Cuando, hasta hace poco, el cineasta gallego Óliver Laxe filmaba sus películas independientes de bajo perfil, pasaba bajo el radar de casi todo el mundo, incluso el de las órbitas más cinéfilas. Pero bastó con el lanzamiento de su largometraje Sirāt1 para que alcanzara un nivel de galardones sin precedentes, obteniendo el Gran Premio del Jurado en el Festival de Cannes, además de múltiples premios de la crítica internacional y dos nominaciones a los Oscar (mejor película internacional y mejor sonido). Junto con todos estos laureles, le llegó la fama y, conforme se volvió más visible, pasó a ser una figura pública controvertida si las hay. Su discurso público –a menudo espiritual, antimoderno, crítico con la progresía cultural– lo convirtió en objeto de debates y de una gran polarización en...
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