En busca de la potencia perdida - Brecha digital

En busca de la potencia perdida

El gasto público y el realismo salarial.

La discusión económica uruguaya parece circular por los mismos lugares de siempre. De un lado los llamados de atención a la mesura en el gasto público y el realismo salarial, que hoy ya asumen el tono de ajuste a la baja en esos frentes. Del otro, iniciativas para subir la carga fiscal a los sectores de mayores ingresos, como forma de evitar un ajuste que recaiga sobre la base social de las fuerzas progresistas. Para entender qué discutimos y por qué lo hacemos tenemos que volver a quiénes somos, o lo que es lo mismo, de dónde venimos.

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En nuestros debates de hoy están presentes los espíritus de los mercaderes agroexportadores que dieron vida y sostuvieron la Asociación Rural del Uruguay; de los batllistas industrialistas, preñados de una potencia que poco tenía que ver con ellos (la renta agraria); de la clase obrera acunada en la industrialización sustitutiva de importaciones (Isi) que se estrelló como nadie contra los límites de ese ciclo industrial temprano; de las poblaciones gauchas, formas sociales que no sobrevivieron a la primera inserción internacional del naciente capitalismo uruguayo y se quedaron rápidamente sin sustento y sin espacio social. Las masas de población sobrante son un viejo actor del capitalismo uruguayo cuyas formas han mutado y se proyectan y expanden hasta hoy. ¿El plancha no es otro gaucho pero sin evocación literaria? ¿El progresismo no es un eco remoto del batllismo?

El espectro del terrorismo de Estado, la forma bestial de reajuste del capitalismo uruguayo cuando entró en retroceso el ciclo rentista que dio soporte al batllismo, hoy sigue movilizando su recuerdo, refrescándonos que se trata de un dispositivo estratégico del orden al cual algunos sectores no pretenden renunciar.

Para pensar el hoy es preciso remontarse al menos hasta la derrota de la clase obrera uruguaya a manos de la dictadura, cuando pretendía evitar el desmoronamiento de la Isi. A esto hay que sumar un proceso de triple fragmentación –que fue desplegándose hasta la actualidad–, en el que se acentúan las diferencias internas de la clase obrera: aquella que hace el trabajo más calificado (universitarios, profesionales varios, etcétera), aquella que hace un trabajo crecientemente simplificado, y aquella que directamente está en condición de sobrante para el capital, se lumpeniza, descompone u oscila entre la venta de su fuerza de trabajo y las diversas estrategias de supervivencia por fuera del vínculo salarial.

De esas derrotas y fragmentaciones venimos. Más que derrotas son las formas que ha adoptado el devenir histórico de nuestra forma nacional. Es quizá desde ese hilo que podemos entender por qué hoy la expresión más desarrollada de la clase obrera uruguaya, el Frente Amplio, en su reciente congreso y en el marco de la víspera histórica del agotamiento de los fundamentos estructurales que hicieron posible una política progresista, sólo atina a plantear el incremento impositivo para algunas franjas del capital como forma de seguir alargando el pacto distributivo en resquebrajamiento.

Uruguay avanza hacia el desfondamiento del pacto que ha sostenido la gobernabilidad progresista de la última década. El capitalismo de grado inversor tiene puntales muy claros: los precios de los commodities y los flujos de inversión extranjera y deuda barata. Ello funciona por ciclos y estamos saliendo de uno. En las fases alcistas del ciclo rentista el capitalismo integra demandas y suma comensales al reparto del producto social. A la economía uruguaya le está pasando como al vecino que el día de su cumpleaños se endulzó e invitó a todo el barrio a la fiesta, pero a las diez de la noche se dio cuenta de que ya no tenía comida para todos y tiene que empezar a echar gente.

Estamos parados sobre contradicciones que llevan años acumulándose. El tiempo, que no es lineal, hoy se pliega sobre sí amontonando pasado a la espera de una resolución. De ahí la energía previsiblemente se libere en los próximos años bajo la forma de conflicto social. Hay una aceleración de la temporalidad a la vuelta de la esquina.

