicista, digamos.
—Sí. Y se da naturalmente que vu termina siendo un sector casi que hegemónico dentro del pc. En su interior convivimos personas con acentos muy diferentes.
—¿Y ese es el mejor escenario para el coloradismo?
—Es el escenario que se dio. No creo que sea negativo para el partido. A veces se hace ese análisis de que sería mejor un ala distinta a vu… Yo diría que lo que hoy hay por fuera de vu, que es Propuesta Batllista, representa bastante bien una continuidad histórica de lo que era el Foro y la 15.

Mármol, alfombras, banderas, sillones de cuero, retratos de los antecesores que en alguna ocasión incluyen al ocupante actual, tapices, arte moderno… La visita a los despachos de los poderes públicos es un recorrido por un mundo aparte, el que cobija a quienes tienen la última palabra. Un mundo mullido, silencioso –las llamadas son cosa de las numerosas secretarias– y abundante en relojes. Los metros cuadrados son otra medida del poder: cuanto más se manda, mayor es el despacho. También lo es la ubicación. El de Fernando Amado se encuentra en el último piso del Edificio Anexo del Palacio Legislativo, esquinado, frente por frente al de Daniel Radío, del Partido Independiente. Desde afuera se percibe austero: poca cartelería, pocos distintivos, casi ningún eslogan. Adentro está el cuadro de Rivera, la imagen reflexiva de Batlle y Ordóñez, la mirada introspectiva de Baltasar Brum. Los íconos predilectos. La primera lista. Los orígenes.

—Muchas veces se ha especulado con la ascendencia ideológica de Bordaberry. ¿Considerás que es riverista?
—Esa es una pregunta para él. Como muchos de nuestros líderes, como Sanguinetti, o Batlle, son muy defensores de la figura de Rivera, y de todas las figuras que han sido denostadas a lo largo de la historia.
—Pero curiosamente no sucede lo mismo con Zelmar, o con Hugo Batalla…
—Claro. Ahí hay un olvido.
—Pero, ¿qué clase de olvido es ese?
—Un olvido voluntario. Y bueno, habrá gente dentro del partido, como es mi caso, que los reivindicará. Yo no soy pachequista, pero no creo que no deba haber pachequistas en el partido. La libertad es libre. Lo que sí me rechina es cuando se sacraliza a Pacheco como una figura de todo el partido. Si bien fue presidente del partido, y colaboró a la vuelta de la democracia con los triunfos del pc, es una de esas figuras que si algo es, es polémico. Y causante de amores y desamores, cercanías y lejanías. A veces yo siento que ha habido un discurso desde los ex presidentes (colorados) que han querido reivindicar a Pacheco como figura general del partido, y cuando aparece alguna crítica enseguida te saltan con mucha virulencia.

Amado no es un político convencional. De hecho, todavía está diseñando su faceta política, pero sin olvidar la universitaria. Las dos acostumbran darse cita en sus libros. Su vinculación con el ambiente intelectual se fraguó en la Facultad de Ciencias Sociales, donde estudió ciencia política. Su evolución en el mundo editorial tiene mucho que ver con su carrera política: en ambas parece haber forjado la idea del político que hace la travesía por el desierto, el tipo que denuncia los corporativismos sin importar las consecuencias políticas.

