El teatro como acontecimiento – Brecha digital
Reflexiones sobre Estudio para la mujer desnuda

El teatro como acontecimiento

Inmanencia, confusión y acontecimiento en la obra de la Comedia Nacional inspirada en la novela La mujer desnuda, de Armonía Somers, con autoría y dirección de Leonor Courtoisie y dramaturgia de Laura Pouso.

Carlos Dossena

SOBRE LA INMANENCIA

En su libro Elogio del teatro,1 el filósofo Alain Badiou utiliza algunos conceptos de su andamiaje teórico para intentar determinar aquello que define al teatro y lo distingue de otras artes productoras de representaciones animadas de la vida humana, como la danza y el cine. Badiou define el teatro como la presentación de una idea trascendente en la inmanencia de la escena. En otras palabras, el teatro encarna la posibilidad de inmanentizar una idea, es decir, hacer presente en un espacio y un tiempo concretos algo que va más allá de esa concretitud compartida. Este contrapunto le sirve al filósofo para identificar una oscilación, que es propia del teatro, entre la inmanencia de los cuerpos, tan identificable en la danza, y la trascendencia de la imagen, tan propia del cine. El teatro se encontraría así en un «entre dos» entre inmanencia y trascendencia, sin ser absorbido por lo uno ni por lo otro, y el texto (eso que es dicho por los actores y las actrices o que subyace orientando su acción) es lo que permite mantener esta tensión.

La puesta en escena de Estudio para la mujer desnuda en la sala principal del teatro Solís parece diseccionar al escalpelo varias capas de pesados ropajes escénicos para dejar al descubierto esta tensión. Despojado el escenario del Solís y despojada también la obra literaria de Armonía Somers, el cuerpo desnudo de la actriz Florencia Zabaleta dirigiéndose al público desde la identidad del personaje someriano que es Rebeca Linke hace presente en acto una idea y, consciente de ese despojo y de todo eso que se elude en él, nos dice que es esto, la representación de una idea (más que la representación de una historia, de una trama o de un mensaje), el principal tema u objeto del teatro. En este gesto de desnudez que hilvana no solo las idas y vueltas de esa figura llamada Rebeca, sino también la estructura general de la puesta y del dispositivo escénico, radica la potencia de la intrépida (por antiliteraria y poco consensual) versión teatral de Courtoisie.

SOBRE LA CONFUSIÓN

La recepción de Estudio para la mujer desnuda se encuentra atravesada por cierta incomodidad. Incomodidad de la desnudez expuesta sobre la escena (no por la desnudez en sí, sino por su tratamiento literal, coqueteando con el hecho de que puede ser eso y nada más); incomodidad por el código elegido (que juega, como lo hace el teatro contemporáneo, con la permanente disolución del pacto representativo y con el borramiento de las señales que indican los bordes de la ficción, en un recinto poco asociado a lo contemporáneo); incomodidad por el encuentro no siempre armónico de lenguajes teatrales disímiles (dados por ciertos desfasajes entre el dispositivo escénico y el código de actuación); incomodidad expositiva del público al verse señalado por las luces y por la mirada de los actores y las actrices en escena (desafiado a desvestirse, obligado a jugar el rol del pueblo, depositario de una sobreexplicación de la trama, invitado a movilizarse por una causa que apenas conoce o intuye). La incomodidad también reaparece al salir, al ir reconociendo las diferentes sensaciones que deja el relato desarmado y al ir cotejándolas con las del entorno que aplaude a destiempo, que sigue buscando, que sale fascinado o perplejo, sin entender demasiado lo que celebra o lo que critica, por qué le gustó la obra o por qué no.

Volviendo a Badiou y a sus distinciones, el autor plantea que la filosofía y el teatro mantienen una relación opuesta con la confusión. Mientras que la primera es reacia a las ideas confusas, tratando de allanar el camino a golpes de definiciones, clasificaciones y aclaraciones (procedimiento que podría homologarse al de otras disciplinas del pensamiento, como la sociología u otras ciencias sociales), el teatro puede hundirse sin reparos en la confusión para obtener desde esa oscuridad los destellos luminosos de una idea. En este campo, no es necesaria una estructura lógica o una robusteza argumentativa que se trame en escena, ni siquiera la fidelidad al principio de verosimilitud o de coherencia narrativa. El teatro, dice el filósofo, «produce paradójicamente evidencias explorando la confusión». Como el humo que queda en el aire después de la fogata que corona el acto, la(s) imagen(es) inmanentizadas causan, ante todo, confusión. Una confusión que, al correr de las horas o de los días, en las mesas de los bares o en los sillones domésticos, irá generando breves destellos de claridad, de evidencias. Si estos van en acuerdo o en desacuerdo con el planteo de la obra o la voluntad de los y las artistas, no importa, porque hacen (están haciendo) dialogar diferidamente a una comunidad sobre temas no resueltos (como el feminismo, la violencia machista, la libertad individual, la sujeción a las normas, la condena social, entre otras cosas) y sobre las formas disponibles para representarlos y actualizarlos en escena. Esto que se produce y se prolonga más allá del aplauso nos aleja del teatro de la repetición y de lo esperable, reavivando un teatro del acontecimiento, que no es solo estético, sino también social.

