42.º Festival Cinematográfico Internacional del Uruguay: Fortalezas y promesas - Semanario Brecha
42.º Festival Cinematográfico Internacional del Uruguay

Fortalezas y promesas

Desde el 20 al 31 de marzo se celebrará la cuadragésimo segunda edición del FCIU. Su amplia programación incluye casi 200 películas que podrán verse en Cinemateca Uruguaya, Life Cultural Alfabeta y Sala B. La apertura consistirá en el estreno local de La práctica, del cineasta argentino Martín Rejtman, en el auditorio del SODRE; la clausura será el sábado 30 en la Sala Zitarrosa, con la entrega de premios y la proyección de La versión persa, de la directora iraní-estadounidense Maryam Keshavarz.

Fotograma de Cerrar los ojos

El pasado 6 de marzo fue la conferencia de lanzamiento del festival. Más allá de la revelación del catálogo, el anuncio de la apertura del estacionamiento para automóviles y bicicletas y diversas actividades paralelas1 permitieron un espacio para la reflexión sobre el actual estado de Cinemateca en relación con la cultura: su directora, María José Santacreu, afirmó que, a pesar de la nostalgia, la época dorada es la presente, un sentimiento reforzado por las cifras que pronunció María Inés Obaldía, directora de Cultura de la Intendencia de Montevideo, que reveló que Cinemateca supera a las salas comerciales en el promedio de espectadores por función. Es que un evento cinematográfico específico podrá atiborrar una sala de Movie, pero el logro de Cinemateca está en haber cosechado un espacio vivo, un lugar para el genuino intercambio cultural. El festival es el exponente máximo de aquello que ha construido la institución desde su reposicionamiento en Bartolomé Mitre y Reconquista, y su existencia y crecimiento son realmente muy valiosos, sobre todo hoy día, teniendo en cuenta el sabotaje que está sufriendo la cultura del otro lado del Río de la Plata.

El festival promueve a directores consagrados y a nuevos realizadores provenientes de lugares geográficos disímiles. Cuenta con títulos de repercusión internacional y con obras carentes de reputación, no por eso menos interesantes. Desde la confrontación político-religiosa que ejerce Marco Bellocchio con Rapito hasta la comicidad anárquica de Adrián Biniez en Todos quieren dominar el mundo, abunda la variedad estético-productiva. Una nota es insuficiente para abarcar todas las propuestas, así que lo más adecuado es ofrecer algunas recomendaciones con la esperanza de mantener el diálogo.

Lo mejor está por venir es la reaparición de un favorito de la cinefilia local: Nanni Moretti. Poco comparte con la trayectoria más severa en la que se había encaminado el italiano, con proyectos como Tre Piani. Ya desde la evocación a Querido diario en el afiche, Moretti trata de recuperar la vitalidad cómica y la perspicacia política de sus grandes filmes de los noventa. Se repiten los rasgos de autoficción intercalados con observaciones sobre la industria mientras Moretti encarna al protagonista, un director que se encuentra recreando para una película la irrupción soviética en Hungría durante 1956, a la vez que hace un seguimiento de los integrantes de un circo en Roma. Por mayores que sean las pasiones, la vejez es inevitable, pero Moretti se responsabiliza de esa disparidad y estructura el relato a partir del desencuentro del personaje con su realidad adyacente. Entre rituales extintos, cuestiones éticas que ya no se preguntan y exigencias empresariales disparatadas, se hace latente la ardua dificultad del director para reconocerse dentro de su propio entorno íntimo y social, preocupación que se expresa en cómo articular un cine político que perdure en su importancia y, a la vez, mantenga su noción de historicidad. Aun así, lo que persiste es la esperanza, con el humor como su arma más incisiva.2

Un mito ha recorrido los festivales del último año: el de un guerrero con cicatrices profundas en su rostro que supo saborear la gloria, mas le ha costado regresar. Se trata de Víctor Erice, quien, después de 30 años tras su último largometraje, el espléndido El sol del membrillo, ha logrado reunir los recursos para una nueva incursión. Hablamos de un acontecimiento que debería causar el mismo furor que si Andrei Tarkovsky volviera de la tumba para sentarse en la silla de director, pero, a pesar del empeño de sus fanáticos más aferrados, el filme de Erice no ha disfrutado del éxito más exuberante. El director artístico Thierry Frémaux arrojó la película a la sección Cannes Première en lugar de ponerla en Competencia, sin siquiera avisar al director español que había quedado seleccionada.

