A las puertas del 1 de mayo, la discusión sobre la reducción de la jornada laboral en Uruguay reabre una disputa más vasta: ¿quién decide sobre el tiempo de nuestras vidas? Lo que está en juego no es solo trabajar menos, sino arrebatarle al capital la potestad de definir qué hacemos con las horas que tenemos.
I. EL TIEMPO BIEN VIVIDO
Hay una pregunta que el movimiento obrero arrastra desde sus orígenes: ¿de quién es el tiempo? La consigna de Chicago que costó vidas –ocho horas de trabajo, ocho de descanso y ocho para lo que se nos diera la gana– no era una demanda gremial entre otras. Era un programa civilizatorio: disputaba la pretensión patronal de transformar la totalidad de la jornada en tiempo productivo y, con ello, la totalidad de la vida en mercancía.
Ciento treinta y nueve años después, la pregunta vuelve con urgencia. El capitalismo cognitivo o de plataformas ha encontrado mecanismos más sofisticados –algorítmicos, afectivos, subjetivos– para colonizar aquellas ocho horas. Hoy no se nos roba solo el tiempo de trabajo, se nos roba el del ocio, el del afecto, el de la deliberación política y pública. Se nos roba, en suma, el tiempo bien vivido, condición de la sociedad de buen vivir, o sumak kawsay. En la disputa por el sentido del tiempo, el objetivo y el subjetivo, se juega la disputa por el sentido de la existencia. Un orden social distinto requiere un orden temporal distinto.
II. LA JORNADA Y SUS LÍMITES
«No estamos de acuerdo en discutir la reducción de la jornada laboral en este momento», declaró hace pocos días Leonardo Loureiro, presidente de la Confederación de Cámaras Empresariales, frente a la iniciativa de reducción a 40 horas semanales presentada por el Ministerio de Trabajo y Seguridad Social. La frase merece ser leída con cuidado. La disputa por el tiempo no es solo la disputa por las horas trabajadas: es también la disputa por el tiempo del debate. ¿Cuándo, sino ahora, en un país que tiene la jornada legal más extendida de América Latina y que fue pionero hace 100 años en establecer las ocho horas? El argumento patronal –primero crecimiento y productividad, después deliberación– tiene una filosofía encubierta: el tiempo de los trabajadores es una variable derivada, lo que sobra una vez resueltas las cuentas.
La campaña por la reducción de la jornada que el PIT-CNT impulsa desde 2024 adquiere por contraste una densidad política que excede con amplitud el fundamento técnico. Trabajar menos horas por el mismo salario, en un contexto de productividad creciente, es una demanda elemental de justicia distributiva: si la riqueza socialmente producida aumenta (gracias, sobre todo, a la digitalización, la automatización y la inteligencia artificial [IA]), no hay razón para que se concentre en pocas manos mientras quienes la producen siguen atados a jornadas extenuantes.
Pero detenerse allí sería quedarse a mitad de camino: la reducción es un punto de partida necesario, no un horizonte suficiente. La discusión debe abrirse a los problemas estructurales del mundo del trabajo contemporáneo.
El primero es la disolución de la frontera entre tiempo de trabajo y tiempo de vida. Las plataformas digitales, los algoritmos de gestión y la ideología del autoemprendedor han logrado lo que Frederick Taylor solo podía soñar: extender el cronómetro más allá de los muros de la fábrica y colonizar la vida entera. ¿Qué jornada se reduce cuando la jornada ya no tiene contornos?
El segundo es la precariedad, la informalidad y la expansión de los vínculos contractuales unipersonales (los llamados falsos autónomos, como los trabajadores de plataformas), que quedan al margen de cualquier regulación. Una reforma que no los contemple sería incompleta o, peor, un privilegio para quienes ya tienen empleo estable. En 2024, el 22,7 por ciento de los ocupados en Uruguay estaban en situación de informalidad y el 60,9 por ciento de los trabajadores por cuenta propia operaba fuera del sistema de seguridad social. Para ese universo, la jornada no tiene límites legales que respetar.
El tercero es la distinción entre trabajo productivo y reproductivo. La economía del cuidado, históricamente feminizada y no remunerada, no tiene jornada legal ni reloj que la mida, aunque sostiene materialmente todo lo demás. Una reducción que ignore esta asimetría liberaría tiempo solo a quienes no cargan con esa segunda jornada invisible. En América Latina, las mujeres destinan cerca de cuatro veces más tiempo que los hombres al trabajo no remunerado: menos tiempo para el ocio, la formación y la vida política. La disputa por el tiempo debe redistribuir de manera democrática las cargas del cuidado y ampliar la oferta pública de servicios que hoy recaen sobre los cuerpos y los tiempos de las mujeres.