Hasta el momento, como quien se aferra a una situación conocida, los reflejos del elenco político, con sus llamados a la defensa de la democracia y la institucionalidad, buscan blindar el régimen de reglas de juego que inauguró el pacto del Club Naval, el cual, a la luz del declive en marcha del pacto distributivo, puede debilitarse crecientemente. Quizá, más que salir en defensa de la democracia uruguaya, lo más preciso sea avanzar en su construcción, atacando de forma decidida sus grandes debes, como la concentración del poder político y económico. Hasta este momento no hay nada relevante planteado al respecto.

Bolsonaro es un espejo negro en el que tenemos que poder mirarnos.

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Luego de la década de mayor crecimiento de nuestra economía, el secreto de los equilibrios macroeconómicos, además de la renta y el flujo de inversión, es una clase trabajadora en gran medida subremunerada, con salarios líquidos que no superan los 600 dólares mensuales y la exclusión de una porción relevante de la clase obrera del reparto del producto social, sobre todo la fracción femenina, como lo atestiguan las diferencias por género en las tasas de desempleo (10 por ciento versus 6,7 por ciento), empleo (48,4 por ciento versus 66,6 por ciento) y actividad (53,7 por ciento versus 71,4 por ciento). El caso del desempleo femenino juvenil es el más evidente: casi el 30 por ciento de las mujeres de entre 14 y 24 años busca y no encuentra empleo. Es decir, estamos ante una formación económica que tiene a la precariedad como condición necesaria para la sostenibilidad de sus equilibrios.

El panorama general para nuestra economía es que ésta comience a compensar la renta que ya no recibe y la deuda que no podrá contraer en el futuro con el abaratamiento del precio de la fuerza de trabajo y la disminución del gasto real del Estado, tal como está ocurriendo en Brasil y Argentina. Este año, en este último caso se prevé que el salario caiga un 25 por ciento en términos reales.

Para enfrentar esto no bastan los abordajes parciales y sectoriales. Si lo enfrentamos con una defensa irrestricta de los salarios reales, el problema saltará por la vía del incremento del desempleo, como ya está ocurriendo; si la lucha únicamente se limita a la defensa del presupuesto público, el problema saltará por la vía del déficit fiscal y el endeudamiento necesario para financiarlo; la propuesta de incrementos impositivos debe tener en cuenta que su espacio de aplicación se enfrenta con una economía que va rumbo al estancamiento de su actividad, por lo que no tendrá de donde obtener recursos incrementales. En el incremento impositivo al capital hay un poco más de pista por la cual avanzar en materia redistributiva, pero en un punto determinado comenzará a inviabilizar el propio ciclo de reproducción del capital y encontrará un límite.

Es posible entrever en sectores mayoritarios de la sociedad la voluntad de avanzar hacia otra matriz productiva que permita la sostenibilidad de la reproducción de obreros “cognitivos” o “complejos”, que se ve en la idea de la diversificación productiva y la búsqueda de una mejora en la inserción internacional. El problema es que eso se choca con la barrera de la división internacional del trabajo y con la carencia de recursos para la inversión en esas áreas, lo que nos pone por delante el problema de la apropiación y uso del excedente, en lo fundamental, de la renta agraria.

Estamos ante una encerrona compleja de resolver. Por lo pronto, si queremos dar un salto adelante en materia de diversificación productiva, es necesario que pongamos en marcha la posibilidad de provocar un fuerte cimbronazo distributivo para sostenerlo y apalancarlo con recursos, sobre todo en lo que refiere a la apropiación y uso de la renta agraria, que más que un aspecto distributivo es un espacio estratégico de disputa política.

De esta manera, los que en principio se presentaban como límites económicos, en el fondo son de carácter político. La cuestión sustancial es qué fuerza se tiene para avanzar sobre la estructura de privilegios de las clases ociosas de nuestro país, que mayoritariamente se reproducen a partir de la propiedad, es decir, del trabajo ajeno. Esto implica poner en marcha una imaginación y energía política aún no manifiestas.

La clase trabajadora tiene por delante el pasaje de ser mero soporte viviente de la mercancía fuerza de trabajo, a organizar el proceso de trabajo social de forma consciente en función de sus necesidades, tal es el viaje en el que andamos perdidos.

*    Economista. Integra la Fundación Trabajo y Capital y el comité editorial de Hemisferio Izquierdo.uy

 

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