El oligarc… perdón, rey desnudo

Sobras de campaña.

“El secreto, sabes, es uno de los mayores enemigos políticos.

Mira a México, mira a Colombia, mira a Europa o los Estados Unidos.

Asesinatos, negocios turbulentos, narcotráfico,

información confidencial. Todo une a los enemigos.”

La silla del Águila, de Carlos Fuentes


Las afirmaciones sobre las calificadoras de riesgo de quien, en un gobierno nacionalista, sería ministra de Economía, Azucena Arbeleche. Las afirmaciones de Pablo Bartol acerca del acceso a la clave de intranet del Mides (ministerio que encabezaría), que luego desdijo ante la justicia. Las afirmaciones antisindicales de Pablo da Silveira, descontando el twit, de hace un par de años, donde habla del “mito argentino de los 30 mil desaparecidos”. Las afirmaciones del empresario Sebastián Bauzá en Océano FM (“Los venezolanos tienen una cultura de trabajo mayor que los uruguayos”) y todas las de Pablo da Silveira. El presidenciable del Partido Nacional decidió aplicar a sus asesores la ley mordaza, pero al ver esto amplificó la posibilidad de descrédito, lo relativizó. El hecho es que hasta ahora ningún asesor volvió a salir al ruedo.

A lo anterior se suma la negativa de Lacalle Pou de dar explicaciones sobre el contenido de trescientos o quinientos artículos de un proyecto de ley “urgente” que piensa enviar al Parlamento ni bien asuma –si gana las elecciones– y que buscará aplicar en cien días. Algo así como lo de Franklin Roosevelt en 1933 con la “política de los cien días” del New Deal, sólo que en el signo inverso. Si el estadounidense buscaba sostener las capas más pobres de la población, reformar los mercados financieros y redinamizar una economía herida desde el 29 por el desempleo y las quiebras en cadena, el uruguayo parece querer generar un shock en un país que ha logrado mantener una considerable estabilidad, frente al caos reinante de la región.

Algunas medidas han trascendido: reducir el gasto público, desregular la importación, distribución y comercialización del combustible, modificar el sistema de inclusión financiera. La cuestión es que Lacalle Pou no entiende que la democracia –o se pasa este concepto por el Arco del Triunfo– es idealmente el gobierno de un poder visible, que en su estado republicano supone una doble acepción de la cosa pública: es el gobierno del público, pero también el gobierno en público. Esto supone que los actos de un gobierno democrático debieran ser públicos y poder estar bajo el escrutinio público. A la manera de Kant, para quien “todas las acciones relacionadas con el derecho de otros hombres, cuya máxima no puede ser pública, son injustas”. De esta forma, el secreto como parte del Estado democrático debería estar, como norma general, excluido. La democracia como modelo de gobierno queda así en las antípodas de la autocracia, gobierno en el que el poder descansa, en gran parte, en el secreto (lo que conlleva un intento de retención monopólica de la información, como parte del ejercicio de su poder). Dentro de los pensadores contemporáneos, Carl Schmitt plantea la siguiente justificación del secreto: sólo a partir de decisiones ocultas pueden vencerse los poderes ocultos contra el Estado. Esto da rienda suelta al poder autocrático para reproducirse mediante la invención del secreto y del enemigo, de forma de justificar su propia existencia. Pero si el Estado autocrático crea el secreto para subsistir, lo hace en un contexto en el que los ciudadanos vuelven el secreto aceptable e incluso deseable. El escritor Elías Canetti proponía en este punto una tesis interesante: existe un cierto placer en lo servil que nos hace querer formar parte de grandes estructuras secretas, mientras estas nos sean impuestas con violencia y desde una esfera desconocida. La fuerza concentrada del secreto vuelve atractivos los gobiernos dictatoriales frente a la democracia, que los diluye.

Si consideramos que Lacalle Pou ha hecho reiteradas declaraciones a favor del endurecimiento de las medidas represivas y de la presunción simple de legítima defensa policial, su noción autocrática del poder y su secretismo harán de Uruguay un laboratorio digno de un alquimista al revés. O de un intestino grueso.

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