Estados Unidos, 20 años después

El optimismo abollado

Los avionazos de Al Qaeda acentuaron en su momento la pérdida de fe de los estadounidenses en su mito nacional y sus instituciones. El país del «sí se puede» recorre ahora la senda de la tribalización, la inseguridad y el revisionismo.

La silueta de un bombero contrasta con la montaña de escombros del World Trade Center, 13 de setiembre de 2001 Afp, Jim Watson

Menos de un mes después de los ataques de Al Qaeda, Estados Unidos inició la invasión de Afganistán y, tres semanas más tarde, la Cámara de Representantes aprobó con 357 votos a favor y 66 en contra, y el Senado ratificó con 98 votos a favor y uno en contra, la llamada Ley Patriota. La norma unificó en el recién creado Departamento de Seguridad Nacional 16 agencias policiales y servicios de inteligencia.

El montaje rápido y la aplicación severa de la nueva legislación llevaron a una ampliación inaudita del Estado policíaco, detenciones y allanamientos sin orden judicial, captura prolongada de sospechosos –en su mayoría por la razón principal de ser musulmanes– y la expansión de las intervenciones de llamadas telefónicas y comunicaciones digitales. El país se pobló de cámaras de vigilancia y se multiplicaron las redes de identificación facial, y a todo ello la mayoría de los estadounidenses se resignó en aras de impedir otros ataques terroristas.

Una investigación independiente de los antecedentes de los ataques de Al Qaeda mostró la falta de coordinación entre los servicios de inteligencia y las fallas auténticas o fingidas de quienes pudieron haber impedido la conspiración. Para la ciudadanía, el gobierno, que debió haber protegido a la nación, resultó incompetente, y en la duda germinaron teorías varias que incluyeron la sospecha de que los poderes detrás del trono manipularon los ataques.

La abdicación de las otrora tan elogiadas libertades civiles no impidió protestas multitudinarias cuando el gobierno de George W. Bush puso al país en marcha hacia la guerra en Irak. Una acción militar que no respondió a ningún ataque y que el Congreso autorizó con la oposición de una sola legisladora. La guerra en Irak, que sacó del centro de la atención mediática el conflicto afgano, trajo a la luz realidades sombrías: la mentira de las armas de destrucción masiva; el gran negocio que hizo la firma Halliburton, de la que el vicepresidente Dick Cheney había sido presidente, con un contrato sin licitación para la provisión de servicios a las Fuerzas Armadas en zonas de guerra; las fotografías de iraquíes torturados en Abu Ghraib, y los informes sobre prisiones clandestinas donde la CIA usó «métodos de interrogación realzados», que enchastraron la autopercepción de un Estados Unidos justiciero.

En 2005, la devastación en Luisiana causada por el huracán Katrina acentuó la decepción ciudadana cuando miles de habitantes de Nueva Orleans –qué raro: la mayoría de ellos de barrios pobres– quedaron en los techos de sus casas rogando auxilio o hacinados entre montañas de basura en el Centro de Convenciones, en medio de la inacción del gobierno federal. En 2008, el país se sumió en la mayor crisis financiera y recesión económica causada por las especulaciones financieras de instituciones a las que pronto el Congreso y el gobierno socorrieron con billones de dólares. Los millones de estadounidenses que perdieron su vivienda y sus ahorros poca atención recibieron en el salvamento del capitalismo.

En 2020, la pandemia de la covid-19 y la torpeza del presidente Donald Trump se combinaron para intensificar la sensación general de que el país ha perdido la brújula y apenas manotea el timón. Una encuesta de Gallup del mes pasado indica que apenas el 23 por ciento de los estadounidenses cree que la nación tiene la proa en buen rumbo.

EL PATRIOTISMO Y SUS MITOS

El patriotismo es la religión laica que reemplazó los credos más tradicionales, sobre la base de que nacer en cierto territorio, delimitado artificialmente, haría que uno tuviera en común con sus pares mucho más que con los humanos al otro lado de la frontera. Todos los países tienen el suyo. En Estados Unidos, un país joven, uno de los artículos de fe fundamentales para el patriotismo local es el concepto de crisol de razas.

