La patria es el otro

Sobras de campaña.

Frente a la alianza de cinco partidos para derrotar a uno hay dos posibilidades que pueden ser simultáneas o no: que ese rejunte se termine autodestruyendo por falta de lineamientos programáticos (aunque eso no evite la destrucción de buena parte del tejido social), o, ante este panorama tan poco alentador para los trabajadores, se reinventen otras formas de solidaridad, de resistencia y de pensar la política, y se conciba lo político en clave de un proyecto colectivo más abarcador y profundo.

Para eso quizás haya que replantear un concepto que Cristina Fernández transformó en consigna en 2013: “La patria es el otro”. Darío Sztajnszrajber explica que “la patria es el otro porque la patria nunca es la patria sino que siempre puede ser otra. No es esencial ni cerrada ni definitiva. Es otra porque está siempre en tránsito, extrañada de sí misma, reinventándose, abierta a la presencia de los otros que la van transformando. La patria es el otro porque la patria nunca es la patria y nunca es el yo. Ni siquiera es un conjunto de yoes que intercambian mercancías, ya que la prioridad del yo es su autoafirmación a partir de la sujeción y disolución del otro”. En ese proceso dialéctico de inclusión –el de una proyección ético-política– habrá que replantear también la razón utópica. Ya sea en las marchas, en las asambleas, en las juntas de vecinos, en las más diversas organizaciones e incluso en las redes, que han demostrado sobradamente su alcance en cuanto a la expansión del ágora. Pero para que surja de veras una razón utópica, o por lo menos para que su posibilidad sea algo realmente factible cuando contamos con una otredad refractaria, tenemos que dejar de lado los discursos tan maquinales de las consignas.

Solemos olvidar con facilidad que el discurso militante aturde, se vuelve hermético, impide decir e impide escuchar. De poco sirve un movimiento político que termine convocando solamente a los convencidos y sea incapaz de contagiar, por fuera de ese circuito, los fundamentos de la vida. Si nada se puede decir, si hay un guion establecido del cual uno no se puede correr, si hay temas que no se pueden tocar, si hay zonas de conflicto que no se está dispuesto a abordar, difícilmente ese legado sea apropiable por muchos. Pienso en mis anarcos queridos, en varios conocidos abocados al tema ecológico-ambiental, también en las feministas. No es un error táctico menor: hay que revisar esas prácticas, a no ser que se quiera volvernos cómplices activos de aquello que supuestamente combatimos. Y porque se trata, desde la razón utópica, de hacer que el otro también sea nuestro compañero.

Desde el conservadurismo se dice que la realización de la utopía conlleva un nuevo escenario antiutópico, como si la utopía ocasionara el apocalipsis. Yo preferiría hacerle frente a esa tesis y reivindicar que la verdadera utopía es, claramente, el apocalipsis. Este apocalipsis, encarnado en las intenciones más negras de la “coalición multicolor”, es y seguirá siendo a partir de ahora el momento de ruptura-reinicio que nos permitirá reconfigurar el mapa de relaciones existente. Como diría el viejo payador Carlos Molina: “¡Salud y revolución social!”.

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