¿Qué feminismo para la emancipación?

Las discusiones y desencuentros que han protagonizado el feminismo y el marxismo parten de la tesis, desde el feminismo, de que se debe combatir esa idea según la cual el feminismo divide a la clase trabajadora, y mostrar que las luchas concretas, específicas, en distintos ámbitos tienen un hilo conductor, y que son expresión de una unidad, de una relación social general: la relación entre capitalismo y patriarcado.

Para demostrarlo es necesario problematizar la separación entre la producción y la reproducción social y entender que el capital necesita de la esfera de la reproducción. Un desafío de las y los marxistas del siglo XXI es derribar la barrera entre lo productivo y lo no productivo y avanzar en pensar la reproducción de la fuerza de trabajo más allá de los límites del hogar y la reproducción biológica.

El salario es una categoría engañosa que no sólo “esconde” la parte del trabajo excedente (la plusvalía), sino el trabajo reproductivo, eso nos enseñan las feministas marxistas de la teoría unitaria. Sigue siendo útil y necesario cuestionar la idea de que el trabajo doméstico no es un trabajo productivo, porque eso es lo que “impedía” a las mujeres ser parte del sujeto político, o que sólo lo serían en cuanto trabajadoras asalariadas. Por cierto, esa es la trampa en la que cayó –y cae– cierto feminismo al reivindicar igualdad de oportunidades con los hombres y, sobre todo, acceso al mercado de trabajo. El argumento de que sólo en la esfera de la producción se produce valor (y se extrae el plusvalor) también deja fuera a otros sectores de la ecuación, no sólo a mujeres en cuanto “amas de casa”, también a los desocupados, a quienes trabajan informalmente en la economía popular, etcétera.

De esta manera, a partir de la necesidad de volver a Marx, y de la vigencia del marxismo, buscamos compartir lecturas del Chile actual, donde los procesos de privatización y mercantilización de los servicios básicos y de los derechos sociales constituyen formas de acumulación por desposesión que permiten vincular colectivos muy distintos dentro de la clase trabajadora, los cuales padecen las embestidas del mercado y del Estado.

El feminismo como herramienta de lucha volvió a las discusiones de la izquierda para desordenar e interrogar las premisas históricas sobre las cuales se articulaban nuestras organizaciones sociales y políticas. La constante interpelación al feminismo como un foco de fracturas de la clase trabajadora se subvierte por la posibilidad de articulación de las diversas expresiones de esta misma. Una concatenación de sus agobios, opresiones y, por sobre todo, sus resistencias, sin la suplantación que invoca la jerarquización de identidades. Es vital repensarnos como izquierda, entendiendo las herramientas que ofrecen los feminismos para comprender la totalidad de un sistema de explotación, dominación y alienación, ante el cual, sin reconocer las dimensiones de la interpelación de género que le subyacen, permaneceríamos miopes.

Nuevas formas de acumulación originaria

El capitalismo en su fase neoliberal funciona a través de una ampliación de la reproducción social del capital, por ello, como señala Tithi Bhatthacharya, “el espacio de producción de valor (punto de producción) y los espacios para la reproducción de la fuerza de trabajo pueden estar separados en un sentido estrictamente espacial, pero en realidad están unidos tanto en sentido teórico como operacional” (“Reproducción social del trabajo y clase obrera global”, en Viento sur, 12-II-18). La acumulación por desposesión es una forma de explotación a través del despojo de la economía familiar en los hogares y en los servicios públicos. Funciona a través de la privatización de los derechos sociales (acceso a la vivienda, salud, educación, pensiones…), la mercantilización de los recursos naturales, y la financiarización de la clase trabajadora. La privatización y mercantilización de la reproducción de la vida cotidiana se fomentan mediante el endeudamiento, que también se expresa en la educación superior con créditos universitarios y el acceso a cuentas corrientes bancarias para el consumo a personas que aún no perciben salarios. En este sentido, la acumulación primitiva se entiende no sólo como un período a partir del cual emergen las relaciones sociales capitalistas, sino también como un acto histórico constitutivo de las relaciones sociales capitalistas como una totalidad. En esta línea argumentativa, Marx, al hablar de separación-despojo, determina la concepción del capital, constituyéndolo como un modo de producción basado en la perversión de la práctica social humana, en que la concentración de los medios de producción en manos de los no productores configura una relación de poder en que la producción domina a la humanidad, y no se desarrolla como actividad libre. Dialogando con Marx, Cinzia Arruzza afirma que el patriarcado y el racismo no son sistemas autónomos sino constitutivos del capitalismo, que insiste en considerar “no como un conjunto de leyes puramente económicas, sino más bien como un orden social complejo y articulado, un orden que en su núcleo consiste en relaciones de explotación, dominación y alienación” (Género y capitalismo. Grupo de Estudios Feministas, 2017). Una totalidad en movimiento.

En un contexto de extrema mercantilización de todas las dimensiones de la vida, las luchas por la recuperación de los derechos sociales adquieren un carácter anticapitalista, en tanto permiten abrir un enfrentamiento directo contra la acumulación del capital que se genera, precisamente, a partir de áreas indispensables para la reproducción vital. De allí su centralidad táctica, pero también su sentido estratégico en la lucha anticapitalista.

