Ciclo de cine «Marzo, mes de la mujer», en TV Ciudad

El foco en lo femenino

Los ciclos de Cinemateca a través de TV Ciudad han sido, para muchos televidentes recluidos por la pandemia, una auténtica bendición. Se trata de una programación de calidad para ver cine desde casa, con temáticas diferentes, variadas y atractivas. Este nuevo ciclo es tan sólo un botón de muestra de una tendencia creciente en el cine independiente y de autor en el que la mujer pasa a ser protagonista, delante y detrás de cámaras.

Fotograma de Le milieu de l’horizon Difusión

Se trata de un ciclo de películas con el foco en lo femenino y, simplemente por eso, son materiales que van a contracorriente. Es de extendido conocimiento que el cine ha sido históricamente un espacio dominado por hombres, tanto en su aspecto creativo como en las temáticas tratadas. Por fortuna, conforme las mujeres van incorporándose a las diversas ramas de la producción cinematográfica, se vuelve notoria una mayor riqueza de contenidos. En concordancia, esta selección propone varias visiones del mundo en las que se reflejan sensibilidades y estéticas sumamente particulares. En la mayoría de los casos, son películas estrenadas por Cinemateca en los festivales de cine de Montevideo de los últimos años, con gran aprobación en salas. Este cronista no pudo ver tres de las películas programadas: Nadea y Sveta, La belle et la meute y Los amores de Charlotte, pero sí puede proponer un recorrido por las 11 restantes.

Respetando el orden en que las películas fueron y van siendo exhibidas, comenzamos comentando Siete instantes, de Diana Cardozo, uno de los mejores documentales uruguayos jamás filmados. Se trata de una aproximación a una serie de exmilitantes del Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros  que recuerdan momentos específicos y relatan sus vivencias en la guerrilla y en la cárcel. El abordaje, especialmente empático y humano, se aleja de los personajes de renombre del movimiento y de cualquier tipo de relato heroico, dando a conocer diferentes dimensiones, ambigüedades morales y claroscuros, y opta, además, por darle voz a una gran variedad de mujeres. El resultado es un compilado de opiniones que acaba bosquejando un excelente fresco sobre qué fueron los tupamaros, gracias al cual podemos ponderar y rediscutir hasta qué punto son apropiados tanto los elogios como las críticas recibidos. Una película imprescindible y de las más injustamente desconocidas de nuestra cinematografía local.

A Tiempo de revelaciones no le faltaba ningún elemento para formar parte de esta selección: feministas militantes en 1971, un amor lésbico y las dosis de prejuicio y discriminación esperables. Las notables Cécile de France e Izïa Higelin irradian frescura y una notable química, pero, por fuera de eso, la película, en su totalidad, se vuelve algo predecible. Bastante mejor es Ainhoa, yo no soy esa, de la documentalista chilena radicada en España Carolina Astudillo, una investigación póstuma y una aproximación a la personalidad de Ainhoa Mata. Se trata de una muchacha vasca que se suicidó, pero dejó un rico registro fílmico de fotos y escrituras íntimas, además de grabaciones telefónicas. En todos esos materiales no solamente da cuenta de sus pensamientos, alegrías y amarguras, sino que, en su conjunto, esos elementos acaban construyendo un elocuente relato sobre los años noventa en España desde una femineidad que, ante el destape y la liberación democráticas, vive con desencanto las dificultades de adaptarse a una sociedad fuertemente patriarcal.

La suiza Le milieu de l’horizonplantea una ficción en un entorno rural. Una pareja con tres hijos se desempeña con dificultades en la cría de pollos ante los embates de una sequía, pero el cuadro parece resquebrajarse cuando ella (Laetitia Casta) comienza un amorío extramarital con una mujer. A partir de allí, los varones de la familia atraviesan episodios de indignación, psicosis y hasta violencia física. Lo más interesante es la ambientación bucólica y la perspectiva infantil: el púber protagonista no sabe cómo asimilar los cambios que se le imponen.