Estas frustraciones se tematizan en un testamento sobre la incompletud y aquellas cenizas que se desvanecen entre las arenas. Erice inicia con un hombre encomendado por un rey la misión de buscar una niña para generar un último encuentro. Se respira la exaltación del llamado a la aventura, en textura de 35 milímetros y con una fuerte mística en la poesía de sus imágenes. Sin embargo, nuestro entusiasmo se ve frustrado al descubrir que lo que vimos es la introducción de un filme ficticio inconcluso dentro de la diégesis, llamado La mirada del adiós, que produce paralelos con la adaptación que Erice iba a dirigir de la novela de Juan Marsé, El embrujo de Shanghai. En la trama de Cerrar los ojos, la explicación de tal interrupción no es el desacuerdo entre productores, sino la desaparición del actor principal Julio Arenas, interpretado por José Coronado, lo que imposibilita la finalización del rodaje. La narración prosigue con el esfuerzo, tras décadas de reposo, del personaje de Miguel Garay –el director de aquella promesa, una especie de alter ego de Erice interpretado por Manolo Solo– por localizar a su protagonista. La película invoca al género de aventuras, trazando un desplazamiento geográfico a medida que el director-personaje se reencuentra con viejos amigos. Lo que se ilustra en la sobriedad de su tono son los obstáculos para reproducir determinada tradición narrativa en la contemporaneidad. Los personajes reviven el imaginario de viejas hazañas, sabiendo su lejanía al recolectar con la palabra aquello que se evoca desde los objetos, imágenes que apenas se retienen en la fragilidad de una memoria cinéfila al borde de la amnesia. No obstante, al igual que Moretti, su cosmovisión no es derrotista. La esperanza permanece en esa arqueología por el cine que ya no puede ser, cuando en su conclusión se materializa el verdadero propósito de la búsqueda: el encuentro con la belleza, lo eterno y lo efímero en la experiencia comunitaria. Aquel que aproveche la oportunidad entenderá la importancia simbólica de atestiguar su proyección al llegar al tercer acto.3

Cerrar los ojos forma parte de la categoría Foco España, que muestra un pantallazo de las tendencias concurrentes del cine español. Entre las obras que lo integran, se destaca Las chicas están bien, el debut como directora de la actriz Itsaso Arana. Su nombre le será familiar a quienes conozcan el trabajo de Jonás Trueba, quien ha exhibido dentro del festival filmes protagonizados por ella, como La virgen de agosto o Tenéis que venir a verla. Las afinidades estilísticas no serán escasas, pero la realizadora logra articular su propia voz en una conjugación de la amistad femenina, usando las vacaciones como un espacio de suspensión que existe apartado del mundo sin por eso negarse de él. Se juega a la metatextualidad: sus protagonistas ensayan una obra de teatro y Arana pone en fricción los límites de la ficción, acercando la separación entre persona y personaje. La película se constituye como un ejercicio de carácter lúdico que practica el discurso de los afectos románticos y amistosos para fomentar el arte como medio para vincularse; un homenaje a compartir el placer en grupo.4

1. El taller de curaduría fílmica a cargo de Ana Gontad Fontán, el taller Cine salvaje en el prado más íntimo de tu pueblo por el director español Álvaro Gago.

2. El viernes 29 a las 20.25 horas en Sala 1 de Cinemateca Uruguaya.

3. El sábado 30 a las 20.30 horas en Life Cultural Alfabeta.

4. Sus proyecciones serán el jueves 21 a las 21.30 horas y el sábado 30 a las 21.40 horas en Life 21.

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