Rumores y no tanto

El mío no precisa que le den la leche

Mauricio Zina

Francisca, la empleada múltiple (limpiadora, creo que era su cargo), llevaba la leche a todos los salones de la escuela 74, una de las cuatro que conforman el gigantesco grupo escolar Felipe Sanguinetti, en La Unión. Se servía en unos vasos de plástico blando que tenían sabor propio. Recuerdo particularmente estar en segundo año y que nos hicieran pasar a tomarla de a cinco o seis, parados, mirando a la clase; después otro grupito y así hasta terminar. Era imposible no tentarse y que se nos saliera la leche por la nariz; al menos a mí me pasaba todos los días. La maestra era rezongona y tenía un vozarrón grave. Una vez, mientras ella llenaba mi vaso con una jarra, no sé, me puse nervioso y retiré el vaso. Todavía me zumban los oídos del grito que pegó, pero esa vez percibí un tono de desesperación existencial. Capaz que debería haber estudiado alguna otra cosa, pienso cincuenta años después.

El tema es que los alumnos, sin excepción, pasábamos por ese ritual, y en aquellos tiempos había de todo en las escuelas públicas. Era cierta, al menos parcialmente, la frase de Varela impresa atrás de los grises carnés de calificaciones: «Los que una vez se han sentado juntos en los bancos de una escuela […] se acostumbran fácilmente a no reconocer más diferencias que las que resultan de las aptitudes y virtudes de cada uno». Y sí, ahí en el patio, para hacerse un lugar, había que aprender a negociar y a llevarse bien y a hacerse temer y respetar cuando se podía, o por lo menos a no dejarse bardear cuando el respeto se confundía con la compasión. Todos éramos lo mismo, y no se armaban banditas de pobres y de ricos, sino que hasta las banditas tenían gran variedad interna. Y eso lo percibo hoy, cuando voy a hablar con alguien de mi edad, venga de donde venga y haya llegado a donde haya llegado, que suele ser el mismo lugar del que partió.

Se dirá que eran otros tiempos, en que flagelos como la pasta base no habían destruido los cerebros de la juventud. Y me obligan a recordar que el tal flagelo fue introducido al país allá con la crisis de 2002, por la clase alta (¿o acaso los grandes narcos no lo son?), tras suprimir los envíos de marihuana (que en aquel entonces era ilegal y estaba, por lo tanto, en sus manos) y cocaína durante varios meses. Se dice que durante la actual crisis está pasando lo mismo. ¿Será acaso una maniobra gubernamental? No, seguramente no, algo así no sería concebible en una democracia republicana, pero sí hay ideas que favorecen ciertas conductas. El punitivismo imbécil no da más que poder y gloria a los narcos (y dinero a algunos punitivistas que reciben de ellos suculentas coimas; en otros países, no en una democracia republicana), y los estimula a ejercer su condición de gloriosos y poderosos.

Por estos días circuló información oficial contradictoria, con desmentidos, con desmentidos sobre los desmentidos, pero agregando aclaraciones, según las cuales se estaría pensando en suprimir la merienda para todos los niños y dársela sólo «a los que la necesiten». En algún caso se catalogó como derroche la práctica anterior, que no diferenciaba a unos de otros. De hecho, ya se están enviando a los padres comunicados preguntando sobre la necesidad.

El miércoles, en el programa radial En Perspectiva, el consejero de Educación Inicial y Primaria Pablo Caggiani separó los tantos: dijo que una cosa es este comunicado, que obedece a una resolución de volver a la distribución normal de alimentos por etapas (o sea, por ahora, leche saborizada sin ningún acompañamiento sólido) para no esperar a que todos los detalles estén solucionados, y otra son los cuestionamientos que se están haciendo desde otros ámbitos del gobierno acerca de la pertinencia de la forma en que se gasta en alimentación escolar. Sin embargo, como dije arriba, este comunicado sí pregunta sobre si los padres consideran que sus hijos necesitan ese vaso de leche o no. O sea, la responsabilidad (en este caso, de definirse o no como un necesitado) es, otra vez, cedida, gentilmente, a la gente.

No sé en qué va a quedar esto. Es probable que, como ha pasado tantas veces, ante una opinión pública contraria se salga diciendo (si es que ya no ocurrió entre el día en que escribo y el día en que se publica) que no, que hubo una mala interpretación, que nada más lejano a la realidad. O pueden optar por criticar los gastos superfluos del gobierno anterior, y decir que llegó el tiempo de la firmeza, el liderazgo y el respeto por la ley. Ah, no, eso acá no iba; bueno: el tiempo de la buena administración de los dineros públicos. Ahora sí.

No puedo saberlo, nada es totalmente previsible, ni siquiera en el más previsible de los gobiernos. Pero quisiera creer que sí, que efectivamente se trató de una larga serie de errores, todos para el mismo lado; una notable coincidencia ordenadamente concatenada de declaraciones, argumentaciones, decisiones y hechos que fue malinterpretada por la sociedad. No quisiera pensar que alguien anda con ganas de andar demarcando y profundizando grietas, como aquella vez en que se introdujo la droga-marcador que separa a consumidores pobres de consumidores ricos.

Claro, los intentos de igualdad parcial nunca son del todo efectivos. La túnica y la moña, pensadas para homogeneizar vestimentas de distinta calidad y costo, no esconden los championes rotosos. La propia túnica, en los más pobres, es amarillenta y corta, y las moñas anchas y planchadas suelen adornar los cuellos de los pudientes. Pero algo es algo.

Sin embargo, la propia idea de separar a unos de otros «porque no hacerlo es un derroche» es, al menos, preocupante. ¿Derroche de qué? En un país en que los militares cobran las jubilaciones que cobran, alguien que votó en contra de que eso fuera revisado, ¿tiene el coraje de hablar de derroche refiriéndose a la alimentación escolar? ¿En serio?

Siempre digo que no hay que subestimar, que no es un problema de capacidad intelectual. El problema es que cuando uno se pone así, inclusivo y condescendiente, después termina considerando opciones peores. La realidad no es estanca, y podría inferirse que alguien quiere, efectivamente, delimitar y profundizar la llamada grieta, porque a algunos les conviene este estado de cosas. Lo usan para justificar ideologías cavernícolas punitivistas, helicópteros con focos que alumbran no se sabe qué, extensiones inadmisibles del concepto de defensa propia y allanamientos a cualquier hora. A otros les conviene que haya una zanja bien profunda que separe a pobres de ricos, para poder saber quiénes son los vagos, los mantenidos, los que no se dan maña como ellos para progresar en la vida, los que algunos cuidan del frío quemándolos vivos. Y para poder hacerles saber, desde niños, que todo lo malo que les pasa es por su culpa y que por eso deben tomar la leche a la vista de los que vienen de una familia de gente de bien, de trabajo; esos otros niños que no son como ellos y se pueden saltear el egoísmo de vaciar aun más las arcas del Estado para alimentarse porque sus padres, conocedores de la difícil situación que atraviesa el país, respondieron: «No, el mío no precisa que le den la leche».

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