SOBRE EL ACONTECIMIENTO

El acontecimiento artístico tiene varias aristas, que analizarán mejor quienes se dedican a la crítica teatral. Por un lado, el encuentro de un equipo de artistas invitados/as (Courtoisie en la dirección de la creación escénica, Florencia Guzzo en el diseño de vestuario, Paula Kolenc en la escenografía, Fabrizio Rossi en la creación sonora y Leticia Skrycky en el diseño escénico y la iluminación) con el elenco de la Comedia Nacional (Roxana Blanco, Zabaleta, Alejandra Wolff, Fernando Vannet y Luis Martínez, del elenco estable; Joel Fazzi y Camilo Ripoll, como becarios, y Serena Araújo como actriz invitada). Por otro lado, la flamante dirección de Gabriel Calderón en la Comedia Nacional, que hace posible este encuentro e inaugura así una programación que apuesta a la inclusión de nuevas generaciones, a la mayor representación de artistas mujeres, a la mediación con los públicos y a fortalecer el vínculo entre el teatro público y los teatros independientes. Sin ser exhaustiva en los diferentes aspectos de este encuentro artístico, quisiera señalar y celebrar los indicios de investigación de lenguaje que atraviesan la escena a través del dispositivo propuesto por los/as artistas invitados/as, que afirman la necesidad en el campo local de un teatro de pruebas y no de fórmulas. Algunos de estos indicios son las ramas y las fogatas que viene probando Courtoisie en sus trabajos y experimentos anteriores, así como la estructura del monólogo del despojamiento (que vimos, protagonizado por ella misma, en su creación anterior Casi sin pedir permiso, en 2019); las investigaciones lumínicas de Skrycky, plasmadas en piezas de danza y en instalaciones artísticas que vinculan luz y sonido (como en su trabajo personal Las lámparas, en el Espacio de Arte Contemporáneo en 2020), y las búsquedas sonoras en función de la escena del músico y productor Rossi (dentro del colectivo Hormigonera o también en su colaboración con piezas híbridas, como Si el sol se apaga, prometo ser tu luz).

El acontecimiento social es, seguramente, más difícil de determinar. Poco antes del final, la Rebeca de Estudio para la mujer desnuda baja del escenario para decirnos: «Hacer que la vida no sea una repetición. A veces se busca, se hace, y las preguntas aparecen: ¿cómo hacer que ocurra un acontecimiento propio?».2 En este parlamento la desnudez ya es otra, la de la honestidad de reconocer el abismo y la duda que atraviesa siempre a quien busca «que pueda ocurrir algo en lo que creeremos realmente».3 Eso que atormenta al «alma al descubierto» es lo que nos gustaría seguir indagando cuando la obra se termina, es la Rebeca universal que se actualiza. Pero hay algo del aquí y ahora que activa ese pequeño acto de confesión y resignifica la desnudez anterior. Así, el público se va con la sensación de que algo, por fin, sucedió. Como cuando Calderón llenaba la sala 2 del Teatro Circular con Mi muñequita en el horario de trasnoche o Roberto Suárez y su equipo hacían Bienvenido a casa en la doble sala que habían construido para la ocasión en la Galería de las Américas, inyectando en Montevideo un teatro y una actuación que faltaban: hay obras que desbordan su objetivo estético y sin saber mucho por qué, porque es algo que excede a la voluntad de quienes las crean, funcionan como pequeñas máquinas ópticas que, siguiendo a Jacques Rancière, hilvanan sentimientos, percepciones, afectos, nombres, ideas dentro de una comunidad sensible, haciéndola pensable.4 En ese instante el acontecimiento teatral se vuelve (o puede volverse) un acontecimiento social.

1. Alain Badiou, Elogio del teatro, Nueva Visión: Buenos Aires, 2014.

2. Texto de Estudio para la mujer desnuda, escrito por Leonor Courtoisie, con dramaturgia de Laura Pouso.

3. Ídem.

4. Jacques Rancière, Aisthesis. Scènes du régime esthétique de l’art, Galilée:París, 2011.

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