Por último, el problema de la cultura del trabajo, que Paul Lafargue denunciaba en El derecho a la pereza: la moralidad del esfuerzo y la disponibilidad permanente como virtudes interiorizadas. Sin disputar esa subjetividad, cualquier reforma encontrará en los propios trabajadores a sus opositores más convencidos.
III. KRONOS Y KAIRÓS
Los griegos distinguían dos formas de nombrar el tiempo. Kronos era el tiempo cuantitativo, mensurable, el del reloj y la contabilidad. Kairós, el del acontecimiento, del instante denso de sentido, el del amor, la decisión, la creación. La modernidad capitalista del cronómetro de Taylor, pasando por el just in time toyotista al algoritmo de Uber, ha sido una larga ofensiva de Kronos contra Kairós.
Robert Levine cuenta que una compañía estadounidense del siglo XIX comercializó un reloj llamado El Autócrata, que prometía a los patrones extender su mando más allá de su presencia física. Los algoritmos de las plataformas y los sistemas de IA que se filtran en puertos, almacenes y oficinas, son El Autócrata del siglo XXI: una voz que vibra en el bolsillo, evalúa en tiempo real, premia o castiga.
Kairós, el tiempo bien vivido, se despliega en cuatro dimensiones que el plataformismo captura en simultáneo: trabajo, ocio, amor y amistad, participación política y pública. El trabajo se vuelve continuo bajo el mandato del rendimiento. El ocio se reduce a consumo administrado por algoritmos (Netflix, TikTok, Spotify, etcétera), una temporalidad anestésica en la que el aburrimiento productivo, el que parió tantas obras y revoluciones, deviene imposible. El amor y la amistad son intermediados por aplicaciones que producen, en palabras de Ana María Fernández, un capitalismo de soledades cuyo «remedio» es el mercado amoroso plataformizado. Y la política se repliega del ágora a la pantalla: la subjetividad neoliberal, reforzada en la pospandemia, promueve el pasaje del zoon politikón al zoon oikonomikón: una domesticación que reduce el interés colectivo al privado y entrega la opinión pública a la gestión algorítmica. La práctica política requiere, contra esa corriente, del tiempo del acontecimiento.
IV. LUCHAS POR EL TIEMPO
Frente a este panorama, los movimientos sociales necesitan más que demandas defensivas: necesitan ucronías. No fantasías literarias, sino hipótesis ancladas en el tiempo que ya pugna por existir.
En Uruguay, varias luchas recientes pueden leerse en esa clave, además de la lucha por la reducción de la jornada. La defensa de la seguridad social y la consigna de jubilarse a los 60 años bajo la propuesta de «recuperar cinco años de vida», en la campaña del plebiscito de 2025, sostuvo una idea sencilla y potente: la vida debe estar al servicio de la vida. La disputa por la educación pública defiende el tiempo de la formación contra su mercantilización. La propuesta de gravar al 1 por ciento más rico apunta a la base material; sin redistribución del ingreso, no hay redistribución del tiempo. Y habría que sumar el impuesto al robot: a la monetización de datos y al uso de IA que sustituye la fuerza de trabajo.
V. LA VIDA AL SERVICIO DE LA VIDA
Marx imaginó en los Grundrisse una sociedad en la que el tiempo de trabajo dejara de ser la medida de la riqueza y el saber colectivo (el general intellect) ocupara su lugar. Las condiciones materiales para ese horizonte están hoy más cerca que nunca: la productividad acumulada, la digitalización y la IA podrían liberar tiempo en un sentido emancipador a una escala inédita. Pero, en manos de unas pocas corporaciones globales, hacen lo contrario: extienden el cronómetro, el control y la explotación hasta el último rincón.
Los desafíos que tenemos delante son complejos y acuciantes. Debemos construir el imaginario de una sociedad en la que el tiempo deje de ser mercancía y vuelva a ser vida, en la que el reloj no dicte la voz del capital, sino el ritmo del encuentro, la creación, la deliberación, el amor y la amistad. Esa es la única respuesta posible al «no es el momento» con el que los empresarios pretenden seguir administrando nuestro tiempo.







