Festivales de cine en América Latina (I): Fantaspoa XVIII - Brecha digital
Festivales de cine en América Latina (I): Fantaspoa XVIII

La gran cofradía

Es uno de los festivales fantásticos más importantes del mundo y el más grande de Latinoamérica. Divertidas fiestas –una de ellas, de disfraces y a bordo de un barco–, performances con figuras fantasmales, sesiones de tatuajes, cenas temáticas y muchísimas películas –casi 200, exhibidas en cinco cines y, en muchos casos, con salas repletas– tienen lugar en espacios a los que llegan más de 70 invitados, de procedencias tan remotas como Rusia, Letonia y Filipinas.

El cineasta homenajeado, Yoshihiro Nishimura, junto a la actriz Natsumi Tadashi. Difusión

En la sala de invitados de Cinemateca Capitolio la diversidad abruma. Un muchacho con la cara íntegramente tatuada le pide al director homenajeado, Yoshihiro Nishimura, para sacarse una foto junto a él y la joven actriz Natsumi Tadashi. Ambos acceden con mucho gusto. El veterano japonés, autor de íconos del cine splatter como Tokyo Gore Police y The Ninja War of Torakaje, tiene la cabeza rapada a cero y viste un equipo deportivo salpicado de sangre. Ella está completamente en su personaje: lentes de contacto color azul intenso hacen juego con el color de su pelo y su vestido. Nishimura posa gruñendo a la cámara; Tadashi sonríe y estira sus brazos hacia los costados, como una muñeca Kiupi. Hecha la foto y luego de unas reverencias, ambos vuelven a sentarse y compartir un enorme mate gaúcho. Aunque ninguno había probado el mate antes de llegar a Porto Alegre, ahora parecen disfrutarlo, y mucho. De vez en cuando, Nishimura dice alegremente alguna palabra en portugués o un inglés muy malo, pero, en general, se comunican en japonés con Kim Olar, un traductor obscenamente joven que, como quien camina del living a la cocina, pasa del portugués al inglés y al japonés sin alterar su apacible semblante. Brasil tiene muchos nipobrasileños, hijos, nietos y bisnietos de japoneses inmigrantes, cuyos genes asiáticos se imponen vistosamente. Algunos de ellos se dirigen directamente en japonés a Nishimura para pedirle fotos y autógrafos.

Adentro del cine, Holy Mother!, la película estrenada por el homenajeado, es básicamente una fiesta gore, una explosión de torrentes de sangre que embadurnan a todos los personajes, entre los que se cuentan una chica transexual proveniente del espacio –o algo así–, sanguinarios líderes yakuza y mujeres con enormes vaginas dentadas que destrozan a sus adversarios. Si la película tiene algún sentido, este cronista no lo entendió, pero el público ovaciona, acompaña y celebra. Terminada la función, la actriz invita a todos los espectadores a pararse, extender sus brazos como ella y bailar la tonada de la película, que tararea. En una situación insospechada, algo incómoda y sorprendentemente divertida, todos y cada uno de los espectadores –unos 130 en la función– bailan dando pequeños saltos. Nishimura los filma con una amplia sonrisa. Esta es solo una instantánea de una jornada de las 18 que tienen lugar en la última edición del festival de cine fantástico Fantaspoa.

Es curioso que en el centro histórico de Porto Alegre, capital de uno de los estados más conservadores de Brasil, se haga una fiesta cinéfila tan fulgurante y variopinta, en la que convergen llamativos y vistosos exponentes de la diversidad local: pelos rapados, puntiagudos o de colores –a veces las tres cosas juntas–; piercings; remeras oscuras o extremadamente coloridas; oscuros maquillajes. No es de extrañar que muchos espectadores locales encuentren en Fantaspoa un refugio cinéfilo-friki, en el que se comparten conocimientos y afinidades, y un espacio de comunión, libre de prejuicios y cuestionamientos. Pero, por sobre todo, el festival cumple un rol sumamente importante en la producción cinematográfica latinoamericana. Muchos cineastas logran películas de género con un esfuerzo de muchos años y luego se encuentran con dificultades para distribuirlas y difundirlas. En un festival temático de este porte obtienen una vidriera de exhibición que, en muchos casos, los ayuda a obtener mayor visibilidad y alcance.