—En tus libros hay cierta inclinación por los sujetos habituales de las teorías de la conspiración. En su momento fue la masonería, luego los judíos, ahora es el Ejército con la edición de Bajo sospecha. ¿Qué es lo que te mueve hacia esos temas?
—Mi objetivo principal, siempre, en todos los libros, ha sido intentar quitarle la sábana a los fantasmas de algunas instituciones, organizaciones o personajes que parecen intocables y, sobre todo, muy impenetrables. Mi intención ha sido intentar pintar lo más fielmente a aquellos fenómenos institucionales o particulares para que todos los que tengan ganas de apoyarse en algo más que los mitos, el folclore, o lo que se dice en los pasillos, tengan mayor información para hablar con más propiedad. Porque así como somos tres millones de directores técnicos con el fútbol, ¿quién no ha escuchado hablar de los judíos, o de la masonería?
—¿Cómo lográs penetrar en este tipo de organizaciones?
—Depende del caso. En el caso de la masonería, por ejemplo, comencé a través de personas que la integran y que colaboraron con la investigación por la vía informal. Con el primer libro, en 2008, intenté avanzar por el carril formal, pero no quisieron. Con el segundo, en 2011, pasó algo distinto. Hay algo que para mí es muy importante: la credibilidad. Primero, mis trabajos no tienen una intencionalidad de manejar o influir en algo. Segundo, la información es muy cercana a la verdad, porque está proporcionada por personas allegadas o integrantes de la institución, y se apoya en documentos. Soy bastante obsesivo con que el margen de error sea casi mínimo. En el segundo libro de la masonería hubo una colaboración parainstitucional. Muchos grados 33 de la masonería (las máximas jerarquías) colaboraron abiertamente en el segundo libro. Y me proporcionaron valiosa información, que generó luego un tsunami en la masonería. Se generó un enorme conflicto interno porque la calidad de la información que tenía el libro denotaba que la única posibilidad era que esa data hubiese sido proporcionada por los grados máximos.
—Ese fenómeno se repitió con Bajo sospecha. Incluso fuiste convocado a un tribunal de honor en el Ejército por las declaraciones del general Daniel Castellá, jefe del Estado Mayor de la Defensa, en torno a la actitud de los militares durante la dictadura.
—Cuando vino al Palacio Legislativo un teniente coronel encargado de las comunicaciones para traerme la invitación a concurrir, yo sabía que no tenía problema en participar. No me genera ningún tipo de molestia ni misterio ir. Por razones personales sé qué tan importantes son para los militares los tribunales de honor. Allí fuimos, y en una habitación del comando ellos hicieron algunas preguntas, siempre en un tono muy caballeresco, pero muy formal. Eso es muy militar. Lo de Castellá yo lo veía venir. Es la misma sensación de los periodistas que sienten que tienen algo entre manos que va a generar repercusiones o situaciones concretas en una persona. Yo pensé que podía tener consecuencias graves, concretamente que lo relevaran de su cargo en el Estado Mayor de la Defensa. Yo creo que el Ministerio de Defensa, al mantenerlo en el cargo, lo que hizo fue pinchar la pelota y tirarla al córner. Un oficial general que dijo una cantidad de cosas en el libro, que tocó todos los temas e hizo declaraciones de tinte político, para lo cual está absolutamente inhibido, está muy expuesto a las peores sanciones… En el caso de un oficial que está a pocos meses de retirarse, con una muy buena relación con los actuales mandos políticos, eso puede verse atenuado.
—¿Cómo es el vínculo con tu padre (el ex comandante en jefe Fernán Amado) cuando escribís sobre el Ejército?
—La relación con mi padre es tormentosa. Sí, claro, porque él lo analiza desde una óptica que es: “Tenés treinta temas para tocar, no te metas en mi tema”. Y yo le digo: “Lo que pasa, papá, es que el tema militar no es tu tema, es un tema de todos los uruguayos. Obvio que lo entiendo, pero intento que me entiendas”.
—Compartís con Bordaberry esa tensión padre-hijo, pero la resolvés diferente.
—Es una relación fraternal, como de todo padre e hijo, pero que se vive con mucha intensidad desde el debate político, y creo que los dos hemos sabido a lo largo de todos estos años ir tratando de calibrar mejor los debates para que no termináramos en sinsabores o rupturas más complejas. Hemos aprendido los dos a administrar mejor nuestras diferencias…; ya sabemos cuándo nos podemos ir al carajo, entonces bajamos. O bajo yo, o baja él. Encontramos un punto donde si bien discutimos y debatimos, y no coincidimos, no es como hace unos años, cuando tuvimos peleas duras, muy duras.
—En tu libro Castellá incluso menciona un “cuento estándar” sobre el destino de los de­saparecidos.
—Sí, fue muy revelador. Yo intuía que había algo de eso. Pero que lo dijera él… Era un relato que se trasmitía a través de la oralidad, era una ley no escrita que iba pasando de uno a otro.
—Él sostuvo, textuales palabras, que de conocerse la verdad no los perdonaría “ni la madre”, además de que irían presos. Sin embargo, todos los últimos restos se encontraron por información dada por los propios militares. ¿Cómo se explica esta contradicción?
—Lamentablemente, creo que tenemos pocas posibilidades como sociedad de que se encuentren más restos. ¿Por qué? No soy muy optimista en la grandeza de quienes hicieron esas acciones, porque una vez ya no la tuvieron, y no creo que tengan siquiera el reflejo humano, la sensibilidad de ayudar a la sociedad antes de morirse.
—¿Alguna vez participaste de la marcha del 20 de mayo?
—Nunca. He tenido ganas. Me lo he planteado, lo he pensado, pero el problema es que he sentido que quizá todavía no es el momento.… Lacalle dijo, cuando anunció que no volvería a ser candidato a presidente, que la sociedad no lo entendía. Bueno, yo lo vivo así cuando miro la actividad política en una clave generacional diferente: uno a veces corre el riesgo de que no lo entiendan. Entonces, uno se ve obligado a administrar eso, porque si no te entienden……
—¿Cuál sería el riesgo?
—… puede llegar a ser un bumerán. No sólo para mí, personalmente, sino a muchas bandas: para mi partido, incluso. Y hay que tener mucho cuidado, porque también puede significar un retroceso de algo que, cuando llegue el momento, quizá maduramente pueda entenderse.

