Estómagos delicados - Semanario Brecha
Doña Bastarda y las cosas con las que no se pueden hacer chistes

Estómagos delicados

Familiares de Moatasem, adolescente asesinado por disparos israelíes, lloran junto a su cuerpo en el Hospital Nasser, de Jan Yunis, al sur de la Franja de Gaza, el 21 de enero. EFE, EPA, Haitham Imad.

No, los nazis no hicieron jabón con judíos. No, esta columna no busca negar el genocidio judío, en el que 6 millones fueron exterminados por los nazis y sus aliados. Pero quizás convenga tratar el Holocausto con seriedad. El mito sobre prisioneros de campos de concentración con cuyos cadáveres se hizo jabón es eso, un mito. Escuchemos a Shmuel Krakowski, sobreviviente del genocidio y director de los archivos del Museo de la Historia del Holocausto Yad Vashem, con sede en Jerusalén: «Los historiadores han concluido que no hubo jabón fabricado con grasa humana» (Chicago Tribune, 25-IV-1990). Los voceros del Yad Vashem lo vienen repitiendo hace décadas. También lo dice así la investigación sobre el asunto que el historiador Joachim Neander hizo en Polonia y que publicó la revista arbitrada German Studies Review. La historiadora judía experta en el Holocausto Deborah Lipstadt, ex enviada especial de Estados Unidos para combatir el antisemitismo, concluye: «Los nazis nunca usaron los cuerpos de judíos, ni de nadie más, para la producción de jabón […]. El rumor del jabón fue investigado a fondo después de la guerra y resultó ser falso».

Según los sobrevivientes, los guardias de los campos usaban el rumor para humillar a los prisioneros. Es comprensible que perdurara: ¿qué sentido tiene discutir una inexactitud anecdótica frente a una serie casi infinita de crímenes reales? Con el tiempo, «convertir en jabón» se volvió un símbolo, mítico, sí, pero elocuente y, a su manera, sincero, que condensa la profunda deshumanización que acarrean los genocidios. Todos los genocidios.

Esa deshumanización viene a cuento ahora que varias figuras públicas reclaman censurar a la murga Doña Bastarda, por esta estrofa: «A matar y a cantar/ Yo juro por mi patria/ aunque cueste y aunque duela/ tiro abajo las escuelas/ y los hospitales vuelan/ y donde la prensa insista/ te fusilo periodistas/ lamento si alguien se enoja/ rompo la Cruz Roja/ y a los que me llamen nazi/ sin tregua y sin compasión/ los encierro en una jaula/ y los convierto en jabón».

Doña Bastarda no nombra a Israel. Pero el sayo calzó de inmediato. ¿Cuál es el Estado que atacó 32 hospitales, asesinó 270 periodistas y cuyo lobby internacional difama, censura, deja sin trabajo y, en lo posible, encarcela a quienes lo critiquen? Cuando la calificadora del Instituto del Niño y Adolescente del Uruguay Graciela Bonda Wolman intentó censurar a la murga por «incitar a la violencia», la B’nai B’rith compartió el tuit de una diputada que, en sintonía con otros miembros de la oposición, se pronunció así: «Toda mi solidaridad para con nuestra comunidad judía y el pueblo de Israel. Soportando siempre a este tipo de antisemitas». El exjerarca frenteamplista Miguel Brechner declaró a Subrayado (24-I-26): «Es ofensivo […]. A mis tíos y a mis abuelos los hicieron jabón […]. Me provoca mucho dolor que esto pase en Uruguay porque todos sabemos cómo termina».

Comunicadores y políticos abanderados de la incorrección política, cruzados contra lo woke, enemigos de la cultura de la cancelación, sollozan: «¡Hay cosas con las que no se pueden hacer chistes!», «¡Hay límites!». Curioso. Son las mismas almas sensibles que durante más de dos años han callado ante el genocidio en Gaza o lo han justificado y celebrado, han enviado cariños y pronta recuperación a los soldados israelíes, han competido por las dádivas de la embajada y sus paseos, han decidido no cubrir en sus medios las marchas contra el genocidio, han insultado a quienes se solidarizan con los palestinos y sentenciado que no hay inocentes en Gaza –ni siquiera los niños–, los mismos estómagos delicados que reciben plata del lobby para sus campañas y que coordinan la línea editorial con la embajada. Los mismos copitos de nieve para quienes los sentimientos de un sionista importan más que las vidas de 20 mil niños en Palestina.

María Landi explicó la semana pasada en Brecha cómo Israel abusa de la memoria del Holocausto. En Uruguay, el Holocausto se rebaja a chicana: no nombres los crímenes de Israel ni la complicidad uruguaya, ¿no ves que por tu culpa se viene otro holocausto? No hables del genocidio que está ocurriendo. Por tu culpa podría llegar a pasar que se den las condiciones para un imaginario hipotético genocidio que mamita. Tené cuidado. No hieras mis sentimientos de porrista de Netanyahu.

¿En qué convierte Israel a los palestinos que encierra en sus jaulas? La organización israelí de derechos humanos B’Tselem acaba de publicar su informe «El infierno en la tierra. El sistema carcelario en Israel como una red de centros de tortura». La ocupación tiene secuestrados hoy a 9 mil palestinos, 350 de ellos menores de edad, 3.521 detenidos sin proceso judicial y sin saber de qué se les acusa. Con B’Tselem coincide el Comité contra la Tortura de la ONU: en Israel «la tortura generalizada es una política de Estado». Los informes y denuncias indican que a los enjaulados, hombres, mujeres y niños se los viola habitualmente. A veces se los viola con palos, a veces con perros. Se les orina encima. Se los somete a inanición deliberada y se les niega atención médica, lo que ya mató al menos a un centenar, entre ellos a un niño. La picana y los ahogamientos son el pan de cada día. Varios prisioneros sufrieron amputaciones a causa de las torturas. Algunos de estos «terroristas palestinos» están presos por publicaciones en redes, otros ni saben por qué. Los guardias les dicen que todos sus familiares en Gaza están muertos.

En Gaza, desde que inició el cese el fuego, Israel liquidó a casi 500 personas, 100 de ellas niños, dice Unicef. Diez bebés menores de 1 año murieron de hipotermia, dice la ONU. Israel ya mató más de 70 veces la cantidad de muertos del 7 de octubre. Y contando… ¿Quién olvida al padre que al comienzo del genocidio cargaba en bolsitas de plástico los pedazos de sus hijos bombardeados? ¿Fueron convertidos en jabón? ¿En puré? ¿Quién olvida a los hambrientos ametrallados cuando pedían comida? ¿Quién olvida las mentiras, el silencio, la complicidad? ¿No será que intentar callar este genocidio es la verdadera afrenta al sufrimiento del pueblo que murió en el holocausto, la verdadera afrenta al Nunca Más? ¿A los afligidos críticos de la murga no les provoca dolor ni ofensa esta deshumanización? Porque todos sabemos cómo termina.

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