Aderbal Freire Filho (1941-2023): Era un niño que soñaba… - Semanario Brecha
Aderbal Freire Filho (1941-2023)

Era un niño que soñaba…

El miércoles pasado falleció en Río de Janeiro Aderbal Freire Filho, un artista con una vasta trayectoria como actor y director teatral. Fue conductor del programa Arte do Artista en la televisión pública brasileña, con un formato innovador que sumaba teatro y cine y por el que pasaron grandes figuras del arte de su país. Su historia tuvo un capítulo en Uruguay, donde dejó una huella imborrable en sus colegas.

Aderbal Freire Filho. ALEJANDRO PERSICHETTI

Sabía que estaba muy mal desde hacía más de dos años, que estaba encerrado en su casa y no quería que nadie lo viera así. Un ACV (accidente cerebrovascular) había estallado como un rayo sobre su cuerpo y su vitalidad empezó a apagarse, cuando uno pensó que eso no ocurriría nunca con ese hombre de la eterna sonrisa.

La historia de Aderbal, para mí, empezó allá por 1984. Aunque su historia, su gran historia con el teatro fue potente desde los años setenta, en especial en ese Río que amaba tanto. No se olvidaba de su origen cearense, de su Fortaleza, a la que aludía en tanta conversación informal. Pero Río era su casa. El lugar de su teatro. El lugar de su familia. El lugar de su aventura única, que hoy provoca que tantos grandes nombres de la escena brasileña alcen la bandera de su condición humana y de su incansable vocación por un teatro inconformista, cuestionador, divertido, lleno de felicidad.

Y esa historia de 1984 era la de un Uruguay que empezaba a despojarse lentamente de las sombras de la dictadura. Pero las garras estaban ahí, separando el mundo cultural local del mundo que tanto lo había nutrido. Y en ese año bisagra fue que unos bienvenidos locos de la llamada Sección Uruguaya de la Asociación Internacional de Críticos de Teatro, filial Unesco –las asociaciones eran más que dificultosas entonces– decidieron armar una muestra internacional. Un festival que intentara ayudar a que ese aislamiento empezara a resquebrajarse. Una odisea que se replicó nueve veces en lo sucesivo y que hizo llegar a este rinconcito del planeta a figuras de la talla de Ellen Stewart, Luigi Squarzina, Milva, Augusto Boal, Alfredo Alcón, Norma Aleandro, Jacques Lecoq, entre otros.

Pero fue en esa primera edición, con todos los miedos y los riesgos a cuestas, que el compañero, colega y amigo Rubén Castillo acercó el nombre de quien entonces era Aderbal Júnior. Y lo recomendó calurosamente para que fuera uno de los asistentes a la muestra con su espectáculo Bésame mucho de Mário Prata. Rubén después fue casi un embajador del teatro brasileño en Uruguay, como lo fue del teatro español. Por él conocimos a La Zaranda, y, desde acá, La Zaranda se lanzó al mundo.

Cuando llegó Aderbal con su desparpajo a flor de piel, nos atrapó sin podernos defender de su alegría escénica. De esa historia de amores que iba hacia atrás, a la vez que otra historia, la de los utileros del texto, avanzaba hasta la desnudez. Y Bésame mucho fue un estallido, una bomba escénica que nos daba una bocanada de libertad en lo teatral y en lo sexual, que los brasileños saben cultivar como nadie en este continente. En las manos de Aderbal todo sonaba fácil, descacharrante, todo provocaba una revolución en nuestras almas y en nuestros corazones. Y nos reímos mucho y nos emocionamos y nos llenamos de buen teatro.

Y conocimos a Aderbal en su espléndida madurez, con esa seducción que no lo abandonaría nunca. Porque seducía incluso con sus silencios. Porque seducía con su discurso cada vez más rioplatense, con ese sotaque brasileño que también subyugaba. Seducía con una sonrisa que jamás abandonó, incluso en los momentos en los que parecía entrar en posesión para defender sus ideas y su visión del teatro y la política. Seducía desde la convicción. Seducía arriba y abajo del escenario. Nadie se salvaba de quedar atrapado, y a la vez arropado, por su rostro que se iluminaba con cada expresión.

CASI CASI URUGUAYO

Pero Bésame mucho fue solo el comienzo. Uruguay se convirtió en su segunda casa. Y nadie quiso quedarse sin Aderbal. Ni los que asistían a sus cursos ni la gente de la Comedia Nacional, que lo conquistó para que los dirigiera, ni la gente del Galpón, su último hogar local, que lo adoptó sin querer soltarlo. Y llegaron otras de sus producciones del norte, como Mão na luva, Mulher carioca aos 22 anos y O carteiro e o poeta, pero también fue el motor para que llegaran otros grandes, como Denise Stoklos, el Grupo Tapa o el Grupo Galpão.

¡Cómo olvidarnos de su Mefisto en la Comedia! Una revolución en todo sentido. Cuando las palabras de Klaus Mann resonaban, vía Ariane Mnouchkine, en la boca del querido Armando Halty: «Soy solo un actor», el Solís explotaba interminablemente. Esa Alemania del ascenso nazi y sus consecuencias, esos actores gozando de la libertad de un espacio inmenso y cautivante, que en los ensayos jugaban y jugaban, con ese espíritu que Aderbal les imprimía. «Tenés que ver a Estela Medina dibujando en los ensayos», me decían.

Y la Comedia repitió sus encuentros con Aderbal, hasta que El Galpón le propuso aquel Egor Bulichov de Gorki, que abrió la brecha de una serie de comuniones que incluiría la despedida escénica y vital de Luis Cerminara en aque-lla patriada de Luces de bohemia de Valle-Inclán, en la que la verbalidad del hombre de las barbas de chivo se redoblaba con las acotaciones tan potentes como con los diálogos empapados de esperpento.

Mientras tanto, Aderbal seguía brillando en Río. Recuerdo su casa, con Heloïsa, su anterior mujer, siempre con una calidez insuperable. Recuerdo su visita a mi puesta de Tarascones con la Comedia Nacional, junto a su última mujer, la gran actriz Marieta Severo, y sus inmensas y entrañables palabras, que me guardo en el lago de mi corazón, como diría Dante.

Y hoy me toca despedirlo. O decirle simplemente que lo sigo viendo sonreír desde la platea o sobre el escenario, jugando a hacer teatro, jugando y apasionándose, tanto como en su propia vida, comprometida y poblada de amores interminables.

«Era un niño que soñaba/ un caballo de cartón./ Abrió los ojos el niño y el caballito no vio […]. Cuando el mozo se hizo viejo/ pensaba: Todo es soñar,/ el caballito soñado/ y el caballo de verdad. Y cuando vino la muerte,/ el viejo a su corazón/ preguntaba: ¿Tú eres sueño?/ ¡Quién sabe si despertó!» Estos versos de Antonio Machado me saltan al pensar en Aderbal. En ese niño que jugaba y soñaba. Que jugaba a hacer teatro. Que transitaba durante su vida entre el caballo soñado y el caballo de verdad. Quizás también para él la muerte sea un sueño y no sabe si despertará. Aunque esa mala muerte, como cantaba Luis Eduardo Aute, «gula eterna, hambrienta esposa», haya apartado por un rato nomás a Aderbal de ese juego. El caballito lo esperará, sin duda.

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