A excepción de los 6,79 millones de nativos norteamericanos, que hoy representan el 2,09 por ciento de la población, el resto de los habitantes tiene ancestros venidos o traídos a la fuerza de otras tierras desde el siglo XV en adelante. Hoy, de los 332 millones de estadounidenses, más de 48 millones son inmigrantes. Para hacer una nación de esta humanidad multiétnica, con lenguajes, religiones, antecedentes y ambiciones diversas, se precisan mitos fundacionales: George Washington, héroe de una generación de genios que redactó una Constitución singular en su grandeza, para un país de tolerancia religiosa y libertades individuales; luchadores sociales que enfrentaron las injusticias y ampliaron la participación ciudadana, desde los derechos civiles de los negros hasta el voto de las mujeres; un sistema político que, con su división de poderes, equilibrio dinámico entre el gobierno federal y los estados, elecciones regulares y sucesión ordenada de partidos y presidentes en el poder, hace de esta —se insiste— una nación excepcional, sin par en el mundo ni en la historia. (Otro componente del mito ha sido que Estados Unidos nunca ha entrado en guerra alguna como agresor y solo lo ha hecho en respuesta a ataques desde el exterior.)

Este patriotismo por nacimiento o adquisición ha permitido la asimilación de oleadas de inmigrantes, quienes bregan tras el «sueño americano» en la búsqueda de lo que el preámbulo constitucional describe como «una unión más perfecta». Y esas oleadas de migrantes por siglo y medio han demostrado que el experimento único pero imitable que es Estados Unidos inspira a millones a cruzar océanos y atravesar desiertos en éxodos cuya meta está aquí, y no en otras partes.

LAS TRIBUS

En las últimas décadas, el mito fundacional perdió lustre. Los ataques de 2001 y la obsesión por la seguridad nacional actuaron como catalizadores de un proceso más largo de fragmentación de la identidad nacional. Azuzados día y noche por «comentaristas» de televisión y radio –unos dizque conservadores, los otros autocalificados como progresistas– los estadounidenses han ido separándose en identidades parciales. Más y más, en lugar de considerarse primero y por sobre todo estadounidenses, se ven a sí mismos como parte de grupos con diferencias irreconciliables. Blancos, negros, latinos, asiáticos, generación X, Y o Z, proaborto y contra el aborto, con educación universitaria o sin ella, y más identidades o preferencias sexuales que las franjas del arcoíris.

Desde 2001 ha habido decenas de matanzas a balazos, desde las que dejan decenas de muertos y heridos hasta las que ocurren por todas partes, pero solo dejan menos de cuatro víctimas fatales por incidente. Y, a pesar de ello, como sociedad, el país no encuentra un consenso que encare el problema. Durante las últimas dos décadas han ido en aumento los desastres naturales, como los huracanes, las inundaciones y los incendios forestales, pero en Estados Unidos se soslayó la mera discusión del cambio climático, considerado como un cuco creado por los enemigos del capitalismo.

El sistema político bipartidista, que funcionó por siglo y medio, tiene cada vez menos capacidad para manejar los procesos centrífugos de la nación. La elección en 2008 de Barack Obama, primer mulato después de 43 presidentes blancos, dio la impresión de que Estados Unidos superaba de a poco el racismo y se encaminaba hacia una sociedad diversa con la mira en el futuro. La realidad estuvo muy lejos de eso y mostró, además, que los dos partidos, el Demócrata y el Republicano, son más bien dos alianzas de múltiples grupos en un proceso electoral que fuerza a los ciudadanos a elegir entre apenas dos opciones. Todo intento de un tercer partido ha fracasado por más de un siglo, y millones de ciudadanos votan a disgusto por un candidato solo porque el otro les parece peor.

El surgimiento del Tea Party como reacción a la elección de Obama evidenció el desencanto de un sector importante del electorado con ese sistema, que con una exhibición de atuendos del siglo XVIII y banderas anticuadas contribuyó a otro fenómeno peculiar de este período: la nación que por décadas fuera señera en invenciones, creatividad, descubrimientos y tecnologías, orientada al futuro y optimista en la sucesión de generaciones, se ha volcado al pasado. Los progresistas, a pesar de su etiqueta, han hecho algo parecido. Se ha multiplicado la producción de documentales, estudios universitarios, programas de televisión y libros que miran al pasado y sacan a luz todos los males del exterminio de los indios, la esclavitud, la segregación racial, los linchamientos, la opresión de las minorías.

En el imaginario nacional, el impacto inmediato de los avionazos del 11 de setiembre de 2001 fue espectacular y penoso pero, a la vez, pasajero. En pocas semanas el país retornó a su funcionamiento económico y en pocos años un rascacielos asombroso se erigió al costado del hueco dejado por las torres del World Trade Center. Los efectos de más largo plazo en la sociedad estadounidense han sido la desunión, la xenofobia, la intolerancia y la pérdida de vista del mito fundacional.

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