Como siempre, se muestra afable, dispuesto a aceptar la forzada intimidad de la entrevista, pero no se aparta un ápice del discurso que siempre ha practicado, de evitar definirse con claridad, de no avanzar propuestas que puedan alarmar, de envolver sus respuestas en un clima de ambigüedad. No puede –o no quiere– ocultar, sin embargo, sus aspiraciones políticas. En su momento dijo: “Me muero de ganas de ser intendente de Montevideo”. Pero, como tantas veces, la aplanadora partidaria le pasó por arriba. Ahora, afirma, quiere ganar las internas de Vamos Uruguay para obtener “la mayor cantidad de puestos de lucha”.

—¿Cuáles son tus aspiraciones de cara a este año electoral?
—Lo máximo que se pueda. No por ponerse la chapa de nada, sino porque desde allí uno siente que puede llegar a hacer más cosas, a plantear más temas. Nosotros vamos a ir a la interna de junio con una lista en Montevideo. Competiremos todos contra todos, cada uno con su propia lista. Mi aspiración es a ganar la elección interna en Montevideo, no contra nadie sino porque uno piensa humildemente que la nuestra es la mejor propuesta dentro del sector. El 1 de junio de 2014 Amado y su grupo se juegan mucho, no sólo porque eso incidirá luego en el armado de las listas al Senado y a Diputados sino porque pesa mucho para lo que va a ser todo el quinquenio que viene, en las convenciones nacionales y departamentales del partido. Queremos tener la mayor cantidad de puestos de lucha para que todas esas cosas que no pudimos concretar en este quinquenio, lograrlas en el que viene. Con la espalda más ancha.
—Si en un eventual gobierno de Bordaberry se propiciara hacer caer algunas de las conquistas sociales de estos diez años, ¿qué votaría Amado?
—¿Qué votaría Amado? Hay cosas que son innegociables. No creo que Pedro vaya por ahí. Él ha hecho énfasis en la idea del futuro, pero en todo caso creo que primero hay lealtad al partido. Luego hay matices.

Mate y termo al hombro, el líder de Vamos Montevideo se presenta como un proyecto de renovación para su partido durante la despedida del año de su sector. “A veces ganamos, a veces perdimos, pero siempre luchamos”, suelta, micrófono en mano, en la esquina de Pereira y Chucarro –corazón de Pocitos, donde emplazó su sede de campaña–. Sus mensajes, como las paredes, están repletos de eslóganes. “Pedro+Amado / Futuro+Futuro” puede leerse en una gigantografía estampada en una de las paredes. La imagen, serigrafiada, muestra a Bordaberry y Amado, uno en cada extremo, enfrentados, sonrientes. Es una campaña muy elaborada, a ojos de cualquier experto. No hay elementos de fondo ni discursos programáticos ante los militantes: Amado se dirige a la militancia a la cara, apela a los sentimientos, a la promesa de un futuro mejor. Y repite el mismo esquema en todas sus intervenciones: una apelación al coraje, a la valentía de los militantes. Entre el público están las boinas coloradas, están los jóvenes, está Matías Bordaberry, hijo de Pedro, de impecable traje oscuro. Y está Martín Bueno, su copiloto de aventuras políticas que, entre anécdota y anécdota, dice, convencido: “Esto recién empieza”.


Leonardo Costa se suma al amadismo
Suma y sigue

 Entró y salió raudo de la sede de campaña, pero su presencia no pasó desapercibida en la despedida del año de la lista 101010 que Amado encabezará en junio, bajo la candidatura de Pedro Bordaberry a la Presidencia. Leonardo Costa, ex prosecretario de la Presidencia durante el gobierno de Jorge Batlle, y Fernando Amado se entreveraron en un abrazo. Costa, explicó Amado a Brecha, es una de las últimas incorporaciones a su sector, Vamos Montevideo.

Artículos relacionados