Pierre Bourdieu decía que existe un poder creador en el acto de nombrar. En la antigua cultura egipcia, memorizar determinadas palabras, los hekau opalabras-fuerza, garantizaba que el alma llegara hasta Osiris. En la tradición cristiana, saber el nombre del demonio te da el poder de exorcizarlo. «Nuestros nombres,/ esas cosas hechas de palabras», escribió João Cabral de Melo Neto; «palabras:/ palacios vacíos,/ ciudad adormilada», dirá Ida Vitale, ambos en defensa de la palabra y de su materialidad, afirmando su potencia de sentido y de expectación, ante nuestra actitud completiva. A pesar de toda su mística y su función innegable, un nombre es un objeto verbal. Más allá de eso, sabemos –aunque por salud o comodidad lo ignoremos– que nuestros nombres no son nuestros. Son, en general, elecci...
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