Este diagnóstico de la acumulación por desposesión se manifiesta de forma diferenciada en función del binarismo de género, y con ello la cualificación de la fuerza de trabajo: son los cuerpos feminizados los que sustentan las labores más precarizadas, reciben las pensiones más bajas en Chile, tienen que sostener el trabajo reproductivo de manera gratuita y, además, los cuidados no sólo cotidianamente sino también cuando el Estado no se hace cargo, dada la falta de garantía de los derechos sociales. Es en este sentido, tal como sostiene Alejandra Castillo (Elciudadano.com), que “el cuerpo del capital descansa en la explotación del cuerpo de las mujeres”.

Somos en gran medida las mujeres quienes debemos responder ante las carencias que deja el Estado, lo que permite el funcionamiento y despliegue de los mecanismos de explotación al menor costo posible: la mercantilización de los derechos sociales aumenta el agobio y la explotación que vivimos cuando lo femenino es considerado como responsable “natural-biológico” de sostener humanitariamente la vida. La contradicción fundamental se expresa entre el capital y la reproducción misma de la vida, porque el proceso de valorización del valor (capital) entra en contradicción con la sostenibilidad de la vida. En este sentido, la violencia contra las mujeres no es sólo doméstica o en contexto de pareja, sino también es la violencia del mercado neoliberal, de la precarización, de la desigualdad y negación de derechos sociales, sexuales y reproductivos por el modelo de Estado subsidiario.

Énfasis en el trabajo

Las condiciones formales de trabajo en las que se desenvuelven las mujeres en el Chile actual demuestran que son ellas, las mujeres trabajadoras, las que ocupan los trabajos más precarizadas. Según datos de la Fundación Sol, alrededor del 60 por ciento de las mujeres obtienen menos de 305 mil pesos chilenos (480 dólares) de salario, mientras que ese porcentaje entre los hombres es de 43 por ciento. El 76 por ciento de las mujeres ganan menos de 450 mil pesos chilenos (709 dólares), cuando en los hombres ese porcentaje es de 63 por ciento. En este sentido, las mujeres asumen de la manera más cruenta la explotación a través de mecanismos como la contención salarial: mientras el Pbi per cápita creció 294 por ciento entre 1990 y 2014, los salarios medios en ese período crecieron 48 por ciento. Dicha contención salarial es asumida vía endeudamiento: “La deuda no estaría asociada a una deuda por sobreconsumo, y pasa a estar asociada directamente a la deuda como complemento de los salarios producto de altos niveles de desigualdad”.

Estas formas de trabajo “formal” e informal precarizado se acentúan con el trabajo socialmente reproductivo impago, por lo cual se presenta la necesidad de un concepto amplio de trabajo, que se enmarque en una relación social mayor (este es el legado de las feministas socialistas, en particular las marxistas), con miras a entender la reproducción social de manera amplia, que supere las fronteras del hogar. De este modo se pueden dar las condiciones necesarias para que día a día la clase trabajadora pueda sostener y reproducir sus vidas.

¿Qué necesidad se nos presenta a las feministas marxistas en este esquema? Precisamente, pensar un feminismo que no renuncie a la emancipación y que no sea procesado en la forma política y económica del bloque de poder. Necesitamos una izquierda que se interrogue desde una perspectiva de totalidad, que considere la reproducción social ampliada como un marco para comprender la precarización de la vida hoy.

En este sentido, comprendemos que el trabajo de cuidados, la crianza y la inclusión masiva de mujeres en el trabajo asalariado precario operan una transformación profunda y radical de la familia tradicional. Transformación que supone, como señala Silvia Federici (Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria. 2010), una serie de prácticas de desposesión y disciplinamiento de las mujeres para lograr su aceptación de esto y el consenso social sobre la opresión de género en el capitalismo. El dispositivo de género en la familia heteropatriarcal es constitutivo de lo masculino y lo femenino que, como señala Cinzia Arruzza, dan lugar a un orden social que jerarquiza los trabajos y los cuerpos con base en la diferencia sexual.

Sentar las bases para la resistencia y revitalización del poder de la clase trabajadora requerirá operar en distintos niveles mediante un movimiento feminista que se comienza a rebelar contra la acusación de particularismo, propio del feminismo liberal. También será necesario un movimiento feminista que sea parte de movimientos sociales más amplios en los cuales las demandas y las voces de las mujeres ya están teniendo un lugar central. Cuando afirmamos que las luchas feministas están articulando a la clase trabajadora no lo decimos con el objetivo antojadizo de amoldar categorías. Los cuerpos feminizados asumen las formas de trabajo más precarizadas y explotadas del capital, su articulación tiene una potencialidad estratégica que permite avanzar hacia una unidad de la clase trabajadora que supere las visiones fragmentadas de las opresiones que se presentan en las especificidades propias. Una unidad para quienes necesitan vitalmente enfrentarse al capitalismo.

*    Abogada y referente del movimiento feminista chileno. Ex presidenta de la federación de estudiantes de la Universidad Central de Chile y militante de Izquierda Autónoma (del Frente Amplio de Chile).

** Vocera de la toma feminista de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile, vocera de la Coordinadora Feminista Universitaria y militante de Izquierda Autónoma.

 

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