La brasileña Pendular, de la directora carioca Júlia Murat, se ambienta principalmente en un enorme galpón industrial abandonado, en el cual una pareja desarrolla sus proyectos artísticos. Mientras él planifica una instalación de esculturas abstractas, ella se desempeña en sugerentes números de danza moderna. Una cinta adhesiva color naranja en el suelo divide el espacio entre ambos, pero aun así los límites para uno y el otro parecen inciertos: como en toda pareja, es necesario hacer continuamente concesiones, adaptarse a los egoísmos, las inseguridades, la insatisfacción y hasta los espasmos de crueldad que emergen del otro. Todo este tire y afloje, esa batalla perpetua y esa acumulación de dudas son brillantemente expuestos y representados, especialmente en escenas de sexo descontracturadas y en vistosas performances en las que el vaivén, los equilibrios precarios y la violencia recíproca son las reglas implícitas.

La dominicana Nana, de Tatiana Fernández Geara, es una aproximación documental a diferentes mujeres, niñeras que abandonaron a sus hijos para comenzar a oficiar de madres sustitutas en familias acaudaladas. El fenómeno es muy interesante y suscita reflexiones acerca de los costos de obtener un trabajo digno y permite entrever el contraste entre las diversas clases sociales y en los fenómenos cíclicos de abandono. Sin embargo, las tres historias presentadas son muy parecidas: se trata de la misma anécdota con pocas variantes.

Seguramente Rosetta sea la mejor película del ciclo. En su primera obra maestra, los hermanos Luc y Jean-Pierre Dardenne homenajeaban a Mouchette, el clásico de Robert Bresson, pero agregándole una carga de modernidad capitalista. En un tour de force claustrofóbico y angustiante, la increíble actriz Émilie Dequenne encarna a una protagonista de 18 años que atraviesa diferentes penurias –pobreza, despidos injustos, una madre alcohólica–, a lo cual se le suma una desesperada necesidad de conseguir un trabajo que le permita llevar una vida mínimamente decente. Los Dardenne se iniciaban en su estilo de realismo social cercano al documental, con cámaras al hombro pegadas a su protagonista, elipsis brutales y una aproximación en la que el fuera de campo adquiere un rol preponderante.

Sin ánimo de comparación, a su manera es también notable Milla, de la realizadora franco-armenia Valérie Massadian, la historia de una chica en situación de calle que, junto con su pareja, aprovecha cualquier refugio temporal al que pueda acceder. El abordaje de la directora es austero, con planos largos, a menudo estáticos y silenciosos, pero justamente en esa mirada respetuosa y distante los personajes ganan interés y densidad emocional. Más allá de algunos aciertos en la recreación inicial de esta vida en pareja, se trata de una notable historia de supervivencia y superación en un escenario adverso y hostil, en la que la protagonista atraviesa la transición desde una adolescencia desarraigada hasta  una maternidad adulta y trabajadora.

Aunque mucho más tradicional, tiene también su interés el registro documental de Salvadora, de Daiana Rosenfeld, sustentado en fotos de archivo, voces en off y entrevistas. Se trata de un acercamiento a la figura de la poetisa Salvadora Medina Onrubia, quien a principios del siglo XX fue una figura crucial del anarquismo rioplatense, además de docente, dramaturga, poeta y madre soltera en un momento en el que todo eso junto era duramente condenable en el ámbito social.

Finalmente, otro de los platos fuertes de esta selección es Tempestad, de Tatiana Huezo. Seguramente el México actual tenga tantas historias horripilantes como para hacer, en un compilado, el documental más terrorífico de todos los tiempos. Pero, justamente, esta directora evita los golpes bajos para centrarse en sólo dos relatos de mujeres que resumen toda la injusticia y la corrupción endémica en un país gobernado por los narcos y sus caprichos circunstanciales. Las anécdotas se ven acompañadas, de a ratos, con escenas cotidianas de estaciones, de viajes en tren, de los alrededores de un circo y la vida campestre, que nos colocan en los pies del ciudadano promedio y de tantas otras víctimas potenciales de un despropósito que fue demasiado lejos.

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