Fabian Forte, realizador argentino histórico en el terreno fantástico, que en esta edición estrena la película Legiones, dijo: «En Fantaspoa te miman, te protegen, y te encontrás con colegas que pasaron aventuras de producción como la tuya o peores, con los que siempre intercambiás experiencias. Estrenar acá es desensillar, es decir: estoy tranquilo, hoy nace mi película y tengo el placer de compartirla con gente querida». Pablo Parés, director de las pioneras entregas de Plaga zombie, así como de Malvinator y ¡Grasa!, quien en esta edición estrena su última película, Pussycake, dijo: «Fantaspoa es un paso obligado para nuestro cine fantástico. Los programadores (João Pedro Fleck y Nicolas Tonsho) son gente que sabe de cine y lo ama. Estoy muy contento de que este año hayan vuelto a la presencialidad, un gran paso para seguir creciendo». Pedro Rivero, laureado animador español, director de Psiconautas. Los niños olvidados y libretista del arrollador éxito de Netflix El hoyo, confirmó: «En pocos lugares te tratan tan bien: diversión y fraternidad todos los días». El argentino Demian Rugna, director de Aterrados y hoy apadrinado por Guillermo del Toro para su remake en Estados Unidos, lo resumió de esta manera: «Tengo solo dos tatuajes en mi cuerpo; uno de ellos es el símbolo de Fantaspoa». Desde la perspectiva de quien visita regularmente el festival, esta última afirmación no parece tan sorprendente. Los tatuajes son ostentados con orgullo y en total, a lo largo de los últimos años, otras 104 personas se han tatuado el mismo símbolo, por lo que prácticamente conforman una cofradía de fanáticos distribuidos por el mundo.

LAS PELÍCULAS

Es interesante hasta qué punto los géneros se desdibujan en lo que, en principio, sería un festival de género. Los límites no son claros y, si bien el terror, la animación y el animé, el thriller y el cine fantástico en todas sus acepciones tienen su lugar asegurado, todos los años la programación da sorpresas. Por ejemplo, Neptune Frost es un musical de ciencia ficción ruandés, además de una película loquísima y de un imponente espíritu combativo. «Somos lo que pagás para no ver», cantan en una coreografía los mineros negros que extraen coltán –materia prima con la que se fabrican los celulares– durante su trabajo esclavo en una mina a cielo abierto. En cuanto a la brasileña The Smoke Master, fue descrita como «un Karate Kid de macoñeros», o sea, una película de artes marciales en la que el protagonista obtiene su fuerza y su destreza gracias al consumo de marihuana. La película argentina Cielo rojo (gigantes de metal), del director Marcelo Leguiza, cuenta la historia de una chica que convive con un fantasma y cuyo cuerpo parece mutar en el de una cucaracha, hasta que el cielo se vuelve rojo y gigantes de metal invaden la tierra…

Pero también están las propuestas más serias y dramáticas, lo que viene dándose en llamar elevated genre, es decir, un cine que utiliza algunos de los parámetros del género para hacer planteos más autorales, profundos o poéticos. La canadiense La familia, de Dan Slater, es un abordaje realista de una pareja que aísla a sus hijos en un entorno rural y los obliga a hacer trabajos forzados y a ser devotos a un extraño dios. Con un ambiente opresivo y enfermizo, su planteo recuerda a Flores en el ático, otra traumática película canadiense, cuyo horror se basaba, simplemente, en violencias familiares muy plausibles. En un registro de horror surrealista, cercano al de David Cronenberg en Festín desnudo o al David Lynch más insano, la notable película belga Hotel Poseidón es la caótica inmersión en la vida de un encargado de hotel que vive y duerme entre la mugre y se agobia con extraños visitantes que le dicen constantemente qué tiene que hacer y cómo debe vivir. Sea una referencia a la depresión o simplemente el reflejo de un sentir muy especial, se trata de una gran e intensa alegoría. Otro punto alto –y sumamente divertido– de esta programación fue la japonesa Baby Assassins, en la que dos adolescentes se entrenan en el arte del asesinato a sueldo y se embarcan en un enfrentamiento con la mafia yakuza. Además de tener escenas de artes marciales fenomenales, ambas protagonistas funcionan maravillosamente para la comedia y, gracias a su química, logran momentos desternillantes e inolvidables.

Este año el cine uruguayo está representado con la proyección de Muerto con Gloria, de Marcela Matta y Mauro Sarser, película que, entre otras buenas reacciones, sorprendió a varios por su factura técnica. «Parece hecha con un presupuesto muy alto», dijo a Brecha el productor estadounidense J. J. Weber, jurado de la Competencia Iberoamericana.

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